miércoles, 30 de julio de 2014

Hoy en “Tejedora” quiero tratar de escribir un relato breve de terror, es mi primer intento en el género, a ver qué tal se me da.
Lo que hay al otro lado
Todo empezó al caer el sol, el silencio  y la tensión eran palpables. Se sintió amenazado, le dio la sensación de estar siendo vigilado. Él nunca había sido un miedoso, a lo largo de su vida había experimentado más cosas raras que la mayoría de las personas. A veces tenía la sensación de que atraía el misterio y la oscuridad. Durante toda su vida había sido un investigador de fenómenos paranormales y había sido examinado por diversas eminencias científicas que trataban de demostrar que tenía problemas mentales y que tal cosa como el Más Allá no existía.
A pesar de ello nunca se había sentido extraño, diferente o loco, como lo habían calificado algunos, le atraían los fenómenos paranormales porque le interesaban las preguntas sin respuesta, las cuestiones filosóficas que habían obsesionado  a científicos como Freud y Jung.
Él tenía una larga carrera a sus espaldas, renombre entre los investigadores de los fenómenos paranormales y era citado en varios manuales de parapsicología, muchos lo consideraban un maestro y a él le enorgullecía haber formando a varios investigadores, algunos de ellos habían sido un éxito y eran laureados entre los círculos de lo extraño, otros más discretos no parecían sobresalir en nada y, sin embargo, él era consciente de que algunos de los descubrimientos de esos investigadores que pasaban más inadvertidos eran mejor que muchos de aquellos que salían en todas las revistas dedicadas al misterio.
Él a lo largo de su carrera había recorrido medio mundo, había investigado cementerios indios, asentamientos mayas, algunas regiones pérdidas de la Sábana africana y había descubierto lugares increíbles, en los cuales las evidencias de lo paranormal podrían convencer a los más escépticos. Pero no todos habían sido éxitos, en su periplo también había descubierto emplazamientos que eran meros reclamos turísticos para curiosos e investigadores como él.
Le habían dicho que ese cementerio era el lugar más encantado del mundo, le habían asegurado que quienes habían entrado en él, nunca habían salido vivos y su afán investigador lo llevó hasta allí. En cuanto se acercó a la primera tumba tuvo la certeza de que ese sería su último día sobre la faz de la tierra. Había un silencio absoluto y el frío calaba los huesos, corroyéndolos como si estuvieran siendo chupados, aún así, no se amilanó.
 Quizás cuando todavía era un joven científico, en el inicio de su carrera le habría dado la espalda a ese cementerio, tal vez, si las circunstancias fueran diferentes se echaría a correr como alma que lleva el diablo. Pero se sentía mayor y la curiosidad por ver qué había al Otro Lado podía más que su instinto de supervivencia. Tenía muchos años, había recorrido el mundo entero, había amado, había odiado, había aprendido a convivir con la incredulidad y el desprecio. Todo lo que había vivido, su propia existencia, lo había empujado hacia ese destino. Estaba en el crepúsculo de su vida y realmente no le importaba vivir un año más o no. Su existencia había sido plena, había gozado y quizás era el mejor momento para reunirse con su madre, seguro que ella lo estaría esperando con los brazos abiertos.
Caminó por el cementerio, la luz de la luna iluminaba la escena, dotando todo con un halo de irrealidad. No había grillos en ese lugar, ni ningún rastro de insectos. Lo único que se oía era el sonido de sus pasos, pesados en el pavimento.
 Se detuvo ante una tumba, la contempló, embelesado trató de imaginarse cómo sería el fallecido que en esos instantes estaba cubierto de tierra y silencio, observó la fecha de enterramiento 1545 y su mente lo llevó al siglo XVI. Se preguntó si esa persona había sido víctima de la cólera o de alguna enfermedad endémica de esa época, se cuestionó si habría sido acusado de brujería y había hallado su destino final en las llamas de la hoguera, pensó en la Inquisición y las miles de víctimas causadas por un poder corrupto y entregado a creencias supersticiosas. Casi podía imaginarse el rostro del fallecido, un hombre joven, 16 años, alto, rubio, con ojos color musgo y pecas en la nariz, sonrió ante su imaginación y abandonó esa tumba.
Siguió paseando en el lugar, pero ya no sólo sentía sus pasos en el pavimento, detrás de él escuchaba el sonido de huesos golpeando la tierra. Se recriminó a sí mismo ese pensamiento, trató de darse la vuelta para encararse a ese sonido extraño, pero en el último instante siguió caminando, sin dirigir la vista atrás.
Se detuvo en la siguiente tumba, 1564, era de una mujer, por la riqueza del Mausoleo dedujo que era una persona de la nobleza, tenía alrededor de cincuenta años cuando murió, de cabellos blancos, tez cetrina, cubierta de arrugas, su cuello estaría decorado con ricas joyas y pulseras de oro macizo adornarían sus muñecas, sonrió ante ese pensamiento, no creía que hubiera muchas señoras que fueran enterradas con sus joyas de oro macizo con hijas y sobrinas en edad de heredar.
Se aventuró a seguir el recorrido, sus pasos resonaban en el pavimento, pero también los huesos golpeando el suelo y a esos sonidos se unió un tintineo de joyas. El corazón se detuvo en su pecho, una vez más tuvo la necesidad de girarse y, una vez más, decidió seguir caminando.
Sus pies lo llevaron hasta una pequeña tumba, pobremente decorada, 1573, García García Domínguez, edad 3 años. Su mente se figuró a un niño pequeño, frágil, enfermizo de nacimiento, tendría una pierna más larga que la otra y el cuerpo se estaba cayendo a trozos, la lepra lo había atrapado y nunca no lo había soltado. Podía imaginarlo jugando con un palo, golpeando las piedras y renqueando, quedándose sin aliento cada dos pasos. Ese pensamiento lo turbó, no podía soportar la idea de una muerte tan injusta y pobre.
Los huesos lo siguieron, también el tintineo de joyas, el sonido de un palo golpeando puertas y la respiración entrecortada se unieron a los sonidos que ya conocía.
No se detuvo, sus pasos lo condujeron hacia otro mausoleo, 1578, una madre primeriza y su hijo recién nacido. Pudo ver su rostro, cabello oscuro, ojos negros, el bebé no tenía nueve meses de gestación, había sido un parto prematuro con un final injusto. No tuvo necesidad de darse la vuelta en esta ocasión, escuchó el llanto de un niño pequeño y el arrullo de su madre, 13 años, demasiado joven para ser madre, demasiado joven para morir de forma tan cruel.
1765 rezaba la siguiente lápida. Leyó la inscripción y se figuró a un joven hermoso, criado entre algodones y víctima de neumonía. Vestía un traje de sacerdote, había sido un hombre de fe que se contagió al ir a cuidar a una familia, tres días después de estar con ellos, los cinco miembros habían muerto y él se imaginó que sus tumbas no estarían muy lejos de la del joven sacerdote.
Detrás de él al sonido de huesos, joyas, palo golpeando piedras, arrullo y llanto, se unió el de muchas toses, profundas, desgarradoras.
Ya no era dueño de sí mismo, recorrió cada rincón del cementerio, a su caminar se unieron las voces de los muertos, cada vez eran más. Sintió cómo sus pelos se ponían como escarpias al oír el debate de un grupo de investigadores paranormales que, como él, habían ido a averiguar cuánto de cierta era la leyenda del Cementerio Embrujado, aún así no se dio la vuelta para ver las filas de muertos que se habían agregado a su paseo.
Llegó a la última tumba, estaba recién cavada y supo que era la suya. Había llegado el momento de averiguar qué había al Otro Lado, se giró poco a poco, temeroso de lo que encontraría. Ante él desfilaron los rostros de todos los muertos que lo habían acompañado, se acercaron y le hablaron. Él sonrió, había descubierto que había al Otro Lado, pero ya no se lo podría contar nunca a nadie porque el Otro Lado lo había atrapado.
FIN

Y eso era todo, en fin, mi primer intento de terror y estoy satisfecha con el resultado, ¿qué os parece a vosotros? J


Hoy en “Tejedora” quiero tratar de escribir un relato breve de terror, es mi primer intento en el género, a ver qué tal se me da.
Lo que hay al otro lado
Todo empezó al caer el sol, el silencio  y la tensión eran palpables. Se sintió amenazado, le dio la sensación de estar siendo vigilado. Él nunca había sido un miedoso, a lo largo de su vida había experimentado más cosas raras que la mayoría de las personas. A veces tenía la sensación de que atraía el misterio y la oscuridad. Durante toda su vida había sido un investigador de fenómenos paranormales y había sido examinado por diversas eminencias científicas que trataban de demostrar que tenía problemas mentales y que tal cosa como el Más Allá no existía.
A pesar de ello nunca se había sentido extraño, diferente o loco, como lo habían calificado algunos, le atraían los fenómenos paranormales porque le interesaban las preguntas sin respuesta, las cuestiones filosóficas que habían obsesionado  a científicos como Freud y Jung.
Él tenía una larga carrera a sus espaldas, renombre entre los investigadores de los fenómenos paranormales y era citado en varios manuales de parapsicología, muchos lo consideraban un maestro y a él le enorgullecía haber formando a varios investigadores, algunos de ellos habían sido un éxito y eran laureados entre los círculos de lo extraño, otros más discretos no parecían sobresalir en nada y, sin embargo, él era consciente de que algunos de los descubrimientos de esos investigadores que pasaban más inadvertidos eran mejor que muchos de aquellos que salían en todas las revistas dedicadas al misterio.
Él a lo largo de su carrera había recorrido medio mundo, había investigado cementerios indios, asentamientos mayas, algunas regiones pérdidas de la Sábana africana y había descubierto lugares increíbles, en los cuales las evidencias de lo paranormal podrían convencer a los más escépticos. Pero no todos habían sido éxitos, en su periplo también había descubierto emplazamientos que eran meros reclamos turísticos para curiosos e investigadores como él.
Le habían dicho que ese cementerio era el lugar más encantado del mundo, le habían asegurado que quienes habían entrado en él, nunca habían salido vivos y su afán investigador lo llevó hasta allí. En cuanto se acercó a la primera tumba tuvo la certeza de que ese sería su último día sobre la faz de la tierra. Había un silencio absoluto y el frío calaba los huesos, corroyéndolos como si estuvieran siendo chupados, aún así, no se amilanó.
 Quizás cuando todavía era un joven científico, en el inicio de su carrera le habría dado la espalda a ese cementerio, tal vez, si las circunstancias fueran diferentes se echaría a correr como alma que lleva el diablo. Pero se sentía mayor y la curiosidad por ver qué había al Otro Lado podía más que su instinto de supervivencia. Tenía muchos años, había recorrido el mundo entero, había amado, había odiado, había aprendido a convivir con la incredulidad y el desprecio. Todo lo que había vivido, su propia existencia, lo había empujado hacia ese destino. Estaba en el crepúsculo de su vida y realmente no le importaba vivir un año más o no. Su existencia había sido plena, había gozado y quizás era el mejor momento para reunirse con su madre, seguro que ella lo estaría esperando con los brazos abiertos.
Caminó por el cementerio, la luz de la luna iluminaba la escena, dotando todo con un halo de irrealidad. No había grillos en ese lugar, ni ningún rastro de insectos. Lo único que se oía era el sonido de sus pasos, pesados en el pavimento.
 Se detuvo ante una tumba, la contempló, embelesado trató de imaginarse cómo sería el fallecido que en esos instantes estaba cubierto de tierra y silencio, observó la fecha de enterramiento 1545 y su mente lo llevó al siglo XVI. Se preguntó si esa persona había sido víctima de la cólera o de alguna enfermedad endémica de esa época, se cuestionó si habría sido acusado de brujería y había hallado su destino final en las llamas de la hoguera, pensó en la Inquisición y las miles de víctimas causadas por un poder corrupto y entregado a creencias supersticiosas. Casi podía imaginarse el rostro del fallecido, un hombre joven, 16 años, alto, rubio, con ojos color musgo y pecas en la nariz, sonrió ante su imaginación y abandonó esa tumba.
Siguió paseando en el lugar, pero ya no sólo sentía sus pasos en el pavimento, detrás de él escuchaba el sonido de huesos golpeando la tierra. Se recriminó a sí mismo ese pensamiento, trató de darse la vuelta para encararse a ese sonido extraño, pero en el último instante siguió caminando, sin dirigir la vista atrás.
Se detuvo en la siguiente tumba, 1564, era de una mujer, por la riqueza del Mausoleo dedujo que era una persona de la nobleza, tenía alrededor de cincuenta años cuando murió, de cabellos blancos, tez cetrina, cubierta de arrugas, su cuello estaría decorado con ricas joyas y pulseras de oro macizo adornarían sus muñecas, sonrió ante ese pensamiento, no creía que hubiera muchas señoras que fueran enterradas con sus joyas de oro macizo con hijas y sobrinas en edad de heredar.
Se aventuró a seguir el recorrido, sus pasos resonaban en el pavimento, pero también los huesos golpeando el suelo y a esos sonidos se unió un tintineo de joyas. El corazón se detuvo en su pecho, una vez más tuvo la necesidad de girarse y, una vez más, decidió seguir caminando.
Sus pies lo llevaron hasta una pequeña tumba, pobremente decorada, 1573, García García Domínguez, edad 3 años. Su mente se figuró a un niño pequeño, frágil, enfermizo de nacimiento, tendría una pierna más larga que la otra y el cuerpo se estaba cayendo a trozos, la lepra lo había atrapado y nunca no lo había soltado. Podía imaginarlo jugando con un palo, golpeando las piedras y renqueando, quedándose sin aliento cada dos pasos. Ese pensamiento lo turbó, no podía soportar la idea de una muerte tan injusta y pobre.
Los huesos lo siguieron, también el tintineo de joyas, el sonido de un palo golpeando puertas y la respiración entrecortada se unieron a los sonidos que ya conocía.
No se detuvo, sus pasos lo condujeron hacia otro mausoleo, 1578, una madre primeriza y su hijo recién nacido. Pudo ver su rostro, cabello oscuro, ojos negros, el bebé no tenía nueve meses de gestación, había sido un parto prematuro con un final injusto. No tuvo necesidad de darse la vuelta en esta ocasión, escuchó el llanto de un niño pequeño y el arrullo de su madre, 13 años, demasiado joven para ser madre, demasiado joven para morir de forma tan cruel.
1765 rezaba la siguiente lápida. Leyó la inscripción y se figuró a un joven hermoso, criado entre algodones y víctima de neumonía. Vestía un traje de sacerdote, había sido un hombre de fe que se contagió al ir a cuidar a una familia, tres días después de estar con ellos, los cinco miembros habían muerto y él se imaginó que sus tumbas no estarían muy lejos de la del joven sacerdote.
Detrás de él al sonido de huesos, joyas, palo golpeando piedras, arrullo y llanto, se unió el de muchas toses, profundas, desgarradoras.
Ya no era dueño de sí mismo, recorrió cada rincón del cementerio, a su caminar se unieron las voces de los muertos, cada vez eran más. Sintió cómo sus pelos se ponían como escarpias al oír el debate de un grupo de investigadores paranormales que, como él, habían ido a averiguar cuánto de cierta era la leyenda del Cementerio Embrujado, aún así no se dio la vuelta para ver las filas de muertos que se habían agregado a su paseo.
Llegó a la última tumba, estaba recién cavada y supo que era la suya. Había llegado el momento de averiguar qué había al Otro Lado, se giró poco a poco, temeroso de lo que encontraría. Ante él desfilaron los rostros de todos los muertos que lo habían acompañado, se acercaron y le hablaron. Él sonrió, había descubierto que había al Otro Lado, pero ya no se lo podría contar nunca a nadie porque el Otro Lado lo había atrapado.
FIN

Y eso era todo, en fin, mi primer intento de terror y estoy satisfecha con el resultado, ¿qué os parece a vosotros? J


miércoles, 9 de julio de 2014

Hola lectores, J hoy en “Tejedora” me gustaría hacer una reflexión sobre la tolerancia. En nuestro mundo actual es un bien escaso pues la mayoría de la gente juzga a los demás por su aspecto, por su raza y un largo etc. Desde esta bitácora os animo a todos que practiquéis la tolerancia y tratéis de conocer a gente con puntos de vista que difieran de los vuestros, así os podéis permitir largas charlas y debates sumamente interesantes que enriquecerán vuestra vida.
Yo creo que la tolerancia es algo te todos deberíamos de practicar y, por esa razón, hoy os cuento la historia de Diana y de su descubrimiento de un local donde la tolerancia es la tónica general.
Diana y la tolerancia
Escuchó sus pasos resonar en el pavimento, en el silencio de la noche sólo ella caminaba por la ciudad, contemplándola en su grandeza. Al contrario que a sus amigas a Diana le gustaba salir por las noches a caminar por la ciudad, le gustaban las formas que hacían las luces de neón en el pavimento y las farolas de la ciudad, parpadeando con cada suspiro.
Ese día había salido a pasear para despejar la mente, su trabajo era exigente y a ella le gustaba hacer las cosas bien. Se encargaba de la administración de una gran compañía aérea.
La vida la había dotado con un amplio sentido del deber y una visión honesta de las personas. Ella nunca exageraba las virtudes o los defectos de los demás si lo podía evitar, le gustaba observar las cosas por sí misma, tomar notas mentales, descifrar los enigmas de cada ser humano que se cruzaba en su camino y guardarse ese conocimiento para sí. En el fondo, era una persona práctica, muy capaz de usar en su propio beneficio las virtudes y defectos que veía en los demás. Quizás por esa razón le gustaba pasear por la noche, descubrir rincones que por el día eran invisibles y después compartir ese conocimiento con sus allegados y amigos.


Ese día descubrió un local pequeño, parecía semioculto en una de las calles más transitadas de la ciudad, era una pequeña cafetería con aspecto tenebroso a la luz del crepúsculo, pero su curiosidad innata la llevó a abrir la gran puerta que la separaba del local.
Al entrar lo primero que le llamó la atención fue la variopinta variedad de personas que había en ese local: góticos, punk, pijos, hipsters, frikis… Había representación de todas las tribus urbanas que conocía y de alguna que para ella eran completamente desconocidas. Sin embargo, no fue eso lo que causo mayor asombro en Diana, sino el hecho de que cada tribu estaba mezclada con las demás, compartiendo chistes, haciendo bromas, hablando en tono jovial y disfrutando de su mutua compañía. Diana casi estuvo tentada de pellizcarse para averiguar si era todo producto de su imaginación o un refugio en donde no importaba demasiado quién eras o cómo eras, donde la tolerancia era la clave. Se acercó temerosa a una de las mesas, sus ojos grises se cruzaron con un ojo maquillado con khol negro y un piercing en la nariz, el desconocido le ofreció una silla a su lado y Diana la aceptó.
- Bienvenida. – La saludó el resto de la mesa y ella se sintió reconfortada. En ese lugar había pijos, punks, emos e incluso un rockero más cercano a la edad de sus padres que a la suya.
- Hola. – Dijo y se encogió, temiendo ser una intrusa en una máquina muy bien engranada.
- Soy Héctor.- Saludó el rockero. – Ellos son Daría, Mario, Kevin, Jessica, Iria, Jacobo, Joaquín y este pendejo de aquí. – Dijo señalando a un labrador sentado a su lado en la mesa. – Es Timmy, la mascota.
- Guau. – Saludó Timmy y le ofreció una pata, con incredulidad Diana se la cogió y la sacudió.
- Así que has llegado a nuestro refugio armonioso. – Dijo la Jessica, la pija. – Aquí no juzgamos a nadie por su color, estilo, ropa etc. Todos somos iguales y nos reunimos para hablar de temas de lo más variopinto, hoy discutíamos sobre política.
- Es un debate interesante.- Intervino Joaquín, el roquero. – Hay visiones de todo tipo.
- ¿Tú qué opinas de nuestros políticos? – Indagó Iria, rapera.
- Que todos son unos corruptos. – Afirmó Diana y, de pronto, se vio inmersa en un debate de lo más interesante con un grupo de personas a las que nunca había visto antes de ese día y cuyas opiniones diferían mucho entre sí. El debate se alargó cuatro horas y, al concluir, Iria, Joaquín, Kevin y ella se cogieron un taxi para ir a sus casas, pues estaban todas en la misma zona.
Diana se despidió de ellos con una sonrisa, pagó su parte de la carrera, subió en el ascensor hasta su piso de alquiler y pensó que, ciertamente, todavía era posible encontrar un lugar en donde la tolerancia existía.
Al tumbarse en su cama pensó que, al día siguiente, le diría a todos sus amigos y allegados su nuevo descubrimiento y, también, que la tolerancia era un bien escaso en la sociedad actual.
Fin


Y, hasta aquí, el “Tejedora” de hoy. ¿Qué opináis vosotros sobre la tolerancia?
     Hasta la semana que viene J


La hoja en blanco y la sonrisa de un extraño

La sonrisa de un extraño y la hoja en blanco. Era una mañana tormentosa, el cielo estaba encapotado y las nubes amenazaban con descargar c...