jueves, 21 de marzo de 2013


Siguiente capítulo. En este, Dani debe enfrentarse a la persona que más daño hizo y, tal vez, ella no será capaz de darle una nueva oportunidad.
Capítulo 5
Mi padre y yo salimos a pasear juntos. Fuimos a  nuestra cafetería preferida del barrio, donde nos quedamos cerca de una hora tomando café. Al despedirnos él me dedicó la más brillante de sus sonrisas y besó mi frente.
- Cuídate, tesoro.
- Lo haré, papá.
- De acuerdo, hasta mañana cariño.
- Dale un beso a mamá de mi parte. – Dije antes de verlo partir en dirección contraria a la que yo tomaba.
Mis pasos me llevaron a mi parque favorito de la infancia. Al entrar en él me sentí un poco más segura, un poco más tranquila. Era un lugar que no había visitado desde que Miguel había intentado asesinarme, pero seguía teniendo el mismo aspecto que yo recordaba.
Me senté en uno de los bancos más alejados. Me mantuve en silencio durante un buen rato, sólo prestando atención a los pequeños ruidos del parque, a las risas de los niños, las animadas chácharas de las madres y a un grupo de personas mayores dándoles pan a las palomas.
Una pequeña parte de mí, dormida desde hacía muchísimo tiempo, se dio cuenta de la importancia de las cosas cotidianas: las risas, las charlas… Esa porción de mí fue capaz de maravillarse de lo que había a su alrededor, por primera vez, desde lo de Miguel.
Los niños jugaban y reían felices, ajenos a los monstruos, sintiéndose seguros. Me estremecí al pensar que dentro de unos años quizás ellos mismos o alguien cercano podrían convertirse en uno. Sonreí con pesar, tal vez ocurriría en algún momento pero, por ahora, podían reír felices, sin miedo al Coco.
 Cerré los ojos tratando de recordar cómo era mi vida antes de Miguel, antes de Darío, antes de que la vida me hubiera colocado la última de la fila, antes de aprender que los monstruos existían. Palpé mi cicatriz durante un instante, sentí su forma, rugosa contra mi piel y, aún así, no tan horrible como podría esperarse tras días en la UCI y horas de operación.
Después me puse a pensar sobre las decisiones que había tomado desde ese fatídico 15 de Septiembre. La forma en la cual había buscado consuelo en las drogas, en el alcohol, en hombres maltratadores para huir de mi propia miseria. Miguel me había intentado matar, pero fui yo quien me empujé a esa vida para no vivir con la culpa, con el dolor, con la resignación de ser una víctima. Mis actos me habían llevado hasta la degradación, nadie había sido el responsable de la espiral de autodestrucción en la cual había caído, nadie, excepto yo misma.
Abrí los ojos, vi a una pareja de novios besándose en el banco frente al mío y no lo pude resistir más. Debía seguir purgando mis culpas, debía disculparme con la siguiente persona de mi lista.
Me levanté, lancé un suspiro y fui hacia la casa de mi hermana Diana.
Al llegar a su portal dudé en llamarla, pero ya que estaba allí era mejor aclarar las cosas y seguir avanzando. Timbré y en un instante la puerta se abrió ante mí. Subí las escaleras porque necesitaba tiempo para prepararme para el enfrentamiento.
Diana era mi hermana mayor, pero llevaba dos años sin hablarme, desde que en una visita a mi casa vio cómo uno de mis novios me maltrataba. Le gritó y yo la eché.
Al llegar a la quinta planta casi no tenía resuello. Me acerqué a la puerta, pero Diana abrió antes de que timbrara.
- ¿Le ha ocurrido algo a mamá o a papá? – Fue su primera pregunta.
- No.
- Bien, entonces no tenemos de qué hablar, puedes coger e irte a tu casa.
- Lo siento, Diana. – Le dije.- Perdóname, yo… soy una pila de mierda.
- Sí, lo eres.
- Estoy cambiado, hermana, de verdad.- Me acerqué a ella, Diana me escrutó con sus ojos oscuros, al ver cómo tendía una mano hacia ella se echó para atrás.
- Llevo los últimos trece años de mi vida coqueteando con la muerte, pero ya no lo haré más.
Por favor, escúchame…
- Hace dos años que no vienes a verme, ni siquiera vas a casa de papá y mamá cuando yo estoy allí, ¿por qué debería escucharte?
- Porque me equivoqué. – Aseguré. – Tú sólo intentaste protegerme y yo… yo… deseaba morir, Diana. – Le dije con toda sinceridad. – No quería vivir.
- ¡Niña tonta! – Diana en un instante me rodeó entre sus brazos. - ¿Por qué querías morir?
- Me sentía tan mal, tan vacía y estaba aterrada, Diana. Temía que él volviese y rematase su trabajo o que os hiciera daño a vosotros.
No podía soportarlo, cada día me veía la cicatriz y ella me recordaba lo qué me ocurrió. Yo sólo quería… sólo… descansar.- Confesé por primera vez en voz alta.
- Entra. – Diana me agarró fuerte por la cintura y me llevó al interior de su casa. La había reformado desde la última vez que había estado allí.
- ¿Y Mauricio?
- En un viaje de negocios. – Explicó.
- Está preciosa. – Le dije y observé su hogar.
- Prepararé café. – Mi hermana caminó hacia la cocina, yo la seguí. Al entrar en ella me indicó una silla y yo me senté en ella.
- Diana, de verdad, lamento mucho lo que dije.
- Me hiciste daño, Dany.
- Lo sé y lo siento. No era yo… era… bueno, sí, pero era la parte más tenebrosa de mi alma. Bebía mucho, me drogaba mucho y andaba con hombres muy poco recomendables.
- ¿Por qué lo hacías?
- De verdad deseaba morir, Diana, y eso ni siquiera se lo he dicho a papá o a mamá.
Me costaba un triunfo levantarme todas las mañanas, los cinco primeros años miraba en todas las direcciones por si volvía, por si lograba escapar del hospital y venir a atacarme. Imagino que por eso los hombres maltratadores. Una parte de mí creía que, frente a otro monstruo, ambos se acabarían destruyendo.
 Es una idiotez, pero no pensaba con claridad.
Estaba muy traumatizada.
- Diana me miró por un instante, sentí sus ojos oscuros examinándome, escrutándome.
- ¿Por qué no me lo dijiste? – Me preguntó, después dejó el café a medio hacer y se sentó a mi lado. - ¿Por qué te lo guardaste para ti?
- No sé, no estaba preparada para asumirlo.
- ¿Y ahora sí?
- No, pero lo estoy intentando.
- ¿Por qué ahora?
- Porque un día me desperté de la peor resaca de la historia de la humanidad y fui consciente de lo que había estado haciendo con mi vida. No es fácil asumirlo, ¿sabes?
Por eso fui a ver a Miguel.
- ¿Fuiste a verlo? ¿Qué estabas pensando cuándo hiciste esa tontería?
- En ir hacia adelante, sólo quería continuar con mi vida dónde la había dejado. No puedo borrar estos últimos trece años de mi vida, pero al menos puedo intentar mejorar los siguientes.
He dejado de beber, no voy a drogarme más y te juro que no tengo la más mínima intención de volver a enamorarme de un maltratador. Ya tuve bastantes de esos para el resto de mi vida.
            Además está Darío. – Expliqué sonrojándome.
            - ¿Vas a romper un matrimonio? – Preguntó Diana, furiosa.
            - ¡No! ¿Cómo puedes pensar que yo le haría eso a él?
            Jamás dañaría a Darío, yo… yo… lo quiero. – Confesé.- O al menos lo quise, ahora estoy preparada para dejarlo marchar también.
            - ¿Darío? ¿Estabas enamorada de Darío? ¿Cómo no lo vi?
¡Por supuesto que estás enamorada de él! ¡Salvó tu vida!
            Ese estúpido soñador… oh mierda, ¿y por qué no hiciste algo antes, tontorrona?
            - ¿Honestamente?
            - Sí.
            - No me sentía merecedora de ese amor… yo… soy una pila de mierda y él es… es… perfecto.
            - ¡No eres ninguna pila de mierda! – Mi hermana me miró con sus ojos encendidos de furia. – Estás herida, hermanita, estás tan dañada…
Y ninguno nos hemos dado cuenta, yo creía que eras una irresponsable, jamás se me pasó por la cabeza que estuvieras asustada, nunca pensé en cómo debías sentirte tú.  Sólo en cómo me sentía yo, casi mueres, y yo no estaba allí para protegerte.
- Me alegro de que no estuvieras, quizás él te habría hecho a ti lo mismo, ¿qué ocurriría entonces con papá y mamá?
Yo he estado ausente durante este tiempo, encerrada en mi pequeño cascarón y no he permitido a nadie entrar en mi vida, ¡diablos no me lo permití ni a mí misma!
- Mi pequeña Dany, lo siento, perdóname, no he sido una buena hermana contigo. No vi lo qué te ocurría o, tal vez, no quise verlo.
- Estoy bien, no del todo, pero voy mejorando.
Papá me aconsejó decírselo a él, ¿tú qué harías, Diana?
Yo sólo quiero cerrar esa parte de mi historia, pero sin dañar a Darío y no deseo causarle problemas, ni tampoco hacerle creer que lo quiero. Por otra parte, quizás merezca saberlo, ¿no?
Aún estoy viva y probablemente gracias a él. - Miré a Diana. – Todos estos años me la he jugado, pero no lo bastante como para perder mi vida de verdad porque deseaba verlo cada día en el hospital y que me llamara princesa.
¿Cómo de patético es eso, hermanita?
- No me parece patético. – Diana me sonrió. – De hecho creo que es hermoso. Ahora lo veo, lo quieres de verdad y por eso no le has permitido que se hunda contigo. Él lo habría hecho, ¿sabes?
            Creo que te habría seguido hasta el infierno si se lo pidieras, te miraba cómo si fueras un tesoro. Al principio pensaba que era por el milagro de haber salvado tu vida, pero un día comprendí la verdad de esas miradas, en ellas había amor y añoranza.
            ¿Sabes cómo de orgullosa me siento ahora mismo de ti, pequeña?
            Renunciaste al amor sólo para darle paz a él, permitiste que tu corazón se hiciera trizas por proteger a Darío.
Papá tiene razón, debe saberlo. – Mi hermana me acarició la mejilla. – Debe saber lo mucho que lo amaste y quizás así te comprenda.
- Tengo miedo… es… ¿y si cambia mi relación con él? ¿y si me odia?
- No me imagino a Darío odiándote. Debes comprender que, a veces, el amor no es suficiente.
- ¿Podrás perdonarme, Diana?
Por todo el daño que te he hecho estos dos años.
- Desde luego, hermanita. – Diana me sonrió.- Por cierto, debo anunciarte que tienes una ahijada o ahijado en camino. – Dijo y se palpó su barriga orgullosa. – Íbamos a pedirle a mamá que lo fuera, pero como vuelves a ser la hermana que tanto quiero, he cambiado de opinión.
- ¿De verdad? – Mis ojos se abrieron con sorpresa, después sin poder contenerme las lágrimas se deslizaron por mi mejilla. – Prometo que te voy a querer con toda mi alma, pequeño o pequeña. – Aseguré acariciando la barriga de mi hermana.
- ¡No llores, tontona, me vas a hacer llorar a mí también! – Protestó Diana, a los pocos segundos las dos estábamos llorando como unas magdalenas, fundidas en un abrazo.
Cuando recuperamos la compostura me miró con sus hermosos ojos oscuros.
- Hermanita, tengo unas ganas locas de salsa barbacoa.
 ¿Te quedas esta noche en casa y me acompañas poniéndote gorda a base de pizza de barbacoa y helado conmigo?
- Yo invito. – Afirmé. - ¿Grande?
- Sí.
- Con extra de queso.
- Perfecto.
- Y aceitunas negras.
- ¡Qué bien me conoces!
- Yo sonreí a mi hermana, tenía un par de buenas razones para recuperar mi vida. Una de ellas era mi ahijada/o y, otra, una familia que me apoyaba incluso tras haberles hecho pasar un infierno a mi lado.
Me iba a recuperar, sí o sí.

viernes, 1 de marzo de 2013

Tras dos semanas, y pelearme con blogger para acceder hoy a tejedoraehilanderadesueños, publico el siguiente capítulo de "La decisión". Si me dejáis comentarios, me haréis muy feliz.
Capítulo 4
            Después de que mi madre se marchara, recogí los platos que habíamos usado para tomar la tarta y la cena. Terminé de limpiar la cocina y, aunque parezca absurdo, el verla limpia me hizo sentir, en cierto modo, más sana.
            Me acosté, pronto el sueño se apoderó de mí. Cuando sonó el despertador me incorporé de la cama y me dirigí hacia la ducha.
            Al terminar de ducharme, arreglé la habitación, caminé hacia la cocina y me preparé el desayuno. El hacer este tipo de cosas cotidianas estaba ayudándome a recuperar un poco el norte. Tras desayunar, cogí mi bolso y fui hacia el hospital andando. Ese día me apetecía mucho pasear para despejar mi mente, necesitaba decidir a quién ver al día siguiente, con quién hablar para disculparme o dar las gracias.
            Entré en el Hospital y observé el turno de guardias. Esa noche me tocaba quedarme y Darío libraba. Admito que me alivió el no tener que verlo ese día, había muchas cosas sobre las que debía pensar antes de enfrentarme otra vez a su mirada verde.  Mis compañeros ese día estaban muy habladores, y entraron muchas personas por urgencias. Al terminar mi turno salí del hospital directa hacia la casa de mis padres. Mi padre ya estaba retirado y pensé visitarlo para hablar con él, aunque estaba agotada tras mi turno en el hospital.
            Al llegar a la casa me sentí una extraña. En realidad no era mi hogar de la infancia, sino un piso que mis padres compraron una vez salí del hospital. Ninguno de ellos deseaba permanecer en el lugar dónde casi había perdido mi vida. Nunca creí que ese fuera mi hogar, extrañaba mi casa de la infancia, tenía muy buenos recuerdos de ella, pero mis padres no habían sido capaces de verla del mismo modo desde mi milagrosa recuperación.
            Abrí con mis llaves y entré en la cocina. Mi padre estaba preparando la comida, se giró al oírme.
            - Dany, cariño, ¿qué haces aquí?
            - ¿Estás haciendo estofado?
            - Sí.
            - Es mi plato favorito. – Dije y él me sonrío.
            - Lo sé, cariño. – Mi padre dejó de remover la olla, vino hacia mí y me rodeó en un abrazo. – Tu madre dijo que vendrías hoy.
            - Su sexto sentido, a veces, me da un poco de miedo. – Confesé a mi padre y él me dedicó su mejor sonrisa.
            - Sí, a mí también me ocurre. Contigo y Diana parece una auténtica pitonisa, intuye lo que os ocurre enseguida.
            - Papá quería hablar de Miguel, de todo lo malo y…
            - Tesoro, es mejor que duermas un rato. Si vamos a hablar de ese tema debes estar en plena forma y, sinceramente, parece que te ha atropellado una apisonadora.
            - Tienes razón, papi. – Contesté. – He tenido un turno muy largo en el trabajo.
            - A la cama. – Mi padre me besó la frente.
            - Gracias. – Caminé hacia mi antiguo dormitorio. La cama estaba recién hecha, las sábanas olían a limpio. Mi madre había dejado un pijama, ropa limpia y una toalla encima de la cama. Sonreí sin poder evitarlo, me conocía mejor de lo que yo me conocía a mí misma.
            Me desvestí, me puse el pijama y me quedé profundamente dormida. Desperté siete horas después, caminé hacia el salón y observé a mi padre leyendo un libro.
            - Hola, tesoro. – Mi padre dejó el libro en cuanto me oyó. - ¿Has descansado?
            - Sí. – Caminé hacia él y lo besé en la mejilla.- Voy a calentarme la comida.
            - Ya lo hago yo. – Mi padre se levantó de la silla y caminó conmigo hacia la cocina, allí calentó el estofado. Cuando terminó puso la mesa para dos personas.
            - ¿No has comido, papi?
            - Decidí esperar por ti.
            - No era necesario, estarás muerto de hambre.
            - Picoteé algo, pero no se lo digas a mamá, se supone que estoy a dieta.
            - Será nuestro secreto. – Cogí los cubiertos y empecé a comer, durante la comida mi padre y yo hablamos de cosas cotidianas. De mi hermana, de mi padre, de mi trabajo, de mi madre, de los abuelos.
            Al terminar recogí la mesa, fregué los cacharros y los sequé, mientras mi padre ponía a hacer una cafetera. De algún lugar sacó un paquete de mis galletas favoritas y lo colocó encima de la mesa.
            - Mamá no es la única que me conoce bien. – Le dije. – Has comprado mis galletas favoritas.
            - Vamos a hablar de Miguel, pensé que esto tal vez te ayudaría.
            - Indudablemente.
            - ¿Por dónde empezamos?
            - ¿Cómo te sentiste, papá?
            - Aterrorizado. – Mi padre sirvió el café.- Nunca en toda mi vida estuve tan asustado. Cuando tu madre me llamó, sentí una furia ardiente en el pecho, deseé matar a Miguel y recrearme en su muerte torturándolo.
            Al llegar al hospital los doctores nos pintaron la situación mucho peor de lo que te puedes imaginar, todos ellos te daban como mucho veinticuatro horas de vida. Nos animaron a despedirnos de ti, por si acaso.
            - Lo siento, papá.
            - Entonces apareció Darío y me juró que te iba a salvar la vida.- Mi padre bebió un sorbo de café. – Curiosamente, cariño, no dudé ni por un instante que lo haría, vi determinación en su mirada, vi seguridad.
Supe que ya no tendríamos que despedirnos de ti.
Pasaste muchísimas horas en ese quirófano, la operación se complicaba cada poco tiempo, los médicos seguían diciéndonos que ibas a morir pronto. Darío salió muchas veces del quirófano para irnos contando cómo avanzaban las cosas.  Finalmente nos dijo que te había estabilizado, que las siguientes veinticuatro horas serían cruciales para tu supervivencia, también que ibas a vivir, pues juró que nunca había visto a nadie aferrarse tan fuertemente a la vida.
- Siempre me lo dice.
- Y tiene razón, cariño.
- A veces olvidó que mi vida es un milagro.
- Siempre he pensado que sólo necesitabas tiempo, tesoro.
- Mamá te contó que fui a ver a Miguel, ¿verdad?
- Sí, lo hizo.
- Me dio pena.
- Lo sé, a mí también me la da. – Mi padre me sonrió. – Está enfermo y, aunque lo hubiera matado de buen grado hace trece años, hoy en día sólo pienso en cómo esa experiencia cambió nuestras vidas.
De algún modo eso nos hizo más fuertes, especialmente a ti.
- Pero últimamente he estado coqueteando con la muerte.
- Lo sé, hija. Aunque parezca raro creo que te comprendo.
- ¿Me comprendes?
- Con diecisiete años sufriste una experiencia terrible, te arrancaron toda la seguridad que podías tener en ti misma, una persona a la que amabas profundamente trató de acabar con tu vida. No ayudaba el hecho de que tu madre y tu hermana te trataran como si fueses un bebé, como si fueses alguien frágil necesitada de protección.
 Yo nunca te he visto así, lo que yo veo cuando te miro es a una superviviente. Una mujer capaz de aferrarse a la vida con ambas manos y ganarle la batalla a la Parca. Comprendí que necesitabas tiempo para sanar una parte de tu alma, pero nunca en mi vida te he considerado débil o falta de protección.
No, hija mía, eres la mujer más fuerte y valiente del mundo.
- Gracias, papá. – Observé a mi padre largamente. – Yo por un tiempo sí me creí débil, falta de protección.
Es cierto lo que tú dices, perdí toda la seguridad en mí misma por su culpa. Estuve a punto de dejarme morir por su amor, ¿no te parece absurdo?
Ahora con la distancia, me veo frente a la puerta, sin resistirme a su puñal y me dan ganas de golpearme a mí misma. Tenía muchísimos pájaros en la cabeza por aquel entonces, me creía a pies juntillas la historia de Romeo y Julieta, nunca me paré a pensar que el amor consiste en dar sin esperar nada a cambio, pero recibir más de lo que das.
Lo entendí demasiado tarde, cuando ya se había alejado de mí…
- Nunca se alejó, pequeña. – Mi padre me observó un instante, yo lo miré perpleja.
- ¿A quién te refieres?
- A Darío, tesoro. – Mi padre me sonrió.
- ¿Lo sabías?
- Tu madre y tu hermana estaban pendientes de ti, pero ciegas para comprender lo que había en tu corazón.
Yo siempre lo he sabido.
- Ya no siento lo mismo, ¿sabes?
Lo he pensado, ya no lo quiero. Soy feliz porque está con Mónica y me alegra poder trabajar con él, me siento afortunada de tenerlo a mi lado, pero nunca habría sido posible algo entre nosotros.
            Estaría mal en todos los sentidos.
            Yo soy su paciente, ya no, pero lo fui.
            Yo estoy rota, empiezo a recuperarme, pero aún no del todo.
            - Me gustaría darte un consejo, cariño.
            - Te escucho.
            - Debes decírselo.
            - ¿Estás de broma? ¡Sería un error a estas alturas!
            - Yo no lo veo así.
Dany merece saberlo, porque él te salvó en más de un sentido y además, hija mía, tú necesitas decírselo para poder avanzar. Debes cerrar esa historia o toda la vida te acompañará el remordimiento por no habérselo confesado.
            Tú ya no lo quieres y, tal vez, podría ayudarte el comprender si habría sido posible en otras circunstancias, quizás entonces te atrevas a amar de nuevo.
            - Me asustan mucho las intuiciones de mamá, pero veo que no es la única que tiene intuición en esta casa.
            - La vejez, además de los achaques típicos de la edad trae algo bueno, un poco más de sabiduría, no en grandes cantidades, pero sí de esa de la cual los más jóvenes todavía no sois conscientes.
            Y ahora, desde que estoy jubilado, tengo mucho más tiempo para utilizar las pequeñas células grises.
            - Gracias, papi. – Le dije. – Y digo yo, ¿tienes tiempo para ir a tomar un café con tu hija y pasear con ella hasta que vaya al trabajo?
            - Siempre tengo tiempo para mi hija, además, a un jubilado como a mí, le viene bien de vez en cuando mezclarse con la savia joven.

           


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La hoja en blanco y la sonrisa de un extraño

La sonrisa de un extraño y la hoja en blanco. Era una mañana tormentosa, el cielo estaba encapotado y las nubes amenazaban con descargar c...