lunes, 29 de abril de 2013

Ha llegado el momento de explorar la tercera versión de "La Decisión", en esta aparecen personajes nuevos, pero Daniela sigue siendo la protagonista que se debate entre sus deseos y sus obligaciones. Una vez terminada esta versión podéis decidir cuál os gusta más. Yo tengo muy claro cuál es mi favorita.
 Capítulo 1
- ¿Estoy muerta o estoy borracha? – Indagué al verlo aparecer de la nada. Ocurrió en un instante, oí un estruendo y lo vi: alto, delgado, pelo negro coronado con una aureola plateada. No supe determinar su edad  ya que sus facciones eran de un hombre en la treintena, pero sus ojos hablaban de años de sabiduría. Me quedé pasmada y sin pronunciar ni una sola palabra. Se me quedó mirando con infinita paciencia, una expresión pétrea de quién ha vivido la misma experiencia miles de veces. Después caminó hacia mí, me tendió la mano y me sonrió.
- Un poco de los dos.
            - ¿De dónde has salido? – Conseguí preguntarle tras diez minutos de silencio.
            - Del cielo, soy tu Ángel de la Guarda, mi nombre es Dariel.
            -¿Mi Ángel de la Guarda?
            - He venido para ofrecerte la posibilidad de cambiar una de las decisiones que  has tomado en tu vida.
- Cuando me ofreció la posibilidad lo primero que pensé fue ¿Cuál?
Me había equivocado al menos unas cien veces y entonces me reí, no lo pude evitar.       
            Ya sé que reírte de tu Ángel de la Guarda, cuando por fin toma la decisión de hacerse corpóreo y concederte un deseo, no es lo más sensato del mundo. Porque, no nos engañemos, nuestros Ángeles guardianes son los que se ocupan de que no nos caigamos, de que nuestros padres no nos pillen en nuestras mentirijillas...
 Mucho trabajo, muy poca compensación.    Lo único que reciben por su atención cuidadosa es una pequeña oración y no demasiado inspirada. “Ángel de la Guarda, dulce compañía, no me dejes sola ni de noche ni de día que me perdería”. Nada de gracias por escucharnos, nada de te mereces unas vacaciones, ni tan siquiera un por favor.
            Me reí tanto que la mandíbula se me desencajó, él me observó con su rostro impasible. Como mi ataque de hilaridad no cesaba, agitó sus alas con enfado, susurró un “ya me lo dirás cuando lo pienses” y del mismo modo que apareció, se desvaneció.
            Al verlo marchar me arrepentí un poco de mi actuación pues no creo que sea fácil, para un Ángel, tomar la decisión de hacerse corpóreo y conceder un deseo a su protegido. Lo que es más,  debe doler bajar del cielo para escuchar las peticiones de una desagradecida o desagradecido humano.
Entonces se me ocurrió que, probablemente, el Ángel ni siquiera era real sólo un producto de mi imaginación embotada por culpa del estrés y, algo también tendrían que ver, los veinte cócteles que había consumido desde por la mañana entre margaritas y daiquiris de plátano.  Sé que el alcohol no es la solución, pero ese día me pareció muy sensato beber hasta desmayarme.
            Cuando desperté a la mañana siguiente tenía un dolor de cabeza infernal, el estómago en un nudo y la mente en otra dimensión.  Caminé hacia la ducha, me metí bajo el chorro de agua caliente y pensé que no me importaría que mi Ángel de la guarda se me apareciese otra vez.
            En fin, como mi mente alcohólica lo que había imaginado estaba bastante bueno. Ojos verdes, hoyuelos en la mejilla, pelo negro, pecas en la nariz, hombros anchos, cintura estrecha, reloj de bolsillo con una cadena de plata, pantalón vaquero ajustado, camisa blanca y chupa de cuero.
            En esas divagaciones estaba cuando el teléfono de mi casa comenzó a sonar. Así pues salí desnuda de la bañera, corrí por mi destartalado apartamento hasta llegar al teléfono, era mi hermana recordándome que esa mañana era el bautizo de mi ahijada. Yo lo sabía, pero Diana me conocía lo bastante bien como para saber que, tras una bronca monumental con mi jefe, y novio, siempre bebía alcohol hasta caer desmayada. La del día anterior había sido de las peores.
            Normalmente Héctor era un tipo bastante sano, con la mente brillante, grandes ideas, muchos proyectos y poco tiempo.
            Tras asegurarle que estaría a tiempo  corrí hacia mi habitación, me maquillé, elegí el vestido para el bautizo y salí corriendo a la Iglesia.  Al llegar vi a mi hermana y a mi cuñado, en sus brazos iba la pequeña Gracia, muy pelirroja. Sus hermanitos se estaban disputando su atención, pero Gracia sólo tenía ojos para su papá.
            Entramos en la Iglesia, asistimos al bautizo y, después, nos fuimos a celebrarlo con la familia en un pequeño restaurante que mi hermana y cuñado habían elegido. La pequeña Gracia quedó dormida profundamente, no lloró durante toda la mañana. Estaba terminando el postre cuando sonó mi teléfono. Lo cogí y al ver que me llamaba Héctor decidí no cogerlo. Mi día había sido espléndido y no tenía intención de dejarme llevar a otra discusión sin sentido. Al día siguiente tenía trabajo en el hospital y lo vería, así pues, opté por ignorarlo. Hay ocasiones en las que una chica tiene que hacer lo que tiene que hacer.
            Al llegar a mi casa me metí en la ducha. Empecé a tararear mi canción favorita mientras me enjabonaba y recordé la ceremonia del bautizo. La pequeña Gracia era un sol y yo me sentía una madrina muy orgullosa.
            Al salir de la ducha fui hacia el salón, puse la televisión y me quedé dormida durante un buen rato. Un aleteo suave me arrancó de mi sueño, abrí mis ojos y me lo encontré de nuevo frente a mí.
            - Vuelvo a tener el sueño del Ángel.- Susurré. – Bueno, cosas más raras me han ocurrido.
            - No estás soñando. – Aseveró él. – Te lo he dicho, soy tu Ángel de la Guarda, y me llamó Dariel.
            - No existen tal cosa como  Ángeles de la Guarda. Soy médico, lo sé.
            - Como puedes observar, soy real.- Dijo aproximándose a mí y me pellizcó el brazo.
            - ¡Ay, eso ha dolido! – Protesté.
            - Es para demostrarte que no estás dormida, Daniela.
            - ¿Eres mi Ángel de la Guarda?
            - Lo soy.
            - ¿Y no llegas con un poco de retraso?
Hace trece años que mi ex trató de matarme, en aquel momento no te presentaste ante mí y ahora es un poco tarde, ¿no crees? – Dije, aún incrédula, pero decidida a creerlo. Al fin y al cabo, todos necesitamos un Ángel de vez en cuando.
            - Entonces yo no era tu Ángel de la Guarda.
            - ¿Ah no?
            - Me asignaron a ti hace trece años, meses después de ese acontecimiento.
            - ¿Y mi Ángel de entonces te explicó por qué no me ayudó?
            - En realidad es mejor que nadie sepa que he venido, hay una norma que impide a los Ángeles visitar a sus protegidos.
            - ¿Y por qué estás aquí?
            - Quiero ayudarte, Daniela.
            - Te lo agradezco, pero la vida me va bien. Tengo novio, un trabajo, una ahijada y he aprobado mi tesis doctoral.
            - Sin embargo no eres feliz.
            - ¿No soy feliz?
Supongo que no, pero, ¿acaso hay alguien completamente feliz?
            - ¿Completamente?, quizás no, pero sí felices. Tú ni siquiera lo eres un poco. Estás acostumbrada a ver la parte negativa de las cosas y eres incapaz de encontrar factores positivos.
            Ahí entro yo.
            Tengo poder para cambiar una de las decisiones de tu vida, piensa bien cuál quieres, porque la decisión de uno puede cambiar la vida de muchos.
            - ¿De verdad me vas a conceder esa oportunidad?
Entonces déjame pensarlo bien, hay varias cosas que podría elegir… ¿de cuánto tiempo dispongo para decidirme?
            - Dos semanas. No puedo concederte más porque los Altos Mandos del Cielo podrían enterarse y yo me quedaría sin alas. Como te he dicho, estoy saltándome unas cuantas normas al venir aquí.
            - ¿Por qué lo haces?
            - Por ti, Daniela. Siempre lo hago por ti. – Dijo y tal como vino, se marchó.
Yo me quedé en silencio, me pellizqué unas cuantas veces más para probar si realmente estaba despierta o dormida, al ver cómo mi piel se enrojecía, decidí creer en Dariel, en los Ángeles de la Guarda y en cómo una decisión mía podía cambiar la vida de muchos.
Imaginaba que mi destino no influiría de ningún modo en el de otras personas. Cada uno somos dueños de nuestra propia identidad, de nuestra propia vida. La gente que se cruza en nuestro camino son simples paradas, pero no cambian lo que somos o lo seremos.
Estamos definidos por nuestra propia individualidad, o eso solía creer yo. Quizás, no era muy sensato pensar de ese modo, menos aún si tenemos en cuenta que yo había sido víctima de otra persona. Yo había sido la diana de mi ex, trece años atrás.
La historia de mi vida estaba definida por un día quince de septiembre. Cuatro días antes había roto con mi novio, Miguel. Para ser honesta no recuerdo el motivo real  o la razón que me había empujado a alejarme de él. A veces pienso que una pequeña parte de mí intuía algo malo.
Ese día me desperté de buen humor. Llevaba tanto tiempo con Miguel antes de la ruptura que apenas recordaba cómo me sentía estando sola. La libertad, poder hacer cosas con mi familia y mis amigos sin dar explicaciones, sin tener discusiones a causa de los celos. Incluso mi hermana Diana parecía feliz, a ella nunca le había gustado Miguel.
Estaba en los últimos meses de curso, a punto de hacer mi examen de selectividad y elegir una profesión para mi futuro. Por aquel entonces deseaba ser ingeniera informática, pero la vida se interpuso entre mí y ese sueño.
Llamaron a la puerta, abrí sin mirar y me encontré a Miguel frente a mí. En un primer momento no vi el cuchillo que llevaba en su mano, sólo la ira dibujada en su rostro. Le pregunté qué ocurría, pero no fui consciente de su respuesta.
Sentí el filo atravesándome la clavícula, cómo bajaba hasta mi abdomen y el dolor atravesó todo mi cuerpo. Noté cómo mis piernas desfallecían, caí al suelo, lo miré aterrorizada y cerré los ojos al ver cómo levantaba nuevamente la mano para volver a atravesarme el cuerpo.
El golpe nunca llegó.
Mi hermana Diana había ido a la puerta y al ver a Miguel atacándome le arrancó el cuchillo de las manos, se lo clavó en el pecho y empezó a gritar. Los vecinos salieron de su casa, horrorizados, contemplaron el espectáculo dantesco que ofrecíamos.
Eso es lo último que recuerdo.
 Luego el vacío, el silencio, el terror, horas y horas en blanco. De algún modo percibí cómo mi cuerpo se iba a otra parte, entre sueños recuerdo unos ojos aguamarina y un cabello rojo como el fuego.
Después, el olor a desinfectante del hospital, unas manos cálidas acariciándome la mejilla y los ojos más verdes del mundo mirándome con ternura.
La primera vez que vi a mi doctor, Darío Pardo, me recordó a un Ángel. Su bata blanca delataba su condición, al mirarlo le sonreí; no lo pude evitar. Él me había salvado y yo me sentí en deuda con él, una que nunca he podido pagar. Pues murió poco después en un accidente por culpa de un borracho.
            Pensé en él, y, comprendí que me haría un nuevo favor.





lunes, 22 de abril de 2013

Capítulo final de la segunda versión, ya estoy trabajando en la tercera y de las tres podréis elegir la qué más os guste. Hasta la próxima semana
Capítulo 7
Llegué al hospital horas antes de mi turno. Al entrar me dirigí directamente a los vestuarios, me puse mi bata de médico, mis zuecos y caminé hacia la sala de personal.
- Hola, princesa. Llegas muy  temprano, ¿no?
- Hola jefe, sé que tienes un par de horas libres y quiero hablar contigo.- Le dije. Él me miró fijamente, después cogió sus cosas y juntos fuimos a una cafetería que estaba a diez minutos del hospital.
Nos sentamos, ordenamos café y él esperó a que yo hablara. Le dediqué una sonrisa. – No es nada malo, Darío.
Quiero que sepas que fui  a ver a Miguel.
- ¿Qué has hecho qué? ¿En qué coño estabas pensando, Dany?
- No te enfades conmigo, Darío.
- ¿Qué no me enfade contigo? ¿Estás de coña?
Has ido a ver al hijo de puta que casi te mata, te lo recuerdo, fui yo quien tuvo que recomponer tu maltrecho cuerpo: yo. Si decidiste ir a verlo, al menos deberías habérmelo consultado, yo también tengo algo qué decir en ese asunto, esa cicatriz es tan mía como tuya.
- Te equivocas, este asunto me afecta únicamente a mí.
- ¿En serio? ¿Fuiste tú quién se pasó horas y horas colocando cada cosa en su lugar? ¿Fuiste tú quién acabaste cubierta de sangre ajena?
- Darío, estoy bien. – Le dije y agarré su rostro entre mis manos.
- ¿Cómo puedo estar seguro de eso?
Llevas trece años haciendo estupideces, liándote con tipos maltratadores, drogándote, bebiendo cantidades imposibles de alcohol. Y yo llevo los últimos trece años de mi vida, preocupado, preguntándome si la próxima vez lograré salvarte.
Eres un puto dolor de cabeza, Dany, desde el momento en qué apareciste en mi mesa de operaciones.
- Lo siento, pero voy a cambiar.
Te lo prometo.
- Me lo has dicho tantas veces ya…
- Doctor Pardo, te juro que esta vez voy en serio.- Le sonreí. - Un gran hombre salvó mi vida hace trece años, se preocupa por mí, es mi mejor amigo y, por él, estoy decidida a cambiar. Hace unos meses tuve la peor borrachera de la historia de la humanidad pero, en un momento de lucidez, gracias a un sueño decidí tomar las riendas de mi vida.
- Quiero creerte, sólo no puedo.
- Confía en mí, Darío.- Me acerqué a él y lo abracé. – Gracias.
- ¿Por qué?
- Por salvar mi vida.
- Ya me las diste hace trece años, yo sólo hacía mi trabajo.
- Has hecho más que eso, me empujaste a estudiar Medicina.
- Fue un acto puramente egoísta, tú eres un milagro, verte cada día me recuerda por qué amo esta profesión.
- Nunca te has rendido conmigo.
- Tú no te rendiste hace trece años cuando la guadaña de la muerte pendía sobre tu cabeza, te lo debía.
- ¿Quieres saber qué soñé?
- Claro.
- Había un ángel en mi sueño, era un hombre muy guapo. Alto, moreno, con ojos verdes, tenía una aureola plateada en su cabeza y, por curioso que parezca, en un primer momento no me di cuenta de quién era porque no llevaba ninguna bata blanca.
Él ángel me ofrecía la oportunidad de cambiar una decisión de mi vida, en un primer momento pensé, ¿Sólo una?
Estarás conmigo en que los últimos años no fueron precisamente muy buenos. He errado tantas veces al escoger la dirección por la que seguir y he cometido tantas equivocaciones en un tiempo récord…
 No sabía cuál de ellas podría cambiar.
Entonces recordé lo que siempre me decías: Acuérdate de respirar.
Recogí mi casa, limpié a fondo y me senté en el sofá para reflexionar sobre el sueño. Entonces vi una foto, en ella estamos tú y yo, el día que desperté del coma. Ver la foto me hizo sonreír y, al mismo tiempo, me puso triste.
Decidí ir a ver a Miguel y a todas las personas que han influido en mi vida para bien o para mal. Llevo algún tiempo reuniéndome con todos, al final llegué a una conclusión tras esas charlas.
Hay una cosa que nunca te dije Darío, estaba muy asustada, tenía miedo de mi propia sombra, mi vida no me parecía mía y… nunca me atreví a aceptarlo: te quería con toda mi alma, con todo mi corazón y nunca te lo dije.
Ya no te quiero, pero te quise. Sé que eres feliz con Mónica y me alegro mucho por los dos, pero si voy a empezar una nueva vida debo ser honesta conmigo misma y contigo, te lo mereces.
- Eres una estúpida, Dany. – Darío se acercó a mí, me miró con sus imposibles ojos verdes. – Una idiota.
- Vale, lo entiendo. Estaba mejor calladita…
- ¿Sabes cómo me siento cada vez que te veo? ¿Tienes la más mínima idea de cómo me he sentido cada vez que te he visto con un maltratador?¿O cuándo coqueteas con la muerte cada día?¿Nunca te has planteado cómo me siento al verte tomarte tu vida a broma cuando he sido yo quién te la devolvió?
 Todos estos años tus ojos me perseguían como una sombra, no me dejaban dormir. Recordaba tu mirada, la que me dedicaste cuándo despertaste del coma, la sonrisa que me regalaste al saber que yo había salvado tu vida.  Fue como si toda mi puñetera vida hubiera sido una farsa hasta que tú te cruzaste en ella y estabas desperdiciando esa vida que tanto me costó devolverte.
Te amé  Dany, desesperadamente, pero no llegué a ti y retomé mi vida. Aún así, siempre he estado a tu lado, mírame, háblame, soy tu amigo.
- Gracias por decírmelo, aunque me alegro de que las cosas entre nosotros no funcionaran.   
Ahora lo sé, a veces, sólo el amor no es suficiente.
Hasta hace poco estaba encerrada en mi propia oscuridad y no veía lo que había a mi alrededor. A mi familia, a mis verdaderos amigos, a ti. Siempre has estado ahí y yo no fui consciente de ello hasta ahora. Perdóname, he tardado trece años en darme cuenta.
- Debería odiarte,  pero… mierda… no quiero.  
No cuando por fin me ves.
Estoy aquí, llevo aquí trece años y no pienso irme a ninguna parte, Dany.
- Tengo miedo. – Le confesé. – Me da miedo perderme otra vez.
- No permitiré que te pierdas, princesa – Darío me sonrió. – Sólo déjame entrar en tu caparazón, comparte la carga de tus hombros conmigo.
- Lo intentaré. – Apoyé mi cabeza en su hombro. – Te lo prometo, Darío.
- Eso es todo lo que deseaba oír de ti, mi princesa.
- Todo empezó hace muchos años. – Le expliqué. - Muchas veces me sentía aislada, como si no perteneciera a ningún lugar. La sensación me oprimía el pecho, deseaba escapar de ella, pero no lo conseguía. Todo el mundo me decía que siendo más optimista las cosas irían mejor.
Yo lo intentaba, me decía a mí misma que no podía dejarme vencer por la desesperanza, me aferraba a la vida.             En ocasiones tenía ganas de llorar y me cabreaba el hecho de estar llorando sabiendo lo afortunada que era, pero en realidad, me sentía sola, triste, perdida, vacía.
No hallaba mi camino.
Cambiaba de dirección muchas veces, pero siempre me conducía a otro callejón sin salida. La vida se empeñaba en ponerme trabas, me impedía avanzar. Alguna persona diría que era yo quien lo hacía y  no es así. Yo me aferraba a los sueños que albergaba mi corazón, me agarraba a ellos como si fuera la única cosa real de mi vida, los sujetaba con fuerza, me repetía una y otra vez que lo acabaría logrando. Por momentos me lo creía, pero luego las dudas volvían: el temor, el miedo a no ser lo que realmente quería ser. Aspiraba a ser alguien, buscaba brillar por mí misma, trazar mi camino de éxito. Sin embargo estaba encerrada en mi pequeño e insignificante mundo y no me daba cuenta de lo que había alrededor. 
            Me había perdido a mí misma, tanto tiempo atrás…
A veces ni siquiera recordaba cómo era antes de que todo lo malo ocurriera, antes de que la vida me hubiera colocado la última de la fila.
Desde pequeña siempre he intentado no dar la nota, pasar desapercibida, hacerme invisible y, desgraciadamente, con los años lo conseguí. Soy invisible,  tengo un súper poder, pero no es lo que yo quiero.
Tardé tiempo en comprender que deseo convertirme en una persona de la que poder sentirme orgullosa. Siempre he tenido miedo al éxito, a la vida, a ilusionarme y volver a perderlo todo en un segundo. Quizás tengo miedo a ser feliz y luego volver a sentirme miserable.
En la peor parte de la depresión, el corazón me latía en el pecho, a veces trataba de escapar como si no fuera mi pecho el lugar en el que quería estar, como si no fuera yo la persona que debería ser.
Estaba tan preocupada por sufrir un desengaño que nunca lo intenté realmente.
No luché, me dejé llevar por vericuetos imposibles, me dejé vencer por la desilusión y la desesperanza. Era fácil decir que no había nada qué hacer, mucho más sencillo que agarrar la vida y darle un buen bocado. Siempre me he escondido, de mí misma, de los demás, siempre he buscado callejones oscuros, rincones en los que nadie me viera de verdad.
            Lo malo es que la vida es una puñetera hija de puta, tiene la fea costumbre de ponerte en tu lugar, quieras o no. Te da lecciones, aunque tú no quieras aprenderlas.
            En el camino he tropezado y he caído tantas veces que ya no tengo espacio para cicatrices. Mis cicatrices no se ven, están en lo más profundo de mi alma, las tapo para que los demás no sepan cómo me siento. Las oculto para proteger a mis seres queridos, quizás para esconderlas incluso de mí misma y nunca curan, siguen sangrando, porque no hallo una manera de salir de la espiral en la que he caído.
Quiero reírme, pero no lo hago, sólo a medias. No recuerdo la última vez que fui verdaderamente feliz, los recuerdos de mi vida se quedaron en mi pasado. Sigo buscando mi camino, mi lugar.
A veces grito muy fuerte, pero la gente no me escucha porque, te lo he dicho, soy invisible.
            La culpa es mía. No puedo acusar a los demás de todo lo malo que me ha ocurrido en el camino, al principio lo hacía porque era más fácil.
La realidad es que yo soy en lo que me he convertido. Tal vez influyeran las críticas y la actitud de los demás, pero siempre he sido yo quien ha tenido el poder de elegir el camino a seguir, la trayectoria de mi destino.
            Mi vida no ha sido perfecta y me enfurece pensarlo. Creo que no he sido mala persona, nunca he engañado a los demás, al menos conscientemente, siempre he intentando hacer lo correcto, siempre he buscado ayudar a las personas. Tenía fe en que siendo lo más honesta posible, lo más buena, quizás la vida me acabaría dando una oportunidad.
Siempre me digo que los malos momentos me hicieron más fuerte, me convirtieron en la persona que soy, pero me gustaría no tener tantos. Por una vez en mi vida desearía encontrar las baldosas amarillas y, quizás, que alguien me rescate de mi propio aislamiento y se atreva a dar un paso más,  cruzar la barrera que me envuelve para conocerme.
            Una vez hubo alguien que lo hizo, en una ocasión unas manos me sacaron del agujero oscuro en el que había caído, lo malo es que esas mismas manos luego me clavaron un puñal, de la clavícula al abdomen.
            Por eso no voy a esperar ser rescatada, debo salvarme yo.
Todos estos años fingí que las cicatrices no existían, hacía más llevadero tenerlas, pero están ahí, las siento. A veces duelen y no sé cómo evitarlo.
Por esa razón me he estado escondiendo. Huyendo de ti, de mi familia, de mis amigos, de mí misma. Creía que poniendo una barrera infranqueable nunca me dañarían, lo malo de las murallas es que no te permiten ver a tu alrededor y no dejan pasar la luz de quienes  intentan iluminarte.
Últimamente he hablado con muchas personas, he escuchado críticas, alabanzas, me he enfrentado a lágrimas de odio, de pena y de alegría.
Por eso estoy aquí ahora, por esa razón quería hablar contigo.
Tú has estado a mi lado todo el tiempo, sólo que yo no estaba aquí. Me alejé, me aísle en mi mundo y estuve ahí hasta hace poco.
Me he decidido, esta vez la vida podrá darme patadas, aún así pienso salir adelante por mí misma. Habrá lágrimas, nuevas cicatrices en mi alma, pero lo conseguiré.
- Yo creo en ti, siempre he creído en ti.
- Lo sé, por eso no voy a decepcionarte otra vez. – Le dije, él me abrazó transmitiéndome su apoyo incondicional y lo comprendí: iba a salir de la espiral.
 Esta vez nadie me iba a impedir encontrar el camino de baldosas amarillas.


martes, 9 de abril de 2013


Capítulo seis de la segunda versión. Dany esta cada vez más cerca de hablar con su Ángel de carne y hueso, pero antes debe enfrentarse a un par de encuentros con figuras de su pasado que influyeron en su vida. Sus intenciones son buenas, pero a veces, las personas se niegan a escuchar los consejos que necesitan oír.
Capítulo 6
A la mañana siguiente me desperté en la cama de mi hermana. Las dos habíamos dedicado toda la noche a un maratón de nuestros clásicos favoritos. Mi hermana era una amante del cine y en su videoteca tenía una inmensa colección de buenas películas de los años cuarenta hasta los setenta. Miré alrededor y me encontré a mí hermana durmiendo plácidamente, sonreí ante la imagen. La había echado de menos, había extrañado tener una relación  con ella. Sin hacer ruido me levanté, fui hacia la cocina y preparé el desayuno. Hice tortitas, las cuales eran mi especialidad, y un café bien cargado. Cuando estaba terminando de echar la última tortita mi hermana entró en la cocina, recién duchada, vestida y con una sonrisa en sus labios.
- ¡Tortitas! – Exclamó feliz. – Nadie hace las tortitas como tú, Dany, así que pienso comer muchas y ponerme muy gorda, lo hago por el bien de tu ahijado/ahijada, que conste. – Bromeó y se acarició la barriga.- Porque soy una mamá muy responsable.
- Gracias. – Le dije y ella me miró, sorprendida.
- ¿Por qué?
- Por ser mi hermana, por quererme, por cuidarme, por protegerme. Te quiero y nunca voy a permitir que nada no separe otra vez.
- Yo también te quiero, hermanita. – Diana vino hacia mí y me rodeó con sus brazos, después se echó a llorar. - ¡Malditas hormonas! – Protestó, pero no me soltó durante un buen rato.
Después las dos nos sentamos en su cocina y desayunamos. A las ocho y media, Diana me miró.
- Tengo que ir al trabajo, ¿te apetece venir mañana de compras conmigo?
Hay muchas cosas que debo comprar para el bebé y Mauricio odia ir de compras.
- Claro. – Aseguré. – Yo le compraré la cuna. – Afirmé. – Y el peluche más grande que haya en la tienda, desde ahora mismo soy madrina en funciones las veinticuatro horas del día.
- Eso me gustará. – Diana me sonrió. – Durante algún tiempo pensé que no podríamos volver a tratarnos como hermanas, me alegra haberme equivocado.
- Yo también lo pensé y me alegra haberme equivocado. – Dediqué una mirada cariñosa a mi hermana. – Estoy purgando mis culpas, ¿sabes? – Expliqué. – He decidido hablar con todas las personas a las que fallé, con todas a las que les debo las gracias y voy a arreglar la situación. Voy a empezar a vivir, Diana, pero esta vez lo haré como se debe hacer.
- ¡Esa es mi chica! – Aseguró mi hermana, después besó mi frente. - ¿Trabajas hoy?
- Sí.
- ¿Y vas a hablar con Darío?
- Todavía no, debo arreglar los desastres que he ido montando por ahí y también dar las gracias a quienes me ayudaron. Una vez resuelva los problemas le diré a él la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad.
- Se merece saberla.
- Yo también lo creo. – Dije.  Diana me miró un instante, después cogió unas llaves y me las tendió.
- Son de casa. – Explicó. – Quiero que vengas siempre que quieras, si necesitas hablar, si necesitas llorar, si necesitas una sesión de cine clásico y ponerte muy gorda a base de pizza barbacoa, cuenta conmigo, Dani. Desde hoy no pienso volver a dejarte sola.
- ¿Para mí? – Miré las llaves, atónita, después las apreté contra mi pecho, las guardé en mi bolso y saqué mi llavero. De él extraje dos llaves y se las tendí a Diana. – Estas son las de mi casa, ya no parece un vertedero, así que si quieres venir a dormir allí y que te prepare tortitas cuando Mauricio esté de viaje, ni te lo pienses.
- ¡Trato hecho! – Diana cogió las llaves y las guardó en su llavero. – Bueno, pequeñina, es hora de ir a currar.
- Tienes razón.
Oye, te llamo esta noche y te cuento cuáles han sido mis visitas oficiales para arreglar mis liadas, ¿te parece bien?
- Perfecto. – Diana y yo salimos de su casa.
Observé el reloj y como tenía un par de horas libres opté por ir a ver a uno de mis ex. Quería decirle un par de verdades que necesitaba escuchar, como yo, él estaba autodestruyéndose y si yo podía salvarme, tal vez él también pudiera. Él no era de los maltratadores, cuando llegó a mí le habían dicho que tenía una enfermedad degenerativa y desde ese instante no había parado de beber, drogarse y de vivir la vida al límite.
Cuarenta y cinco minutos después estaba en su casa, llamé al timbre, él abrió y se quedó de piedra al observarme.
- Vaya sorpresa,  ¿a qué debo el honor?
- Deja de beber, David.-  Le dije. – Tienes una enfermedad grave, si sigues así acabaras con tu vida en menos de cinco años. Debes asumir que estás enfermo, debes ir al psicólogo y que te ayude a superar tus traumas. – Seguí. – Eres un buen tío, nada que ver con los otros con los que estuve y te mereces una oportunidad.
Sé que no es fácil, entiendo que tu situación es bastante complicada, pero estoy convencida de que si dejas de beber conocerás a una mujer maravillosa.
- Una vez conocí una y me dejó por un tipo maltratador.- Me dijo, yo entendí el mensaje entre líneas, me estaba acusando de haberlo abandonado y tenía razón. Yo lo había dejado caer en una espiral de destrucción cuando podía haber intentado salvarlo.
- Me equivoqué, pero ahora estoy resolviendo mis problemas. No puedo rescatarte, David, primero debo salvarme a mí misma y no estoy en situación de cuidar de nadie más.
He tardado trece años en salir de mi espiral de destrucción.
Perdóname por haberte herido, lo siento de verdad, y lucha por tu vida. Una vez que resuelvas tus problemas encontrarás lo que buscas, yo espero hacer lo mismo. – Me acerqué a él y lo abracé.- Deja de lamentarte por tu suerte y comienza a trabajar por mejorarla. Ahí de brazos cruzados lo único que haces es caer más, yo estuve al fondo del pozo y te aseguro que no es una vista agradable.
Ahora me tengo que ir sino quiero llegar tarde al trabajo.
- Dany. – Me detuvo, sujetándome por un brazo. - ¿Podemos ser amigos?
Voy a necesitar mucha ayuda y tú eres una buena persona, ahora lo veo.
- De acuerdo. – Le dediqué una sonrisa. – Es hora de dejar de lamerse las heridas y levantarse. Si quieres hablar, llámame y no esperes una relación de mí… quiero que eso quede claro.
- Sólo amigos.
- ¡Trato! – Exclamé. Tras darle un último abrazo salí corriendo, tenía que llegar al hospital.
Entré con prisas y choqué con Darío. Sus ojos verdes se clavaron en mí por un instante, las mariposas se movieron inquietas en mi abdomen. Amaba a ese hombre y, por eso, lo iba a dejar marchar.
- ¿A qué tanta prisa, princesa?
- Temía llegar tarde y mi jefe es un poquitín gruñón. – Bromeé y él me sonrió.
- Te has levantado de buen humor, ¿no?
- He arreglado las cosas con Diana, voy a ser madrina y estoy muy contenta.
- Me alegro, tu hermana es una buena mujer.
- Sí, lo sé.
Vamos, jefe, hay que moverse. Los pacientes no se van a curar ellos solos.
- De acuerdo, a currar. – Darío me empujó hacia el vestuario de mujeres. Yo me cambié y, cuando terminé, fui hacia las sala de doctores a tomar un café.
El día se me hizo muy corto. Atendí a muchos pacientes, hablé con todos mis compañeros y conseguí arrancarle un par de sonrisas a Darío. Había pasado tanto tiempo desde la última vez que lo hice sonreír, que me sentí muy orgullosa de mí misma. Quizás estaba en camino de conseguir algo realmente bueno.
Al llegar a casa llamé a Diana, le conté la visita a David y el plan que había formado para resolver los asuntos pendientes. Tras una larga conversación, colgué y le prometí llamarla e irle informando según acontecieran las cosas.
Esa noche dormí plácidamente, las tinieblas de mi vida estaban empezando a despejarse. Sabía que no iba a ser fácil, pero iba a arreglarlo todo y, de paso, arreglarme a mí misma.
Esa semana tuve muchísimo trabajo en el hospital, tuve que aparcar mi lista durante unos días. Tras retomarla opté por ir a visitar a mi ex mejor amiga. Ella me había robado a mi último novio, es verdad, pero no se merecía a un tipo maltratador.
Llamé a su piso, abrió la puerta y vi el moratón de su mejilla derecha. No hacía falta ninguna explicación absurda sobre ello, yo sabía la verdad. También había padecido sus ataques.
- ¿Qué haces aquí? – Preguntó, bastante sorprendida.
- No vengo a por Fermín, tranquila, no me interesa lo más mínimo y a ti tampoco debería gustarte. Es un mal hombre, Cecilia, cualquier día puede hacerte daño de verdad y sé de lo que hablo. – Seguí. – De hecho, Fermín tiene aún menos excusa que Miguel. Él trató de  matarme, es cierto, pero al menos sufría una enfermedad mental.
 Fermín no la sufre, nació maltratador, creció maltratador y morirá maltratador.
- Tú no lo sabes.
- Lo sé. – Contesté. – Esa clase de tipos no cambian, puedes tratar de salvarlo, pero sería inútil. En lugar de eso, coge tus cosas, lárgate y sálvate tú misma, hazlo antes de que sea demasiado tarde.
- No tienes ni idea de lo que es el amor de verdad, por eso dices esas gilipolleces. Nunca sentiste algo tan fuerte como yo.
- Una vez me dejé clavar un cuchillo de la clavícula al abdomen, sé de lo que hablo. Vine sólo a decirte que no vas a resolver nada, lo único que lograrás es morir a sus manos. Debes aprender a ser libre, debes vivir por ti y dejarte de tonterías.
El amor consiste en dar, también en recibir y si alguien te golpea, perdóname, pero no te ama. He tardado trece años en comprenderlo gracias a un hombre magnífico que estuvo a mi lado incondicionalmente, incluso cuando las cosas estaban peor y yo era una sombra de mi misma.
No soy la persona más indicada para dar lecciones de moralidad, sin embargo, una vez fuimos amigas y por eso te lo he dicho. He cumplido con mi obligación, ahora me marcho.
- ¿Por qué has venido ahora?
- Estoy tratando de arreglar mi vida, quizás es un poco tarde, sin embargo estoy decidida a hacerlo por mi propio bien.
- Te hacía falta. – Aseguró, después me cerró la puerta en las narices.
No me paré a pensar en su futuro, en cómo viviría a partir de ese momento. Yo la había considerado una vez amiga mía, pero ahora su vida ya no era asunto mío. Tomó sus decisiones, hizo su elección y yo la mía. No era momento para lamentarse de haber salido con Fermín o de sentirme mal por haber roto una amistad a causa de un desamor. La verdad, visto con la distancia, probablemente en ningún momento había sido una verdadera amistad, quizás sólo fue una pausa en el camino.
Nunca he tenido muchos amigos, siempre he seleccionado muchísimo a la gente de mi vida y, por confiar ciegamente en los demás, me han herido muchas veces. Mas, con el paso del tiempo, había logrado amigos de verdad, personas que estaban a mi lado incluso cuando yo no era yo.  Eran un puñado maravilloso con quienes  podía contar incondicionalmente y, por ello, me sentía muy agradecida.
Tras esa charla tuve otras con diversos individuos que habían pasado por mi vida. Algunos me habían ayudado, otros me habían hundido más en mi propia miseria a lo largo de mi camino hasta la decisión de cambiar mi vida.
No todas fueron mal, ni todas fueron bien. Algunas estuvieron cargadas de reproches, otras de lágrimas de felicidad, y, las menos, de remordimiento por ambas partes por haber equivocado la ruta en nuestra relación.
Finalmente llegó el día en el cual acabé con mi lista. Mi hermana estaba embarazada de cuatro meses, habíamos retomado nuestra relación al cien por cien y, mi vida, parecía por fin haber hallado su rumbo.
Era hora de hablar con Darío.

La hoja en blanco y la sonrisa de un extraño

La sonrisa de un extraño y la hoja en blanco. Era una mañana tormentosa, el cielo estaba encapotado y las nubes amenazaban con descargar c...