miércoles, 19 de diciembre de 2012

Dany, por fin, llega hasta Dariel, pero quizás es también el momento de una despedida o... tal vez no. Próxima semana, último capítulo de esta primera versión de "La Decisión"
Capítulo 6
            Al llegar a mi casa me encontraba muy feliz. La vida hasta ese momento siempre me había llevado de un lugar a otro, sin que yo fuera capaz de elegir un destino, sin tomar una decisión sobre el siguiente paso a seguir.  Me había dejado agobiar, me había sentido abrumada por todo lo que acontecía a mi alrededor y me había olvidado de la parte importante: “acuérdate de respirar”, me dije a mí misma. Durante el tiempo que estuve en rehabilitación, padeciendo dolores tremendos en la cicatriz que ahora me cubría de la clavícula al apéndice, me había repetido esa frase como un salmo. Con ella pretendía recordar lo cerca que estuve de morir y cada nueva respiración, era un milagro.
            Con el paso de los años me había olvidado de lo mágica qué había sido mi recuperación, estaba encerrada en mi propio caparazón y omití el prodigio de seguir existiendo. Me había dejado arrastrar a un pozo oscuro y frío, había permitido que me engullera y no me acordé de que ya había salido de ahí en una ocasión: de las tinieblas más opacas, de la soledad más absoluta; era una superviviente y no la figura trágica que siempre había creído ser.
            Superviviente.
Sí, más arañada, con más cicatrices, pero viva.
Cuando cerré la puerta de mi piso me puse a cantar mi canción favorita, lo hice con pasión, con felicidad.  La música me sedujo, me envolvió, la melodía se escapaba de mi boca y los acordes de la guitarra sonaban en mis oídos.  “Send me an angel”  siempre había sido mi favorita porque de pequeña, antes de Miguel, antes de todo lo malo, había sido una fiel creyente de los Ángeles de la Guarda.
Un aleteo me anunció la presencia de Dariel, me giré para observarle y le dediqué mi mejor sonrisa.
- Dariel.
- He oído que me cantabas.
- Es un regalo para ti Dariel,  quería darte las gracias.
- Es una hermosa canción.
- De pequeña tenía mucha fe en los Ángeles de la Guarda, rezaba todas las noches al mío.
Aprendí esta melodía en el colegio, mi profesora nos ponía canciones para enseñarnos inglés, cuando la escuché se convirtió en mi favorita. A veces, si  me sentía pequeña o sola, la cantaba para hacer sonreír a mi Ángel. – Confesé un tanto avergonzada por mis propias palabras. - Llevaba trece años sin hacerlo.
- Gracias.
- ¿Te he hecho sonreír, Dariel?
- Me has hecho sonreír, Daniela.
- Entonces ha cumplido su objetivo.
 No sé cómo agradecerte la oportunidad de cambiar una decisión, aún estoy barajando las opciones, pero empiezo a ir por el camino correcto.
- Lo sé, hoy te he vigilado de cerca.
- A veces resulta muy simple olvidar las cosas más sencillas. Cuando estaba en la rehabilitación el Doctor Pardo me obligaba a decir una frase todos los días…
- Acuérdate de respirar.-Dariel me contempló con sus insondables ojos verdes.
- Sí, me lo decía muchas veces a lo largo del día y respiraba profundamente, me sentía muy viva. En los últimos años he dejado de hacerlo, ni siquiera me he parado a pensar en cómo el cerebro manda una orden a las células que inician el proceso...
Es cotidiano y olvidamos que, en realidad, es un milagro.
- Últimamente hablas mucho de ese doctor.
- Te contaré un secreto, yo lo quería.
- No podías quererlo, era un completo desconocido para ti.
- No lo era, no para mí. En fin, tuvo que recolocarme todas las vísceras en su lugar, nunca nadie me tocó tan íntimamente.
- ¡Daniela  no bromes con algo tan serio!
- Sabes, bromear es lo mejor en esas situaciones absurdas. Tenía diecisiete años y mi novio me clavó un cuchillo de cocina desde la clavícula al apéndice, es ridículo si te paras a pensar en ello.  Esas cosas ocurren en las películas, no en la vida real.
- Me hubiera gustado ahorrarte el dolor, si hubiera estado en mis mano lo habría hecho.
- Da igual, ahora estás aquí.
- Él te quería, Dany. – Dariel se acercó a mí y me envolvió entre sus alas. – Habría dado todo por un minuto más contigo.
- No creo, aunque agradezco tu intención. – Sonreí a Dariel. -  Aún así, para mí,  el Doctor Pardo es mi superhéroe, no necesita una capa para volar pues tiene su bata blanca.
Al principio soñaba mucho con él.
- ¿Soñabas con él?
- A todas horas, lo llamaba una y otra vez.
- ¿Respondía a tus llamadas?
- A veces sí, venía y me daba su mano.
Yo no dejaba de buscarlo, ¿sabes?
- ¿Por qué no?
- Quería darle las gracias, pero nunca me salía la voz cuando lo tenía delante.
- Tal vez él ya lo sabía.
- A veces me frustraba, nunca veía su cara, apenas la recuerdo.
- Quizás no debas recordarla, puede que si lo haces te decepciones. No me lo imagino como un superhéroe, sino como un hombre común y corriente haciendo su trabajo.
- Me dio esta vida.
- Luchaste por ella.
- Sí, pero… se decepcionaría si me viera ahora.
- ¿Eso crees?
- ¿Tú no lo harías?
Mírame, he tirado dos años de mi vida a la basura. Me he encerrado tanto en mí misma que nadie podía pasar, ni siquiera yo.
- Eres una superviviente, no lo olvides… Sólo... acuérdate de respirar, Daniela.
- Dariel… ¿tú crees que podré verlo otra vez?
Me gustaría darle las gracias en persona.
- A lo mejor.
- ¿Está bien en el otro lado?
- ¿Si está bien?
Sí, ahora está dónde debe y con quién debe.
- Me alivia saberlo, Mónica a veces lo siente a su alrededor.
¿Crees que la está cuidando?
- Es probable.
- ¿Me cuidará a mí?
- ¿A ti? A ti… ¿tú qué piensas?
- No sé, me gustaría pensar que sí.
- ¿No estás segura?
- Es como si tuviera algo delante y no lo viera, es un retrato desdibujado como un espejo empañado al salir de la ducha.
Hay días en los que lo siento cerca y duele.
A veces se aleja de mí, lo que duele todavía más.
¿Tiene eso algún sentido?
- Más del que te imaginas, Daniela.
- En cualquier caso ahora no importa demasiado, la vida sigue y él… ya no está.
- Te quiero, Dany. – Susurró en mi oído.- Te he querido desde el primer momento...
- Gracias Dariel, yo también te quiero.- Le respondí. – Eres mi ángel.
Dariel me contempló detenidamente. – Hay ocasiones en las que no soporto estar cerca de ti, duele mucho. Me araña el corazón, me arranca las entrañas. Cada día  maldigo el no haber estado contigo hasta el final de la recuperación.  Quería dártelo todo, mi propia alma. Me devorabas con cada mirada, me arrancabas el corazón con cada sonrisa.  Te amaba, no te imaginas cuánto. Tú me perteneces, eres mía.
Esas veces me voy lejos, no puedo estar a tu lado.
Otras, sin embargo, sólo por mirarte soy capaz de soportar el dolor de estar cerca de ti. – Dariel se aproximó a mí, recorrió la cicatriz de mi clavícula con su dedo. – Esto te lo hice yo, esa señal es mía, un recuerdo constante de que viví, te encontré, te amé.
Te buscaba cada día, cada segundo. Me llamabas y acudía a ti, no podía dejarte, me negaba a hacerlo.
 Me convertí en tu Ángel sólo por verte cada día.
¿Piensas que dejé de cuidarte? ¿No estás segura de que haya estado a tu lado?
Lo estuve, todos los días desde el momento en que me convertí en un ángel de la guarda. No fui capaz de dejarte atrás,  me atrapaste, mi alma se quedó prendida a la tuya.
Soy enteramente tuyo.
Cuando dudabas, cuando tenías miedo, cuando amaste, cuando odiaste, cuando me maldijiste por haberte abandonado…  
Todos esos momentos he estado a tu lado y te tendí mi mano, pero tú no la viste.
Mírame, estoy aquí, llevo trece años aquí y no me pienso ir a ninguna parte.
- ¿Doctor Pardo? – De pronto su imagen regresó a mi mente con toda claridad. Reconocía ese color de ojos, los hoyuelos, la sonrisa ladeada que me estaba dedicando,  por un instante el descubrimiento me dejó aturdida, después le acaricié la mejilla para asegurarme de que era real.
- Darío.- Dariel me sonrió. – Para ti siempre he sido Darío.
- ¿Eres mi ángel de la guarda?
- Lo soy.
- ¿Por qué no me lo dijiste al principio?
- Nos prohíben revelar nuestra identidad.
- ¿Por qué lo has hecho ahora?
- Por ti, siempre me salto las reglas por ti.
- ¿Eres real?
- Tan real como puede ser un Ángel de la Guarda.
- No lo entiendo, ¿por qué ahora?
- No pude soportarlo más, te estabas destrozando la vida.
Yo te he dado esa vida, he sido yo, no tienes derecho a tirarla a la basura sólo porque las cosas no son tan fáciles como a ti te gustaría.
Y no te he mentido, Dany, te amo. Te amo como no te imaginas, eres increíble, una superviviente.  
Sólo fui consciente de ello con mi muerte, lo cual resulta absurdo si te paras a pensar en ello. Conozco a la mujer de mi vida y no me doy cuenta hasta que me dan un par de bonitas alas blancas.
- ¿Me amas? ¿A mí? ¿Por qué?
- No lo sé, el  sentimiento lleva tanto tiempo arraigado en mi corazón que ni  siquiera sé cuándo empezó o por qué. Podría ser ayer, podría ser ese soleado 15 de septiembre en mi mesa de operaciones.
 Forma parte de mí y no me abandonó, ni siquiera, cuando intentaron reanimarme en el hospital. Me aferraba a ti desesperada y dolorosamente. Buscaba tu imagen entre mis recuerdos, la primera vez que te vi en mi mesa de operaciones, la forma en la cual te agarrabas a la vida, no la soltabas, no le permitiste a la muerte ganarte ni un ápice y, sobre todo, tu sonrisa cuando despertaste tras cuatro días en la UCI. Tu imagen se tejía a mi alrededor, me envolvía. Cuando dejé de respirar, en ese preciso instante, te fui a buscar.
Al principio no te encontré, pero entonces me llamaste, me trajiste de vuelta.
Todo se volvió de color otra vez, me aparecieron un par de alas blancas y me encomendaron cuidarte.
El vínculo que compartisteis en vida es muy fuerte, no te podemos desligar de ella, serás su Ángel de la Guarda.  Sólo hay cuatro normas.
1)      No le digas quién eres.
2)      No la ames.
3)      No te hagas corpóreo ante ella.
4)      Nunca le ofrezcas la oportunidad de cambiar una decisión de su vida porque un ligero cambio puede afectar a la vida de muchos.
Los primeros once años fue fácil, no me acerqué a ti, no te ame, no me hice corpóreo y nunca te ofrecí la oportunidad de elegir cambiar una decisión de tu vida. Entonces caíste en una espiral de destrucción, cada día la muerte te rozaba y no pude seguir soportándolo.
Yo te regalé tu vida y no quería que te la arrebataran.
Me acerqué de forma progresiva, hace dos días rompí todas las reglas.
¿Qué quieres cambiar, Dany? ¿Qué puedo hacer para ayudarte?
Ya deben saber la verdad y me quitarán las alas, déjame darte una última oportunidad antes de irme para siempre.
- Nada, no quiero cambiar nada. – Me aproximé a él y lo besé en la boca. – Te tengo, por fin te he podido atrapar. Gracias Darío por darme la vida,  gracias por salvarme.  Gracias, no podré pagar nunca lo que hiciste por mí. Me colocaste de nuevo en la vida, me empujaste a lo largo del camino, me sostuviste cuando tuve miedo.
Te amo, te amé desde el instante mismo colocaste mis vísceras en mi interior. – Bromeé. –  Y perdóname, no quería decepcionarte.
- No lo has hecho.
- Los dos últimos años de mi vida no han sido precisamente brillantes.
- Ahora lo serán.
- Me tengo que ir.
- ¿A dónde?
- A enfrentarme a mis superiores. – Darío me acarició la mejilla con ternura, después me besó apasionadamente. Al separarse de mí arrancó una pluma blanca de sus alas y me la tendió. - ¿Me recordarás?
- Nunca podría olvidarte.
- Gracias, Dany.
- ¿Por qué?
- Por salvarme. – Susurró antes de abandonarme con un aleteo.

miércoles, 12 de diciembre de 2012

Ya nos estamos acercando al final de esta primera versión de "La decisión", espero que lo que habéis leído hasta ahora os haya gustado y que esta primera versión no os decepcione. Aunque todavía faltan dos versiones más y de las tres podéis elegir vuestro final preferido.
Daniela se enfrenta hoy a un nuevo reto en su vida, sin saber que cada día se está acercando más a su Ángel de la Guarda.

Capítulo 5
A las cuatro, mi hermana y mi padre regresaron a la tienda a trabajar. Yo cogí mis llaves, fui hasta casa, busqué la carpeta de mi tesis doctoral y con ella me encaminé hacia la Universidad. Mi profesora estaba recibiendo en su despacho a otro alumno, era de primero y lo vi tan asustado cómo lo estaba yo el primer día. Una tenue sonrisa iluminó mi rostro, los recuerdos afloraban ahora con facilidad. Los había estado reprimiendo en lo más profundo de mi ser durante años y dejarlos salir era, en cierto modo, liberador.
La profesora Mónica Barba me invitó a entrar. Su rostro se transformó en cuánto crucé la puerta y caminé hacia ella.
- Siento el retraso. – Le dije con una sonrisa. –Estaba un poco perdida, pero me he encontrado. Ten, este es el trabajo de los primeros meses. Me gustaría volver a empezar, he pensando en cambiar el tema de mi tesis.
- Imaginé que nunca más volvería a verte, Dany.
- Yo, por un momento, también.
- ¿Qué te hizo cambiar de opinión?
- El Doctor Pardo.
- Darío. – Ella me miró, me sonrió con cariño. – Te acabó inspirando, ¿no es cierto?
- Me cambió la vida, aunque no me di cuenta hasta ahora.- Le sonreí. - ¿Piensas a menudo en él?
- Casi todos los días. – Mónica me sonrió. – Soy feliz con mi marido y con mis hijos, pero una vez estuve a punto de convertirme en su esposa.
Te sonará raro, pero en ocasiones lo siento cerca, como si me protegiera.
- Mónica, si… pongamos por caso, un ángel se te apareciera y te diera oportunidad de cambiar alguna decisión de tu vida… ¿lo harías?
- Ni loca.
Estoy feliz con mi vida, perder a Darío fue terrible, me dejó desolada y cuando pensé que nada me ayudaría a superar el trauma apareciste tú.  Con esa cicatriz que ahora luces, con el rostro descompuesto de dolor, aún pálida después de salir del hospital y me diste las gracias, ¡a mí!, porque mi prometido salvó tu vida.
No te imaginas cómo me sentí de orgullosa y feliz porque él había hecho algo por ti, tan pequeña, frágil, perdida y, ¡tan viva, gracias a él!
Lo amé más y me pude despedir de su recuerdo gracias a ti.
Mi felicidad aumentó el día que entraste en mi aula, aún frágil y asustada, pero con ganas de dedicarte a lo mismo que nosotros y todavía más cuando terminaste la Universidad y aprobaste el MIR. Luego me pediste que dirigiera tu tesis y aquí estamos trece años después.
- Voy a recuperar mi trabajo en el hospital, Mónica. – Afirmé.- Se lo debo.
- Desde luego que sí, eres una gran doctora y me niego a que se pierda tu talento. ¿Vas a renunciar a hacer la tesis entonces?
- Compatibilizaré las dos cosas, me llevará más, pero lo haré.
- Se sentiría orgulloso de ti, tanto como me siento yo.-Mónica se incorporó, caminó hacia mí y me abrazó con fuerza. – Has vuelto, esta es la jovencita que le obsesionaba día y noche, la adolescente que peleó cual titán por volver al mundo de los vivos, eres un poquito de él y eso me hace feliz.
- Te odié un poquito cuando te vi, ¿sabes? – Le dije con una sonrisa. – Me volví loca por el doctor Pardo, pensé en declararme y todo… - Confesé avergonzada.
-¡Chiquilla sinvergüenza! – Contestó ella y me besó en la mejilla. – No tiene sentido que le sigas llamando doctor Pardo, a él le habría gustado que le llamases Darío.
- Me habría encantado que fuera mi profesor en la Universidad, así os tendría a los dos y seguiría amándolo en secreto, por supuesto. – Bromeé. – Le debo la vida y nunca podré agradecérselo…
- Lo hiciste, sobreviste.
- Sí, sobreviví.
Ayer fui a ver a Miguel. – Confesé.
            - ¿Por qué?
            - Necesitaba enterrar el pasado, aunque parezca extraño me sirvió de mucho. Él está bien, ahora no parece el mismo y lo superará. Tiene mucho que aprender. Yo tardé trece años, quizás a él le cueste más. No deseo volver a verlo, aunque me gustaría saber si se recupera.
            Por eso quiero cambiar mi tesis, afrontarla desde la perspectiva del enfermo y no del doctor. En el ala de psiquiatría hay muchas personas con un trastorno de personalidad, no quiero incluir a Miguel en mi trabajo porque lo haría subjetivo, pero me gustaría tener a otros en su misma situación.
            Tal vez así también ayudaré a víctimas como yo a comprender sus motivaciones, sus impulsos.
- Es un reto interesante, me apunto. – Mónica me miró. – Sin embargo, no creo que debas afrontar esas entrevistas tú sola.
- Ya lo había pensado, pero tengo la suerte de conocer a la mejor experta de psiquiatría de la Uni, tal vez ella quiera cooperar conmigo.
- Dalo por seguro, esta experta estará encantada en echarte una mano.
- Gracias.
- Deberías acercarte al hospital ahora mismo.
- Ya lo había pensado, hoy estoy de excelente humor y me gustará ver a la gente.
- Aprovecha este último mes de excedencia porque una vez que te reincorpores al hospital volverás a tener guardias interminables, operaciones imposibles y muchísimo estrés.
- Un poco de estrés no viene mal, tener demasiado tiempo para pensar es un error de cálculo inmenso.
- Sí, tienes razón. ¿Cuándo empezaremos con tu nueva tesis?
- ¿Qué tal mañana?
- Perfecto, tengo de cinco a siete dos horas libres, buscaremos en la biblioteca los libros sobre trastornos de personalidad que haya, después elegiremos los mejores y nos pondremos las pilas.
- Hecho. Hasta mañana, Mónica.
- Hasta mañana, Dany.
Tras salir del despacho de Mónica me dirigí al hospital, caminé hacia la dirección. Llamé a la puerta y el director me recibió con una sonrisa.
- Daniela, me alegro de verte.
- Buenas tardes, Doctor Martínez. Venía a hablar de mi excedencia.
- Te escucho.
- Quiero volver a trabajar aquí, sé que durante estos dos años he estado alejada, pero me gustaría mucho reincorporarme a mi plaza.
- Menos mal. – El doctor Martínez me sonrió. – Admito que no verte durante tanto tiempo me ha llevado a pensar que ibas a abandonar la profesión.
- Estuve a punto de hacerlo, pero el sentido común me dice que se lo debo a este hospital y al Doctor Pardo.
- Fue un excelente médico, luchó por tu vida incluso cuando todos los demás daban por hecho tu fallecimiento.
- Sí, lo sé.
- ¿Cuándo te reincorporas?
- En un mes como estaba previsto, he decidido avanzar un poco más en mi tesis doctoral ahora antes de volver al horario de urgencias.
- ¿Deseas el horario de urgencias otra vez?
- Sí.
- Te resultaba muy duro.
- Antes tal vez, ahora ya no me afectará. Quizás tenga la ocasión de hacer por otra persona lo que hicieron por mí.
-  El doctor Martínez se incorporó de su silla y caminó hacia mí, me rodeó en un abrazo. – Eres una excelente médico y estoy seguro de que salvarás muchas vidas.
- Lo intentaré, se lo prometo.
- De acuerdo, te veo en un mes.
            - Gracias por su comprensión.
            - Tú eres parte de este hospital desde hace trece años, fuiste nuestro milagro. Verte todos los días hará que recordemos por qué nos apasiona la profesión.
            - Tras despedirme de  mi jefe decidí acercarme por urgencias. Al entrar por la puerta principal la mayoría de mis compañeros vinieron a saludarme y sentí que formaba parte de algo por primera vez en trece años.
            Ya no veía mi vida desde las gradas, había bajado al campo y estaba dispuesta a jugar el partido y ganar.

jueves, 6 de diciembre de 2012

Nuevo capítulo, Daniela sigue reuniendo datos para decidir si cambiará alguna decisión de su vida o se quedará como está. En esta ocasión, es su padre, quien le da un consejo.

Capítulo 4
Al día siguiente me desperté de buen humor, escuché unos pajarillos en mi ventana y la abrí para contemplarlos de cerca. Los dos eran unos tórtolos y habían montado su nido en la esquina más alejada de mi ventana. Estaban cantando a dúo, lo que me enterneció. Tras observarlos durante un rato me dirigí a la ducha, allí me puse a tararear mi canción favorita mientras recordaba los dos últimos días de mi vida.
Habían sido  muy raros, pero un ángel de la guarda me había caído del cielo para salvarme, lo cual hizo que me sintiera extremadamente agradecida. Pensé en las veces que lo maldije después de todo lo malo. Había pasado muchísimo miedo mientras me recuperaba, llegó un punto en el cual me imaginaba a Miguel entrando por la puerta de mi habitación del hospital y rematando el trabajo que había empezado. Durante más de cinco años había convivido con pesadillas todos los días, todas acababan igual, conmigo en un ataúd en la parte más oscura del cementerio. Después de varios psiquiatras y de tomarme un montón de tratamiento logré recuperarme más o menos y opté por hacer medicina. Estaba muy motivada con lo cual acabé terminando la carrera en un tiempo record, con unas notas excelentes y aprobando el MIR rápido.
Con el paso del tiempo, imagino que debía hacerlo para seguir adelante. En ningún momento había superado el temor a Miguel o a la cicatriz de mi clavícula al apéndice. Me había aferrado a los libros como si fueran una tabla de salvación, había dedicado cada minuto del día a estudiar para no pensar y llegué a creer que lo había superado, sin embargo no fue así. Ahora lo sé.
Normalmente debajo del agua me ocurre una cosa curiosísima, me da por pensar profundamente y mi mente abre nuevos caminos, nuevas puertas. En esa ocasión se me ocurrió que, quizás, no era a mi ex a quien debía visitar, sino a mi tutor del Doctorado y a mi ex mejor amiga.
Salí recién duchada, entré en la cocina de mi casa y mi maravillosa hermana mayor estaba haciendo tortitas. Mi estómago rugió con furia al olerlas.
- Se me antojaron tortitas. – Me explicó con una sonrisa. – Cada vez que sufro un embarazo me da por una cosa diferente, con Matías me pasé días enteros consumiendo guindillas, así me salió de travieso. – Sonrió orgullosa. – Con Mariana me apetecía chocolate y por eso es tan dulce.
- Mi ahijado o ahijada promete ser dulce, ¿no?
- No estés tan segura, también quiero consumir salsa barbacoa a todas horas.-Mi hermana se acarició el abdomen. – Me va a salir como su madrina, lo estoy viendo.
- ¿Y eso cómo sería?
- Un poco de ambos.
¿Recuerdas cuando llenaste las botas de caza del abuelo de nata montada?
- ¡No podría olvidarlo nunca! – Reí. – Pensé que me reñiría, pero se limitó a decirme lo cómodas que le habían resultado las botas todas embadurnadas.
- Y luego está la semana que te pasaste con él visitando el pueblo de su infancia, le hacía mucha ilusión y la única que decidió acompañarlo fuiste tú.
- Claro que sí, merecía verlo otra vez. – Me encogí de hombros.
- Lo dicho, un poco de ambos.
- Diana voy a ir a ver a mi profesora de la tesis, es hora hincar los codos.
- Es una decisión sabia y después…
- Lo he pensado mucho y… voy a solicitar otra vez mi plaza en el hospital, mi excedencia de dos años acaba el mes que viene, había pensado en renunciar a mi puesto y dedicarme a otras cosas, pero quiero salvar vidas. Haré el doctorado al mismo tiempo, ¿por qué me miras así?
- El trabajo en el hospital te amargaba la vida, hermanita. No quiero volver a verte en ese estado.
- Eso era porque aún no estaba preparada, ahora es diferente. Quiero cambiar y para empezar he pensado en salvar a otros. Mi vida se la debo a un médico y deseo honrar su memoria.
- ¿Puedo decírselo yo a papá? – Me preguntó con una sonrisa. – Quiero ver su cara.
- Claro.
- Vamos a su oficina.
- ¿Ahora?
- Después del desayuno.
- Vale.
- Cuarenta y cinco minutos después entramos en la oficina de nuestro padre. Él estaba frente a un escritorio atestado de libros.
- ¡Mis niñas! – Dijo, después vino hacia nosotras y nos sonrió. - ¿A qué debo el honor?
- Es por Dany, papá.
- ¿Estás embarazada? – Me preguntó desconfiado.
- ¡Claro que no! – Protesté yo. - ¡Cómo si no tuviera otras cosas más importantes qué hacer que complicarme la vida con un hombre, yo ya tuve mi ración de ellos! Esto… hm… perdón por la parte que te toca, tú, los abuelos y los tíos estáis excluidos.
- Es un alivio.-Mi padre me sonrió de medio lado.
- ¡Volverá a ejercer el mes que viene! – Gritó mi hermana entusiasmada. – Oficialmente, la Doctora Daniela Dolores Vidal Vega volverá a sanar a los enfermos.
- El rostro de mi padre se transfiguró de sorpresa a alegría en una décima de segundo, no me dio tiempo a seguir observándolo porque me rodeó entre sus brazos y me apretó con fuerza.
- Me alegro.- Mi padre me sonrió. – Tu madre me advirtió lo mucho que habías cambiado, me daba miedo creerla pero… es cierto.
- Sí. – Contemplé el rostro sereno de mi padre, tenía sesenta y siete años pero aún no se había retirado. Era el dueño de una tienda de comestibles, mi hermana sería la siguiente en heredarla. Era el negocio familiar, todos nosotros lo cuidábamos y respetábamos. Había momentos en los cuales era muy difícil sobrevivir entre tantos competidores, pero el cariño y el afán de seguir haciendo las cosas bien habían logrado darnos cierta estabilidad, incluso en las épocas más duras. – Papá, si pudieras cambiar alguna decisión de tu vida, ¿lo harías?
- Imaginaba que me llegaría también el momento. – Mi padre me dedicó una mirada cargada de afecto.- Ya me contó tu madre lo del ángel.
Yo sí cambiaría algo, el día en el cual colgaste tu bata para pasar los dos siguientes años sobreviviendo a tu manera, pero sin realizarte. Cariño, eres una excelente médica y salvar a otros es la vocación de tu vida.
Tú eres un milagro, mi milagro, y quiero que otros puedan sentirse tan felices como yo el día que saliste del hospital.
Tú luchaste por tu vida y por eso debes luchar por la de otros, nunca te rendirás, ni cuando todos los médicos den por imposible la salvación del paciente, justo como hizo el doctor Pardo.


- Tienes razón, no me rendiré jamás. Sé lo dura que debió de ser mi operación, iba con prácticamente todos los órganos fuera y aún así, dio todo por salvarme. Soy más consciente ahora de lo difícil que debió de ser el proceso, lo complicado de hacer las puntadas tan bien para disimular un poco la cicatriz, tenía manos de artista. – Afirmé señalando mi herida pues era el segundo día que no la cubría con camisetas cerradas. – Es un motivo de orgullo, salí indemne de esa… bueno, no del todo, pero casi.
- Esa es la actitud. – Afirmó mi padre. - ¿Y si me llevó a comer a mis dos preciosas hijas a las dos de la tarde?
- Tu hija mayor se apunta. – Aseguró Diana.
- Y la pequeña estará encantada. – Concluí yo. – Hoy voy a ayudar un poquito con la tienda.- Dije. - ¡Vamos no me miréis así!
Sabéis que soy capaz de trabajar como vosotros, todos los veranos los he pasado en esta tienda, a vuestro lado.
- ¿Puede tu cansada hermana mayor dejar el negocio hoy en tus manos? Hay unas cuantas cosas que me gustaría hacer.
- O.k. Todo controlado. – Me arrimé a mi padre.- Vamos, señor Vidal no tenemos todo el día.
- A sus órdenes, mi sargento. – Bromeó mi padre, después los dos nos encaminamos a la tienda y abrimos la puerta.





La mañana la pasamos muy entretenidos. Todos los clientes, los cuales llevaban toda la vida viniendo a la tienda, me hablaron con cariño. Muchos me preguntaron cómo iba mi Doctorado, otros cuándo iba a volver al hospital porque ya estaban hartos de médicos aburridos, la mitad de ellos no le dieron la menor importancia a mi cicatriz, no la miraron con desprecio y no hicieron preguntas incómodas sobre ella. Todos en la ciudad lo sabían, cómo mi primer novio había intentado segar mi vida en un soleado día 15 de septiembre.
A las dos de la tarde apenas podía creer cómo había pasado la mañana. Era reconfortante no haber estado bebiendo todo el día tirada en mi sofá, era liberador no sentirme pérdida o vacía.
Cuando mi hermana apareció para recogernos los tres caminamos hasta nuestro restaurante favorito de la ciudad. Comimos juntos, hablamos de nuestra vida, de las novedades, de viejas historias, de antiguas anécdotas, de bromas, de risas…
Era como si todo hubiera empezado a encajar de nuevo, había estado en la parte más profunda del túnel. Había pasado años allí metida, sin fuerza para salir adelante, sin ganas ni siquiera para tratar de alcanzar la salida. Encerrada en la parte más negra de mi persona no había sido capaz de ver lo qué me rodeaba. A mi familia, a mis amigos, personas que habían influido de forma negativa o positiva en mi vida. Había estado tan aferrada a mi propia oscuridad que había dejado de ver las tenues luces que intentaban traerme de vuelta. 

La hoja en blanco y la sonrisa de un extraño

La sonrisa de un extraño y la hoja en blanco. Era una mañana tormentosa, el cielo estaba encapotado y las nubes amenazaban con descargar c...