sábado, 26 de octubre de 2013

Capítulo 12
     Escuché su oración y bajé a verla. El corazón se me saltó en el pecho al contemplar de nuevo sus ojos. Su belleza había adquirido otro matiz mientras había crecido. La primera vez que la vi, a pesar de sus heridas, me pareció bonita, pero ahora, trece años después comprobé que no sólo era bonita, sino hermosa. Los años había añadido arrugas, canas, seguridad, pero también le había agregado frialdad y desconfianza hacia los demás.
     - Dariel, quiero pensar lo de cambiar una decisión de mi vida. Lo he pensado, sé que sería muy egoísta por mi parte no reflexionar un poco sobre ese asunto.
     - Nunca te dije que tuvieras que renunciar a ello. – Dije, pero una pequeña parte de mí  lo temía. Sabía cuál sería su elección, lo había sabido desde el principio.
     - Pero si elijo cambiar algo… ¿eso influirá también en tu vida?
     - Probablemente. – Reconocí.
     - Entonces tal vez no mueras… - Susurró, esperanzada.
     - Y quizás nunca nos lleguemos a conocer.
     - Eso es imposible.
     - ¿Por qué imposible?
     - Tú y yo acabaremos coincidiendo tarde o temprano, está escrito.
     - Pareces segura de ello.
     - Lo estoy.
     - ¿Cuánto tiempo necesitas para pensarlo?
     - Un par de días más.
     - Está bien. – Me aproximé a ella y la envolví con mis alas. Deseaba fundirme en ella y decidí aprovechar hasta el último segundo de Daniela. Sabía que en dos días elegiría no conocer a Miguel, comprendía que eso era lo mejor para ella, pero me preocupaba que no fuera lo mejor para mí. Sin Daniela tal vez seguiría siendo el médico idiota incapaz de preocuparse por sus pacientes y, tal vez, cuando ese borracho chocara contra mí, me iría al lugar dónde van las almas humanas a descansar, sin opción de convertirme en un Ángel. Besé sus labios una última vez y regresé a mi cielo.
     Me sentí vacío al llegar a casa, mi alma lloraba la pérdida, adelantándose al momento en el cual ella renunciara a Miguel y yo me viera obligado a renunciar a ella. Las lágrimas acudieron a mis ojos sin que yo pudiera evitarlas, sentía que me habían arrancado el corazón del pecho.
     ¿Por qué había elegido darle esa oportunidad a Daniela? ¿Por qué no había podido mantenerme al margen y cumplir con mis obligaciones como un Ángel más?
     - Porque ese no serías tú. – Adriel se sentó a mi lado adivinando mis sentimientos, como siempre.
     - Una vez fuiste mi carga, un lazo nos mantiene unidos y siempre podré leer en ti, no importa que seas un Ángel como yo, una vez fuiste mío.
     - Soy un egoísta por pensar así.
     - No es verdad, lo que ocurre es que eres demasiado humano todavía. – Adriel me colocó la mano en el hombro. – Sólo han pasado trece años desde tu conversión, eres un niño comparado con nosotros y se espera que dudéis más, que os sintáis más inseguros. Algunos de mis hermanos tienen mil años y aún no han sido capaces de dejar atrás el hombre o la mujer que fueron.
     - ¿Tú cuánto tiempo tardaste? – Indagué y Adriel me dedicó una sonrisa.
     - ¿Yo? – Adriel cerró los ojos. – Nunca fui humano, nací como Ángel y tengo los mismos años que la Tierra.
     - Debo parecerte insignificante…  - Murmuré.
     - Ningún ser humano es insignificante, todos sois hermosos, incluso aquellos defectuosos. Poseéis el libre albedrío, la opción de elegir y me maravillo cada día de la cantidad de vosotros que decidís seguir el camino difícil, en lugar de buscar atajos. Tropezáis miles de veces con la misma piedra, pero no os rendís, os peleáis, lucháis y os defendéis como buenamente podéis. Evidentemente también hay quienes eligen los atajos, los que dañan al prójimo sin pensar en ello, no todas las manzanas están sanas. – Adriel sonrió. – Y eso es lo que  más me gusta de vosotros, que no sois perfectos.
     La perfección está sobrevalorada. – Concluyó.
     - No quiero perderla.
     - Y sin embargo, contra todo pronóstico, decidiste darle la oportunidad de decidir.
     - Ella se lo merece.
     - Poniendo a Daniela delante estás actuando como un Ángel.
     - ¿Qué ocurrirá conmigo?
     - Tal vez mucho, tal vez nada.
     - Ella dice que nos cruzaremos tarde o temprano.
     - Daniela siempre ha sido así, desde el momento en que entró en este mundo. Tiene esperanza, incluso cuando nadie más es capaz de tenerla.
     - ¿Por eso es tu favorita? – Indagué y él me dedicó una sonrisa brillante.
     - Por eso siempre ha sido mi favorita, sí. – Reconoció.
     - Tú la pusiste en mi mesa, ¿no es cierto?
     - Tú podías salvarla y yo no, la decisión fue muy simple.
     - ¿Cómo se lo tomaron tus superiores?
     - ¿Mis superiores? – Adriel me observó un instante. – Yo no tengo superiores, soy el más anciano de los Ángeles y mi voluntad suele prevalecer sobre la de los demás.
     - ¿Eres mi Jefe?
     - Lo soy. – Adriel se encogió de hombros. – No te preocupes, no tenía intención de arrancarte las alas por tus sentimientos hacia ella, también yo los tendría si fuera humano.
     - ¿Por qué nunca me lo dijiste?
     - Porque nunca me lo preguntaste.
     - Pero siempre hablas de tus superiores.
     - Es más fácil cuando los demás creen que yo no soy su jefe; actúan de forma más natural.
     - Imagino que debería sentirme traicionado. – Observé a Adriel fijamente. – Pero tú me has dado a Daniela y estas alas, así que te doy las gracias por estos trece años y te pido perdón por haberme saltado todas las normas.
     - Sabía que ocurriría, así que no hay nada que deba perdonarte. Yo os he colocado a los dos en el tablero, pero no ha salido como esperaba; vuestras vidas escapan de mi control.
     - En dos días la perderé. – Susurré.
     - Puede ocurrir cualquier cosa, no pierdas tan fácilmente la esperanza. Aprende de Daniela, ella la mantiene incluso cuando todo lo demás parece negársela.
     - No importa lo que ocurra, si ella es feliz. – Sentí en ese momento que uno de mis protegidos necesitaba mi ayuda, contemplé a Adriel y él asintió con la cabeza.
     Una vez más abandoné mi cielo y decidí mantener la esperanza.









jueves, 17 de octubre de 2013


Capítulo 11
A la mañana siguiente, después de ver otra vez a Adriel, sentí que una parte de mí, olvidada siglos atrás, estaba regresando y fui consciente de que debía tener en cuenta la oferta de Dariel. De acuerdo, mi corazón decía “Al diablo con todo, agarra  a ese ángel y sigue adelante”, pero mi mente me hacía plantearme el futuro inmediato de una relación imposible. Había personas a las cuales afectaría mi decisión, mi propia familia, para empezar.
Si iniciaba una relación con mi ángel no podía decírselo a ellos y no me gustaba mentirles. Por otra parte, podría omitirlo, ya se sabe, corazón que no ve, corazón que no siente, pero esa no sería yo.
Después estaba la complejidad de mantener en secreto algo tan grande, ¿se puede ocultar el amor? Y, si es así, ¿se lo podríamos ocultar a los jefes de Dariel?
Lo dudaba seriamente, los Ángeles lo veían todo, ¿no? Tarde o temprano alguno de ellos lo descubriría y, aunque no me preocupaba lo que pudieran hacerme a mí, me angustiaba terroríficamente lo que podrían hacerle a él. Porque, ¿y si le arrancaban sus alas y moría de nuevo?
Perderlo otra vez sería más de lo que mi pobre corazón aguantaría porque una vez ya había perdido el amor y me había costado trece años recuperar la fe en la posibilidad de un romance.
¿Por qué mi vida era siempre tan complicada? ¿por qué no podía yo enamorarme de un chico común y corriente?
La primera vez que había entregado mi corazón se lo había dado a un psicópata y, trece años después, parecía dispuesta a entregárselo a un Ángel del cielo.
Mis sentimientos eran profundos y dolían terriblemente.
Así pues decidí hablar con la persona más sensata de mi vida, mi padre.
Llegué a casa de mis padres una hora después. Llamé a la puerta y mi padre me abrió con la mejor de sus sonrisas.
     - Hola mi pequeña, ¿libras hoy?
     - Sí. – Contesté y lo abracé intensamente. - ¿Puedo consultarte algo, papi?
     - Cielo, no tienes ni que preguntarlo.
     - Me iré pronto.
     - Adelante.- Me dejó pasar, después caminó hacia la cocina y empezó a preparar un café. – Seguro que ni has desayunado, es muy temprano.
     - Pues… la verdad es que no.
- Lo imaginaba, es una hora muy temprana para ti son apenas las nueve de la mañana, algo te tiene atribulada y me gustaría saber de qué se trata.- Mi padre abrió el armario de la cocina y cogió un paquete de mis galletas favoritas. Él siempre las tenía en casa para cuando iba, se supone que con treinta y pico años tenía que dejar de estar obsesionada con las galletitas de chocolate, pero, para nada. Me tendió el paquete, después me sonrió y siguió a lo suyo. - ¿Y bien?
     - Fui a ver a Miguel. – Solté, él se giró con el rostro pálido y las manos le temblaron un poco.
     - ¿Por qué demonios harías tú eso, hija mía?
     - Deseaba enterrar el pasado, quería desterrar a Miguel de mi vida y eso hice.
     - Tenías que haberlo consultado con nosotros. – Aseguró él. – Hija ese tipo casi te mata, por no hablar de que casi acaba con toda nuestra familia también.
     - Lo sé, pero… papá, ¿crees que todo sería mejor si no lo hubiera conocido?
     - Sin duda alguna. – Mi padre me besó la frente. – Mi niña, ese hombre te destrozó físicamente y psicológicamente, no eres la misma de entonces. Has cambiado, estás más fría.
     - Lo sé.
     - Llevas mucho tiempo sin reírte de corazón. – Aseguró y yo me sorprendí al notar que mi padre si había visto a través de la careta que ponía ante todos los demás. En el fondo tampoco me sorprendió, mi padre me comprendía como pocas personas en el mundo.
     - Es verdad, papi, ¿si pudieras cambiar alguna de las decisiones de tu vida lo harías?
     Sé que es poco probable poder hacerlo, pero… si tú fueras yo, ¿lo harías?
     - Si pudiera lo haría sin dudar, borraría el día en que tu corazón se enamoró del hombre equivocado. Él no te merecía entonces y no te merece ahora. Te arruinó la vida pequeña mía, tú eres fuerte, has seguido adelante, pero te ha costado mucho.
     Yo veo a través de ti tus verdaderos sentimientos, siempre he sido capaz de leerte como un libro abierto, mi niña, sé que no eres feliz y que finges serlo por nosotros y nosotros hacemos como que no lo vemos porque es más sencillo. No puedo cambiar lo que te ocurrió, pero si pudiera, vive Dios que lo haría. No te dejaría salir ese día o me ocuparía de matar a Miguel con mis propias manos antes de que rozara uno solo de tus cabellos.

viernes, 11 de octubre de 2013

Capítulo 10
Atendí al protegido que me había llamado, pero en el proceso no dejé de pensar en Dani y en cómo las cosas habían cambiado entre nosotros de forma definitiva.  Yo había escogido confesar todo mi amor desde mi nueva realidad porque necesitaba que lo supiera, deseaba poder estar con ella y darle todo el amor que se merece. Sé que no es lo más apropiado y, seguramente, con el tiempo acabaré perdiendo mis alas por elegirla. Pero está dentro de mí, cada segundo de mi nueva existencia.
De nuevo en mi cielo la observé. Ella estaba feliz y, sin falsa modestia diré que es por mí. Los dos hemos recorrido nuestro camino, los dos hemos seguido los pasos que nos ha marcado el destino y, posiblemente por eso, estamos aquí trece años después.
Pensar en Dani es volver a vivir, volver a sentir, hay miles de millones de humanos en el mundo, yo mismo tengo más de un millón de protegidos desde esta existencia y, sin embargo, ningún alma brilla como la suya. Cada vez que la contemplo es hermosa, incandescente, brillante, a veces se oscurece en los rincones, lo mismo que Daniela, pero después vuelve a resplandecer y alumbrar a quienes están a su alrededor.











miércoles, 2 de octubre de 2013

Capítulo 9
Cuando Dariel, mi Darío, se marchó me quedé pensativa y me sentí la princesa del cuento de Hadas. Tenía un príncipe encantador, con el cuerpo más irresistible del mundo y la magia de un Hada Madrina. Mi mente racional se negaba todavía a aceptar esa realidad, era más fácil huir, fingir que lo mío con Darío, Dariel, era una locura pasajera, pero en el fondo de mi corazón sabía que era  quien había buscado toda mi vida.
Su sola presencia me hacía sentir completa, como si lo único importante fuera el ahora y no el después.
Por primera vez en mi vida dejé de preocuparme por el futuro o la soledad. No tenía ninguna de las dos cosas.
El futuro era un camino indescifrable, lleno de preguntas y sin ninguna respuesta. Creía en Dios, pues había sido criada en un colegio de monjas, pero nunca había sido una devota cristiana. Las dudas pululaban en mi mente a un ritmo frenético, sin embargo con un poco de suerte tendría al menos otros cuarenta años para tratar de encajar mi situación. Era una simple mortal y mi alma gemela un ángel. Sonaba ridículo en mi cabeza, pero era la verdad. Lo sabía; él y yo estábamos hechos para encajar.
La soledad nunca había sido algo real, desde el cielo mi hermoso ángel de la guarda había velado por mí durante esos trece años.
Si lo pensaba en realidad tenía mucho sentido. Durante algún tiempo había planeado seriamente acabar con mi vida de la manera más digna posible, no soportaba ver la cicatriz que me cruzaba el torso, no podía aguantar otra noche teniendo terribles pesadillas y, al menos en un par de ocasiones, se me había presentado la oportunidad ideal para intentarlo, pero acababa desistiendo porque una vocecita en mi interior, Darío, me impedía dar el paso final.
Honestamente, en ese momento la vida me parecía un poco mejor y confiaba en el futuro de todo cuento de Hadas: “vivieron felices y comieron perdices”.
Vale, estaba el asunto de mi mortalidad y su evidente inmortalidad.
De que mi belleza se iría ajando con el paso de los años, mientras la suya permanecía impertérrita.
De la imposibilidad de tener hijos, en fin, no veía nada claro tener que explicar a mis hijos por qué razón su padre seguía joven y nosotros envejecíamos.
Siempre había querido tener hijos, pero dadas las circunstancias debería pensar en adoptar y no someterlos a… no sé, sentirse unos inadaptados porque su madre tenía una cicatriz en el torso bastante visible y su padre un par de hermosas alas de color perla.
Me obligué a pisar el freno al comprender que estaba planeando una vida con Darío sin hablarlo con él. Si íbamos a arriesgarnos a romper todas las normas, al menos debía planificarlo con la ayuda de mi… ¿novio?
La palabra sonaba rara en mi cabeza, así que dejé de darle vueltas. Estas eran mis cartas y las jugaría lo mejor posible.
- Adriel. – Lo llamé sin confiar en que se apareciera, pero una característica de mi primer Ángel de la Guarda, que había olvidado tras trece años, era ser impredecible.
- Sabía que tendríamos esta conversación. – Aseguró con su cálida voz y me giré para volver a encontrarme esos ojos turquesa tan imprevisibles, los cuales cambiaban según su humor.
- Me abandonaste.
- No, estuve a tu lado todo el tiempo, pero la Parca había tejido su hilo y no podía llegar a ti.
- Te llamé muchas veces.
- Oí todas y cada una de tus oraciones.
- Y no viniste.
- Sólo pude enviar a tu hermana. – Dijo disculpándose y sus alas cayeron a sus costados.
- Entonces sí me salvaste. – Aseguré y él me miró con una tormenta de tristeza en sus ojos, los cuales estaban en ese instante de un color gris plomizo.
- No fue suficiente, quise hacer más. – Murmuró, apesadumbrado.- Eras mi favorita. – Reconoció, sus alas se tornaron de un ligero tono rojizo, lo cual me recordó a los humanos comunes y corrientes sonrojándose.
- ¿Fuiste tú quién me colocó en la cama de operaciones de Darío?
- Sí. Darío era uno de mis protegidos, pero no me esperaba las consecuencias. El engranaje del destino volvió a activarse, vuestras vidas se cruzaron por segunda vez y ninguno comprendemos el motivo o la razón.
- ¿Tienes una teoría al respecto?
- Podría ser…
- ¿Me la cuentas por descabellada que sea?
- Estáis destinados, llámalo destino, plan divino o como quieras, pero vuestro encuentro no fue fortuito o casual, vuestras vidas siempre han estado moviéndose en paralelo, buscando puntos comunes. Los ha habido, pero ninguno lo sabe.
- ¿Por ejemplo?
- El día que conociste a Miguel, Darío estaba en ese mismo bar después de una guardia demasiado larga.
- ¡Vaya! – Me sorprendí.
- El día de su primera muerte, tú naciste. El día de tu muerte, él estaba de guardia cuando no era su turno…
La lista es larga, zigzaguea por muchas partes, pero siempre llega un momento en el que vuestros caminos se cruzan.
- ¿Y en qué punto estamos?
- En el de que puede pasar cualquier cosa. No hay precedentes en la historia de la humanidad, sois un caso excepcional.
- ¿Qué nos hace diferentes?
- Ojalá lo supiera, Dani, pero estoy varado en las arenas movedizas como vosotros; nos movemos en un terreno improbable.
- De acuerdo, me alegro de verte. – Susurré y lo abracé con intensidad. – Gracias por haberme dejado ser la protegida de Darío y, la próxima vez, no tardes trece años en aparecerte.
- ¿Me perdonas? – Indagó inseguro.
- No tengo nada que perdonarte, la Parca nos colocó en el mismo hilo y nos usa como títeres para su propio divertimento. No me importa, he llegado a un punto en el que todo me da igual, paso de preocuparme, seguiré avanzando, aunque sólo sea un pasito pequeño cada día.
- Empiezas a parecerte a la Daniela de tu infancia.
- Me siento como ella, el proceso ha sido duro, he tenido que curar muchas cicatrices, pero me alegro de haberte conocido a ti y a él.
- Me sonrió con complicidad, después me envolvió en un abrazo protector y se desvaneció.

Sonreí, estaba bien tener un Ángel de la Guarda, pero era mucho mejor tener dos.

viernes, 27 de septiembre de 2013


Capítulo 8
     Escuché su oración, sentí su necesidad, su miedo, la cantidad de valor que había precisado para dar un paso tan importante y me aparecí ante ella dejando, por un instante, el resto de mis cargas humanas desatendidas. Ninguna de ellas estaba en peligro, no me necesitaban, pero ella sí.
     - Daniela. – Le dije, ella me miró con sus insondables ojos verdes, después se aproximó a mí, me rodeó con sus brazos. Noté su cuerpo tembloroso, sentí su miedo, su dolor y, sobre todo, sentí su amor. Era palpable, lo podía tocar con la punta de los dedos. La contemplé y me dejé arrastrar por ella, su amor me traspasó el corazón, sin poder evitarlo, la besé.
     Toda mi vida humana me pareció absurda, inútil porque en ella, Daniela, no era más que una paciente. Al principio un número más de mi lista de éxitos hasta que se convirtió en algo más.
     La realidad me golpeó, la observé durante un instante, pero me pareció una eternidad. Ese sentimiento había estado allí desde el principio, por eso me había implicado en su recuperación, por eso sacaba horas de mis horas para poder estar con ella.
     ¿Cuándo me enamoré de ella?¿En qué momento dejé de un lado mi juramento hipocrático para entrometerme en su vida?
     Adriel lo sabía.
     Por eso me había repetido tantas veces las reglas prohibidas, los pasos que no debía dar, aún sabiendo que las rompería todas por estar con ella, comprendiendo que mi existencia había quedado ligada a la suya de por vida.
     No la había espiado porque me preocupara su salud.
     No había vigilado sus pasos para que no se equivocara.
     Lo había hecho para estar con ella, incluso desde mi cielo.
     ¿Desde cuándo el amor se había vuelto tan complicado?
     A veces recordaba vagamente mi relación con Mónica, nunca había sido tan complicada, probablemente porque nunca la había amado como amaba a Daniela.
     Mi Daniela.
     Mía porque yo la había salvado.
     Mía porque ella me había salvado a mí.
     Mía porque yo la amaba.
     Mía porque ella me amaba a mí.
     Mía.
     Suyo.
     Suyo porque le pertenecía.
     Suyo porque nunca me había sentido tan vivo.
     Suyo porque siempre lo había sido, desde el principio, desde el día de su nacimiento y el día de mi primera muerte.
     Los Superiores no lo comprendían y yo, tampoco.
     - ¿Estás bien, Dani? – Pregunté, por primera vez omitiendo su nombre completo, había traspasado la barrera y, a partir de ahí, me movía en un terreno inexplorado.
     - No.
 Quería decírtelo, Doctor Pardo, creo que estoy enamorada de ti.
- Yo estoy enamorado de ti y, no lo creo, Dani, lo sé con certeza.
- ¿Por qué?¿Cuándo?
Y sobre todo, ¿por qué no me lo dijiste?
- No sé el porqué o el cuándo, yo acabo de descubrirlo.
- No es justo.
- ¿El qué?
- Que yo esté viva y tú muerto, que yo sea una simple humana y tú un ángel. Sobre todo, que ese borracho se cruzara en tu camino terminando antes de que empezara nuestra historia de amor.
- ¿Nuestra historia de amor? – Pregunté y no pude evitar sonreír.- En realidad no ha terminado, estoy aquí, y no me iré a ningún lado, soy un Ángel inmortal.
- Pero yo no.-Aseguré y me perdí en sus hermosos ojos verdes.- Envejeceré… ¡moriré!
- Amor. – Susurré y me gané una hermosa sonrisa de mi alma gemela. – Yo también morí y ahora tengo este par de bonitas alas blancas, a ti también te las darán.
- No lo sabes.
- Tengo fe.
- ¿Por qué me has hecho esto, Darío?¿Por qué decidiste aparecer después de tanto tiempo?
- Creí que esa parte había quedado clara, lo hice porque te amo.
- ¿Por qué?
- Nadie lo sabe, ni mis Jefes ni yo. Tu alma y la mía están prendidas o, al menos, eso es lo que Adriel cree.
- ¿Adriel? – Pensé por un segundo en mi Ángel de la Guarda de la infancia, siempre lo había visto en sueños, era pelirrojo con un par de hermosos ojos de color turquesa. - ¿Conoces a Adriel?
- Él me asignó a ti, por alguna razón cree que tú y yo debemos estar juntos, aunque nunca me lo ha dicho directamente.
- ¿Y eso en qué lugar nos deja? – Preguntó y me reí por primera vez en trece años. - ¿Te ríes de mí?
- Eso mismo le pregunté a Adriel, amor, sin embargo no tenía las respuestas y admito que yo tampoco.
- Genial.- Murmuró. – Me he enamorado de un ángel, me encantaría saber qué pensarían las monjas de mi colegio al respecto.
- Probablemente te llamarían bruja. – Contesté y acaricié su hermoso cabello, después la envolví en mis alas para transmitirle el calor de mi cuerpo y mis profundos sentimientos hacia ella. – A partir de aquí tendremos que improvisar, no sé a dónde nos llevará esto, ni la reacción de mis superiores, por ahora debemos mantenerlo en secreto.
- Eso es fácil, no puedo ir diciendo por ahí que mi novio es un ángel de la guarda. Me meterían en un psiquiátrico con suerte, con mala suerte me trasladarían al sanatorio de Miguel.
- Me tengo que ir… - Susurré sin querer separarme de ella, pero sin poder evitarlo. – Un protegido me necesita. – Me despedí con un beso y dejé a mi Dani pensativa.
No había dudas en su corazón sobre nosotros, estaba decidida a darnos una oportunidad y me pregunté si yo sería capaz de dárnosla también.
Quería hacerlo, pero una parte de mí temía que si los Jefes lo descubrían tal vez nos separarían y eso, era algo para lo que no estaba preparado.



jueves, 5 de septiembre de 2013

Siguiente capítulo. Esta vez la historia va a ser un poco más larga, pero quizás es lo que necesitan Daniela y Dariel para tener un final distinto. Además, los lectores que habéis seguido sus aventuras y desventuras podréis escoger entre una de las versiones vuestra favorita. En mi opinión, todo depende del punto de vista.
Capítulo 7
     Tras la visita de mi madre decidí ir a ver a Miguel. Una parte de mí se negaba a ese encuentro, pero suponía que para empezar a avanzar en mi vida debería despedirme del pasado. Mi fantasma era un ser de carne y hueso, no un espectro invisible al que temer.
     Llamé al hospital en el que lo habían encerrado de por vida, una atenta recepcionista contestó al teléfono y a todas las preguntas que tuve a bien hacerle. La primera si se podían recibir visitas los sábados, la segunda si se consideraba a Miguel Abril un paciente peligroso, la tercera si podría ir a visitarlo esa misma tarde sin demorarme y la cuarta si podría estar con él a solas durante un poco de tiempo, sin vigilancia, sin presencias extrañas.    Ella me contestó afirmativamente a todas las preguntas, aportó detalles interesantes a mi intención y me colgó amablemente tras oírme decir que iría al hospital a eso de las cuatro y media de la tarde.
     Eso me dejaba con tres horas para prepararme ante el inminente reencuentro. Por alguna razón empecé a divagar en mi pasado, buscando grietas en mi memoria en las cuales yo hubiera tenido alguna pista sobre el auténtico problema de Miguel y me sentí frustrada al darme cuenta de que había habido muchas pistas, demasiadas. Recordaba con claridad a mi hermana recomendándome alejarme de ese tipo, según ella minaba mi confianza y tenía razón. Después pensé en las muchas veces que se había puesto algo violento a causa de los celos, las ocasiones en las cuales había perdido un poco el control y que yo, en mi estupidez, había decidido ignorar hasta el momento mismo en que opté por terminar con nuestra relación para siempre.


     Miguel no era un santo y, por su aspecto de tío malo, había decidido dejarme embaucar por él. Con dieciséis años era una completa imbécil, tan segura de mi misma, tan absorta en mi fase de chica rebelde, que fui incapaz de ver lo obvio de la situación. Él era una brizna de hierba y sólo necesitaba una chispa para prender, para mi desgracia había sido yo el detonante de su locura, la causante de su primer ataque esquizofrénico. Miguel me lo había dicho en una ocasión, pero yo fui tan gilipollas como para no darme cuenta.
      Mi memoria me llevó a esa conversación, ocho días después de nuestra primera cita. Estábamos en una cafetería, los dos nos encontrábamos muy felices, eran los primeros días de nuestra relación, la maravillosa Luna de Miel. No sé cómo surgió la conversación, pero en ese instante recordé con claridad sus palabras.
     - Hay veces que escucho a Lucifer en mi cabeza. – Me dijo, yo lo miré con una sonrisa divertida, acabábamos de ver una película de posesión y di por hecho que me estaba tomando el pelo. – Él me dice que haga daño a la gente, pero la voz de Miguel es más fuerte.
     - ¿La voz de Miguel? – Le seguí la broma. - ¿Y qué te dice? ¿Qué tu novia es un bomboncito?
     - Dice que te haré daño tarde o temprano.
     - ¿Ah sí? ¿Y cómo lo harás?
     - Todavía no lo sé.
     - No te preocupes, guapo, me sé proteger muy bien. Ahora deja de tomarme el pelo y bésame.
     Recordar esa conversación hizo que me sintiera un poco más estúpida de lo que ya era. Él me había advertido, ¿y qué había hecho yo? Tomármelo a broma.
     Deambulé por mi piso durante un buen rato, después abrí el único cajón de mi habitación cerrado con llave. Quité el papel que envolvía las fotos y las miré.
     Allí estaba yo, quince años más joven, feliz al lado de mi primer amor. La sonrisa de mi rostro y la de Miguel me hicieron más daño que la puñalada con la que casi me mata. Era feliz a su lado, lo había amado con locura y, por culpa de eso, me había convertido en la víctima fácil de un esquizofrénico paranoide. Podría decir que me arrepentía de haberlo amado, podría fingir que nada de eso había pasado, pero la triste realidad es que una pequeñísima parte de mí lo seguía amando. Quizás era el síndrome de Estocolmo que había estudiado el año y medio en que me especialicé en psiquiatría; antes de decidir que lidiar con enfermedades mentales no era la mejor opción para alguien con un severo caso TEPT, estrés postraumático.
     Entonces ocurrió lo inimaginable, la Psiquiatra que había dentro de mí despertó de su letargo. Sorprendida por el giro de acontecimientos fui hacia mi despacho, cogí el cuaderno de notas y escribí mi reacción. Admito que fue una sensación extraña, la Psiquiatra analizándose por primera vez en su vida.
     Al terminar observé el reloj, habían pasado tres horas y media desde mi descubrimiento y ya se me había olvidado la visita pendiente al Sanatorio Mental en el cual se encontraba Miguel.
     Sin comer me dirigí hacia el coche, conduje hasta el lugar y esperé un rato en la puerta, antes de recordar que la hora de visitas terminaba a las seis y media. Saqué fuerzas de flaqueza y caminé hacia el enrejado que protegía a los habitantes de esa peculiar prisión.
Un agente de seguridad interceptó mi paso, hizo las preguntas pertinentes, habló con la encargada del lugar y tras quedarse con una copia de mi DNI me permitió traspasar las barreras hasta la puerta principal.
    
Tomé aire un par de veces, después con paso tembloroso atravesé la puerta principal. Una enfermera, pulcramente vestida, esperaba mi entrada. Me observó durante un momento, sus ojos se escaparon hacia la cicatriz que cubría mi torso y que había decidido no ocultar. Deseaba que Miguel la viera, quería que comprendiera cómo sus actos habían dejado huella en mí, una tara psicológica no visible a simple vista y una fea cicatriz de mi clavícula al abdomen.
     Me hizo pasar con una voz grave, me explicó las normas de seguridad del edificio, me habló de la campana del pánico en caso de que al paciente le diera un ataque e insistió en permitir que un celador entrara conmigo en el lugar. Yo no deseaba tener esa conversación pendiente con espectadores y le hablé de mi especialización. Era Doctora en Medicina, especializada en Psiquiatría y cirugía de Urgencias. Le mostré mis credenciales y ella cedió a mi petición.
     Tomé el ascensor hasta la planta número tres, la habitación 313 quedaba al fondo del pasillo, a la izquierda. Miré el rótulo de la puerta, después me persigné cómo la devota cristiana que había sido en mi infancia, y después atravesé la barrera que me separaba de mi fantasma. El me escuchó llegar y se giró, en su rostro se dibujaron miles de sentimientos, desde el profundo estupor, al temor, pasando por el arrepentimiento y, por último, el amor. Sus ojos claros me clavaron en el sitio, durante un instante me olvidé de respirar porque seguía siendo tan hermoso como quince años atrás. Su hermoso envoltorio ocultaba la negrura que había en su interior, el profundo vacío que había hecho que un gen se colocara en el lugar equivocado y le generara la enfermedad mental que tenía.
     - Dani… - Susurró. – Supuse que algún día tendríamos que volver a vernos, no esperaba que fuera tan pronto.
     - Han pasado quince años.
     - El tiempo aquí transcurre igual, a veces ni siquiera recuerdo en qué día vivo, la medicación me mantiene tranquilo. No puedo decir que me alegre de verte, gracias a ti estoy aquí y este lugar es el infierno.
     - Mírame. – Le ordené. – Deja de esquivar mi mirada, no te va a servir de mucho hacerte el huidizo conmigo. Sé quién eres, sé lo que te ocurre. Estoy especializada en Psiquiatría y tu papel de víctima no me cuela. Tú no eras responsable de tus actos en ese momento, puede ser, pero la que lleva una cicatriz en el cuerpo soy yo y no tú.
     Me he pasado los últimos quince años tratando de comprenderte, intentando perdonarte, pero lo cierto es que no puedo. Si he venido hoy es para enfrentarme a mi pasado, es hora de pasar página, he pasado los últimos años de mi vida pasando por mi existencia como si todo estuviera bien y sabes, nada está bien.
     Durante quince años he tenido terribles pesadillas, todas ellas terminaban conmigo muerta por tu cuchillo, he tomado medicación para parar un tren y no me sirvió de nada. He seguido una terapia intensiva para tratar de superar mi TEPT, nada ha funcionado.
     Me jodiste, Miguel, esa es la realidad.
     - ¿A qué has venido a hacerme daño? ¿a vengarte?
     - No, esta vez no se trata de ti, esta vez se trata de mí. He venido por mi propio pie para ver a mi sombra del pasado cara a cara, para recordar que no eres un fantasma, sino una persona real de carne y hueso. Puedo lidiar con ello, ahora soy más fuerte de lo que nunca he sido.
     No voy a perdonarte, no quiero hacerlo. Mi parte científica comprende tu enfermedad, pero la víctima que soy no.
     Me destrozaste la vida, de hecho, casi la pierdo por tu culpa. No me gusta en lo que me he convertido, odio la persona que soy hoy en día.
     No soy capaz de reírme, ¿sabes?
     Un acto cotidiano como ese supone para mí un verdadero problema, he suprimido todos mis sentimientos, me he convertido en una autómata, he creado alrededor de mí una muralla que nadie puede atravesar, ni siquiera mi familia.
     Estoy aquí para que veas lo que tus actos me han hecho, para que comprendas hasta que punto me has jodido y también para aceptarlo.
     No soy la joven estúpida que se enamoró de ti, sólo por decir que tenía unos ojos hechiceros, ahora soy Doctora en Medicina y experta en Psiquiatría. He tardado quince años en dar este paso, sólo he venido para cerrar el pasado.
     Para tocarte y recordar que eres de carne y hueso, no un fantasma.- Me acerqué a él, para corroborar mis palabras lo agarré del brazo, estaba caliente y se puso tenso al notar mi mano sujetándolo. – Dices que vives en el infierno, pues me alegro.
     Yo he estado viviendo en él desde ese quince de septiembre, cada mañana me he despertado y me he dormido en él.      No he venido a perdonarte o a darte palabras de consuelo, sólo he venido para que me vieras para que fueras consciente de lo que tú me has hecho.
     Ahora, me voy y no vendré nunca más.
     - Perdóname, no era yo y lo siento.
     - Lo sé, soy psiquiatra. Sin embargo no puedo perdonarte, no me sale de dentro.



     - Lo comprendo, a veces recuerdo el momento. – Siguió. – No era yo, pero sí lo era.
     Me alegro de que estés viva. – Dijo. – Hasta hoy nadie me lo había dicho, ni siquiera mi familia. – Continuó. – Le preguntaba y se negaban a hablar del asunto, temían que pudiera escapar de aquí y terminar lo que empecé. Es un alivio saber que no te maté, te amo.- Susurró. – Siempre te he amado y siempre te amaré.
     - Bonitas palabras, pero no me las creo.
     - ¿Por qué has venido?
     - No lo sé. – Contesté. – Simplemente ocurrió, quise verte una última vez porque te amé y pagaste mi amor con un intento de asesinato, sólo quería recordar que en algún momento, antes de todo lo malo, confié en ti.
     No puedo perdonarte tal vez en el futuro lo haga pero, honestamente, lo dudo mucho.
     Adiós Miguel y perdóname por haber sido la chispa que prendió tu enfermedad, hubiera preferido no conocerte, mi vida habría sido mucho más sencilla.
     - La mía también.
     - No, la tuya no lo sería. – Lo corregí. – Tienes una enfermedad. Fui yo, pero habría podido ser tu madre o tu hermana, estaba en ti, es hora de que lo aceptes.
     Yo ya lo he hecho, eres un simple humano y no somos perfectos. – Concluí mi alegato y me alejé de la habitación.
     Al salir al pasillo tuve ganas de llorar, pero me logré contener. Me alejé del hospital, cogí mi coche y, al llegar a casa, lo hice.

     Ángel de la Guarda, dulce compañía, no me dejes sola ni de noche ni de día, que me perdería.

La Noche

El cielo se oscureció, el alma que vagaba por la casa permaneció en silencio viendo como el sol se apagaba. Mucho tiempo atrás los habitant...