viernes, 31 de enero de 2014

¿Habéis tenido alguna vez un “Y si”?; por “y si” me refiero a haberos planteado cómo podrían haber sido las cosas actuando de manera diferente en una determinada ocasión o comportándose de forma distinta con una persona especial. Yo en mi vida profesional he tenido dos “y si” y en mi vida amorosa también dos. A veces me da por preguntarme cómo podrían haber cambiado las cosas si hubiese dado un paso adelante en mis “y si” amorosos porque me hubiera gustado tener una respuesta, para bien o para mal, en lugar de la duda constante.
Uno de mis “y si” amorosos, el primero, fue en la Universidad y el segundo cuando hice un Máster. La verdad es que los “Y si” son una verdadera tortura porque nunca tienen solución y desde aquí os recomiendo a aquellos que tengáis un “y si” en vuestra vida; ya sea profesional, amorosa o familiar, que deis un paso más y lo resolváis porque si no os carcomerá la duda toda la vida. Y, por experiencia, os digo que no hay nada peor que un “Y si”.
La reflexión de hoy es un “y si” amoroso porque es más fácil escribir sobre una duda amorosa que hacerlo sobre la vida profesional y, además, me permite jugar con palabras bonitas J
¿Y si te atreves…?
Todo empezó una mañana de Abril, el día era hermoso, los pajarillos piaban alegremente en sus nidos y había parejas por todas partes. Él salió de su casa con intención de ir a su librería favorita; allí pensaba echar un vistazo a las novedades que habían llegado esa semana y decidir si compraba, por fin, el último libro de su autor favorito. Caminó por la calle sin prisa disfrutando del ambiente primaveral, dejándose sorprender por los pajarillos anidando y por las parejas besándose.
En cierta manera se sentía ajeno a ellos pues su vida amorosa era un desierto desde que había roto con su última novia. Lo habían dejado porque sus prioridades habían cambiado mucho desde el instituto, época en la que empezaron a salir, la decisión fue de ambos y como eran adultos optaron por seguir siendo amigos. Eso lo hacía sentirse muy maduro, pero en ocasiones se planteaba si las cosas podrían haber sido diferentes entre ellos; ¿y si se hubiera atrevido a seguir adelante con esa relación a pesar de que ella y él ya no parecían tener nada en común?
¿Y si?...
El ¿y si? volvía a estar presente en su vida, tenía por costumbre dejarse un “¿y si” de vez en cuando.
 Cuando en el colegio se enamoró de su primer amor y no se atrevió a decírselo.
Cuando a los catorce años se enamoró de la hermana pequeña de su mejor amigo y no intentó nada por no traicionar la amistad que los unía.
Cuando empezó a salir con su novia y, tras cuatro meses, rompieron para volver a las dos semanas.
Cuando en la Universidad conoció a esa chica especial, pero nunca dio el paso adelante.
Cuando le ofrecieron su primer trabajo…
La lista parecía infinita; el “y si” era una constante.
Al entrar en la librería fue hacia el departamento de ciencia ficción; se puso a leer títulos de novelas, escogió una, se dio la vuelta y chocó con una chica. Ella debía ser más o menos su edad, tenía el pelo castaño, los ojos azules y una sonrisa capaz de derretir un iceberg. Sus miradas se cruzaron un segundo y se sonrojaron, ambos se dieron la vuelta al mismo tiempo y salieron disparados hacia otro lugar de la librería.
Él siguió observando los títulos, escogió otro, pagó y salió a la calle.
En la puerta se dio cuenta de que acababa de sufrir un nuevo “y si”.
¿Y si en lugar de salir corriendo le hubiera pedido el teléfono a esa chica?
Frustrado caminó hacia su casa mirando los escaparates, soñando con ver otra vez la extraña con la que había coincidido en su librería favorita.
La segunda vez que la vio fue en una cafetería; estaba tomándose una tarta con su hermana pequeña cuando ella entró acompañada de una amiga. Su mirada se cruzó con la de ella, hubo reconocimiento y, nuevamente, ambos volvieron a sus sitios sin atreverse a dar un paso más.
La tercera vez que se cruzó en su vida fue el primer día de su nuevo trabajo; entró por la puerta y la vio. Cuando su jefe los presentó y se dieron la mano sintió cómo si toda su vida hubiera estado esperando ese momento.
Ella le dedicó una sonrisa y él se quedó cautivado por su presencia.
Al principio hablaban de cosas del trabajo, asuntos  sin la menor trascendencia, pero poco a poco ella le fue hablando de sus sueños, de sus esperanzas, de sus miedos y él se descubrió a sí mismo relatándole aspectos de su vida que nunca antes había sido capaz de compartir con nadie. Las horas iban pasando, los días, los meses…
Una mañana del mes de Abril llegó al trabajo preparado, por una vez en su vida, para superar el “y si”.
Entró y la vio; tenía el aspecto de siempre, pero para él fue como si la hubiera visto por primera vez. Trabajaron codo con codo, a la salida él la invitó a tomar una copa y ella dijo que sí.
Le confesó su amor asustado como un cachorrillo confiando en que, por una vez, el “y si” tuviera respuesta; cuando ella le dedicó “esa sonrisa” comprendió que había encontrado lo que había estado buscando toda la vida.
Salieron; se casaron y, gracias a ella, él tenía una nueva filosofía de vida “¿Y si te atreves…?”
J                            FIN                         J

Y, una vez más, escribo mi novena a San Judas Tadeo.

San Judas Tadeo, apóstol y mártir, fiel intercesor de todos los que invocamos tu patronato especial. En tiempo de necesidad a ti recurro, desde el fondo de mi corazón, y humildemente te invoco, a ti San Judas, que cumples milagros y ayudas a quienes ya no tienen esperanza. A ti, a quien Dios concedió ese gran poder para venir en mi auxilio. Ayúdame en esta petición actual y urgente, a cambio yo prometo dar a conocer tu nombre y hacer que otros te invoquen. 

jueves, 23 de enero de 2014

He descubierto recientemente que, muchas veces, las historias que escribo empiezan con un personaje despertándose tras la noche y eso me ha llevado a preguntarme por qué siempre comienzo mis historias de este modo. La conclusión a la que he llegado es que, de hecho, todo empieza con alguien saliendo de una cama y enfrentándose a su día a día. Hoy publico un breve relato sobre esta reflexión.
LA VIDA COMIENZA CON UN DESPERTADOR
El despertador la despertó de su sueño, abrió los ojos, le costó un poco enfrentarse a la oscuridad de la habitación y buscar el móvil a través de la penumbra del cuarto. Después de darse un golpe contra la pata de la cama, chocar contra un zapato de tacón dejado al azar la noche anterior al lado de la cama y tropezar con su perro, lo localizó.  Apagó la alarma, a tientas, localizó la lámpara de la cama y la encendió.  A su alrededor todo era un caos, la habitación estaba desordenada, su perro se escurrió por la puerta del dormitorio y ella se quedó en silencio.
El mundo a su alrededor empezó a girar de nuevo, los engranajes de la vida requirieron de nuevo su atención. En la habitación rosa su hija de seis años la llamaba a gritos, su marido se estaba duchando en el baño y su hijo mayor, de diez años, entró en la habitación con su pijama favorito y el cabello negro enmarañado. Ella lo recibió con una sonrisa, besó su frente y caminó hacia la habitación de la pequeña. Al abrir la puerta la decoración rosa la sorprendió, era de un color tan vivo como su hija y la pequeña estaba en su cama mirándola con sus enormes ojos castaños. La cogió en brazos y caminó hacia la cocina. El ruido del exterior entró en sus dominios, un nuevo día había empezado.
Con paso ligero empezó a preparar el desayuno de su familia, recogió las cosas del lavavajillas, tarareó una canción y disfrutó de la sensación de estar viva, en su casa, con su familia y su perro.
Su marido entró en la cocina, cogió la comida del perro y se la echó en el comedero, después besó a sus dos hijos, a ella y se sentó grácilmente en su silla. Ella sirvió todos los desayunos, se sentó y juntos empezaron su rutina. Al terminar su esposo fregó los cacharros y su hijo fue al baño principal para asearse.
Ella tomó a la pequeña, fue a la bañera y la limpió. En el piso superior el despertador de su vecina sonó, escuchó sus pasos silenciosos en la casa, el ruido del bebé, quien también se había despertado con el jaleo, y también su día a día comenzó.
Al terminar de lavar a la pequeña, la dejó con su marido y su hijo mayor. Mientras los tres disfrutaban de los dibujos animados matutinos, ella se encaminó hacia la ducha. El agua caliente desentumeció sus músculos, tras la ducha se maquilló y fue al salón donde su familia la esperaba.
Con una sonrisa los tres se encaminaron al exterior, se despidieron cariñosamente del perro, fueron hacia el garaje, cogieron el coche y reiniciaron su rutina diaria.
La vida siempre comienza con un despertador sonando en algún rincón de la casa.



Y, como estas semanas anteriores publico la Novena de San Judas Tadeo, hasta la semana que viene.
San Judas Tadeo, apóstol y mártir, fiel intercesor de todos los que invocamos tu patronato especial. En tiempo de necesidad a ti recurro, desde el fondo de mi corazón, y humildemente te invoco, a ti San Judas, que cumples milagros y ayudas a quienes ya no tienen esperanza. A ti, a quien Dios concedió ese gran poder para venir en mi auxilio. Ayúdame en esta petición actual y urgente, a cambio yo prometo dar a conocer tu nombre y hacer que otros te invoquen. 
  

viernes, 17 de enero de 2014

Esta semana en lugar de escribir un relato literario, he decidido publicar mi opinión sobre la situación actual de España. Durante estas Navidades me he dado cuenta de que ahora hay más necesidad que nunca y, ahora, con el inicio de año aumentan los gastos y no tenemos en este país un partido político capaz de arreglar la situación de España y, por esa razón, publico esta denuncia y reflexión.

Mi corazón llora por la situación desesperada de España donde cada día hay más gente pobre y más políticos ricos.
Me avergüenza España y lo admito.
 Me avergüenza porque nuestros políticos en el mejor de los casos son una nulidad y, en el peor, no tienen agallas. Nuestros políticos no son una sabia oligarquía preocupada por su gente, son una anarquía de carroñeros esperando a devorar la carne putrefacta de nuestro país. Porque, reconozcámoslo, señores: España se está muriendo. Se desangra cada día por la cantidad de jóvenes talentosos que se ven obligados a emigrar y se necrosa con un veinte por ciento de  población infantil pasando hambre.
            Nuestro país se muere y nuestros políticos se deleitan en mirar su propio ombligo en lugar de preocuparse por bajar a la calle y ver una realidad que, con sus gafas de culo de botella rosa, niegan.
            Aún así, como Pandora, tengo esperanza porque nuestro país es un superviviente. Quiero creer en la chispa de bondad de cada uno de nosotros, quiero pensar que todos vamos a ser un poco más generosos y ayudar al prójimo porque como esperemos que nuestros políticos nos salven…
Lo dicho, seremos carne putrefacta para ese puñado de buitres.
En fin, aquí lo dejo para que todos reflexionemos un poquito sobre nuestro país.

Y como lleva siendo habitual estas semanas, ahora publico la Novena a San Judas Tadeo.

San Judas Tadeo, apóstol y mártir, fiel intercesor de todos los que invocamos tu patronato especial. En tiempo de necesidad a ti recurro, desde el fondo de mi corazón, y humildemente te invoco, a ti San Judas, que cumples milagros y ayudas a quienes ya no tienen esperanza. A ti, a quien Dios concedió ese gran poder para venir en mi auxilio. Ayúdame en esta petición actual y urgente, a cambio yo prometo dar a conocer tu nombre y hacer que otros te invoquen. 

jueves, 9 de enero de 2014

Después de las Navidades y en un año nuevo, he decidido publicar hoy la historia en la que surgió el personaje de Adriel el ángel de Dariel y Dani. Hace algún tiempo, mucho antes de que se pusieran de moda los ángeles, había decidido escribir un relato con uno de protagonista y por eso tecleé un poco sobre Adriel, sin embargo, al final su historia se ha ido retrasando. Por ahora os voy dejando el principio de ese relato que aún continua en mi tintero.
ADRIEL
Cuando despertó lo primero que sintió fue un profundo dolor, que iba desde su cabeza hasta los pies. Con cuidado se incorporó, no recordaba cómo había llegado allí, ni tan siquiera era capaz de recordar su nombre, sabía que empezaba por A, pero no tenía ni la más remota idea de cómo acababa. Se sentía aturdido, la ropa que llevaba puesta le molestaba y el dolor de cabeza persistía. Se acabó acostumbrando a la luz del sol, aunque de vez en cuando tenía que cerrar los ojos a causa de la claridad. Intentó caminar, pero con el golpe se le había olvidado cómo se hacía, así que se sentó un instante en el suelo para recobrar la compostura.
            Todo a su alrededor le era desconocido, no había nada que reconociera en el lugar que se encontraba. Podía escuchar el sonido del mar, aunque no alcanzaba a ver dónde estaba. Para no dejarse vencer por el pánico empezó a decir nombres al azar, el elemento que tenían en común es que empezaban con “A”, pensó que quizás así recordaría algo.
            - Aarón… no ese no es… Antonio… no… Adolfo… tampoco… Alfonso… no, no me suena… Alonso… no… Alberto… no me es familiar… Álvaro… Álvaro… no… ese no es… A… A… A… ¿Cómo era? Arcángel… no… demasiado pretencioso… Ángel… se aproxima… A… A… Armando…
            - ¿Amando? – Sugirió una voz  y se giró para encontrarse con los enormes ojos verdes de una niña pequeña, de nueve años.
            - ¿Quién eres?
            - Ana, quiero jugar contigo. Mi hermana y yo jugamos muchas veces a ese juego…
            - ¿Qué juego?
            - El de averiguar cuál de las dos se sabe más nombres empezados por una inicial. ¿No jugabas a eso?
            - En realidad no. – Contempló a la niña. – Lo cierto es que no logró recordar mi nombre, sé que empieza por A… pero… no me salen las otras letras.
            - ¿No sabes cómo te llamas?
            - No… ni siquiera sé cómo llegué aquí.
            ¿Por qué estás sola pequeña?
En este lugar podría hacerte daño cualquiera.
            - Lo dudo, estás en mi jardín. – La niña le sonrió al joven. 
            Él levantó la cabeza para mirar a su alrededor, se dio cuenta de que había un muro rodeándolo.
            - ¿Cómo entré aquí?
            - Por el cielo. – La niña se encogió de hombros.
            - Eso no es posible… si hubiera sido así debería estar muerto.
            - Te has debido dar un buen golpe. – La niña le cogió la mano. – Llevas un paracaídas, probablemente estabas planeando con un avión y te has lanzado al vacío.
            Mi mamá era paracaidista, ¿sabes?
            - No sé cómo caminar… - Dijo el muchacho aturdido. – Y aún no recuerdo mi nombre… ¿qué me ocurre?
            - Vamos a ver si conseguimos dar con tu nombre... hm… ¿Andrés?
            - No.
            - ¿Abelardo?
            - Tampoco.
            - ¿Alfredo?
            - No… me suena.
            - Adrián.
            - ¿Adrián?
Sí, creo que me llamó Adrián o algo muy parecido… Adrial… Adrimel… Adridel… Adriel…
 Sí, eso es, Adriel es mi nombre.
            - Te equivocas, Adriel no existe, seguro que te llamas Adrián y Adriel es un mote o algo.- La niña se cruzó de brazos. - ¿Hacia dónde ibas?
            - No… no… sé que tengo algo importante que hacer… algo muy, muy importante… pero… no sé… no… no…
            - Cuando el muchacho abrió otra vez los ojos se encontraba tumbado en un salón. Le dolía terriblemente la cabeza, sentía que le faltaba algo a la espalda… algo suave… algo blandito… se giró sobre sí mismo hasta que se encontró con los ojos verdes de un hombre de cuarenta años.
            - No te muevas, no te muevas. – Le sugirió. – He llamado a un médico para que te examine.
            Ana me dijo que te llamabas Adrián, ¿cierto? – Le dedicó una sonrisa brillante. – Yo soy Álvaro, estás en mi casa.
            - No quiero molestar… me iré en seguida.
            - Eso ni lo sueñes, te vas a quedar aquí hasta que venga el doctor.
            - No puedo hay algo que debo hacer… es importante… es… es… debo ayudar a alguien… debo… debo… no lo recuerdo, pero debo hacerlo… es de vital importancia… tengo… yo… me duele muchísimo la cabeza…
            - Al abrir los ojos de nuevo estaba tumbado en una cama muy confortable. Un edredón nórdico lo cubría, a su lado pudo ver un osito de felpa. Lo contempló con ternura, se incorporó lentamente y vio a la pequeña Ana sentada en una silla, profundamente dormida.
            - Pequeña… - La llamó. – Despierta, pequeña.
            -Ana abrió sus enormes ojos verdes, aún velados por el sueño, y le dedicó una sonrisa radiante. - ¿Estás mejor?
            - Sí, muchas gracias… Ana, ese era tu nombre, ¿verdad?
            - Sí, soy Ana. – La niña le sonrió. - ¿Ya recuerdas algo?
            - Vagamente. – El joven miró a la niña.- Pero no quiero molestar, me marcharé, seguramente si me pongo en camino acabaré por descubrir que es eso tan importante que debo hacer.
            - No, papá me dijo que te prohibiera terminantemente marcharte. – La niña colocó sus brazos encima de la cama y sobre sus manos la cabeza.-No te irás hasta que te encuentre tu familia, si estás extraviado, o hasta que recuerdes quién eres. Según el médico es extremadamente peligroso que te muevas sin rumbo, has sufrido una conmoción cerebral.
            - Eres muy inteligente para ser tan pequeña.
            - Soy superdotada. – Confesó Ana.- Y tengo algo que llaman el síndrome de Asperges… soy diferente. Ahora que estás despierto te enseñaré la casa e iremos a comer algo a la cocina.
            - Yo…
            - No discutas conmigo, no te va a servir de nada. – Susurró la niña. – Me vendrá bien tener un amigo ahora que papá ha vuelto al trabajo y Sofía al colegio. – Los ojos de la niña se humedecieron y una pequeña lágrima resbaló por su rostro.
            - ¿Por qué lloras, Ana?
            - Mi madre murió hace un año. – Explicó.- Hasta ayer que te encontré mi padre se había dado de baja para cuidarme, pero ahora tiene que volver al trabajo. En casa hay una pareja de confianza trabajando con nosotros, pero… me siento sola… a veces. – Ana sonrió a Adrián. – Papá dice que hasta que descubramos quién eres deberías quedarte aquí.
            - ¿No le preocupa que sea un loco o un asesino?
            - Según él eres un enviado del cielo. – Ana sonrió.
            - ¿Enviado del cielo? ¿Un enviado?... Yo… hay… algo… algo que se me escapa… algo que sé, pero no recuerdo… mi cabeza… me va a estallar.
            - Ten. – La niña le tendió una pastilla. – Es medicina, el doctor dijo que te ayudaría a calmar el dolor.
            Adrián despertó nuevamente. Al incorporarse reconoció la habitación en la que había estado antes, la de la casa de la pequeña Ana. Al mirar a su alrededor descubrió que estaba solo, aunque Ana le había dejado su osito de felpa para que le hiciera compañía. El corazón de Adrián latió de felicidad. Los olores del hogar eran reconfortantes. Lo cierto es que seguía sin recordar qué o quién era. Sin embargo, los sonidos de la casa de Ana lo animaron profundamente. Abrió bien los ojos para observar cuánto había a su alrededor. Prestó atención a su olfato, tratando de asimilar todos los olores, guardándolos en lo profundo de su memoria. Era como si todo aquello que lo rodeaba lo descubriera por primera vez. Un sentimiento de alegría lo llenó porque sentía como si volviera a empezar, una vez más.           
 En su interior era consciente de que esa no era la primera vez que le ocurría algo parecido, retazos de su pasado desfilaron por su memoria sin orden ni concierto. Creyó verse a sí mismo en otra época, vestido de otra manera y con un grupo diferente de gente. Lo único que inalterable era que todas esas veces, en todas esas ocasiones, siempre había tenido una misión, había tenido que cumplir un papel importante.
Decidido se levantó de la cama, en una silla encontró la ropa con la que había llegado a la casa. La cogió con cuidado y se la puso. Después caminó por la casa como un sonámbulo hasta llegar a una gran cocina, de diseño moderno.
En el centro vio a Ana, a su padre Álvaro, a una niña algo mayor y una cocinera que se afanaba preparando la comida.
- Perdón… - Interrumpió la escena, sintiéndose en cierto modo embarazoso. – Quería agradecer que se hayan portado ustedes tan bien conmigo… - Dijo.
- ¿Te encuentras mejor? – Preguntó la pequeña Ana con sus ojos verdes observándole fijamente.
- Sí, no creo que me desmaye otra vez.- Aseguró, aunque de algún modo no estaba completamente seguro de que eso fuera cierto.
- ¿Ha recordado algo? – Indagó Álvaro.
- Desgraciadamente… no. – Respondió.- Veo retazos, pero… es un tapiz incompleto. Lo único que sé, sin lugar a dudas, es que hay algo importante que debo hacer, aunque ignoro de qué se trata.
¿Hay algún hotel en dónde pueda quedarme? ¿Algún hostal?
- No puedes irte. – Ana se colocó frente a él con los brazos cruzados. – Quédate con nosotros hasta que sepas lo que andas buscando. – Ana sonrió a su padre. - ¿Verdad, papá?
- Desde luego. – Álvaro le dedicó una mirada agradable. – Nos vendría bien contar con una mano extra en casa, aunque Eugenia y Adolfo hacen muy bien su trabajo, estaría bien que hubiese alguien con Ana cuando no estamos Sofía o yo. – Álvaro se acercó a la niña que había a su lado. – Por cierto, ella es Sofía, es mi hija mayor. – Después se aproximó a la mujer que se encontraba cocinando. – Ella es Eugenia, es quién logra que todo funcione en la casa. Su marido, Adolfo, se ha tenido que ir a hacerme un recado, se lo presentaré por la tarde.
- Es un placer conocerte. – Sofía se aproximó a él.
- Lo mismo digo, pero… no sé si deberían confiar en mi… apenas sé quién soy, podría ser… una mala persona.
- No lo eres. – Afirmó Ana. – Si lo fueras yo lo sabría, se me da bien evaluar a la gente… estás perdido, pero nosotros te ayudaremos a encontrarte.
- Yo no lo habría dicho mejor. – Aseveró Álvaro.- Por supuesto, mientras conviva con nosotros deberá atenerse a unas normas.
            - Siempre he vivido bajo un estricto código de conducta, así que las normas me parecen una buena idea.
            - ¿Has recordado algo? – Preguntó Ana, esperanzada. – Sino, ¿cómo recuerdas que has vivido  bajo un estricto código de conducta?
            - No sé… es algo que… tengo la certeza de ello, pero no recuerdo el motivo o la razón…
            - Quizás eres un soldado o algo así. – Sugirió Eugenia. – Das el tipo. Andas muy recto, pareces acostumbrado a obedecer órdenes. Seguro que sí, debes ser un militar o un marinero.
           - No estoy muy seguro… - Adrián sonrió a la gente que tenía a su alrededor. – Creo que no me gustan los conflictos y detesto la guerra, demasiada muerte… es como si hubiera visto mucha en mi vida… tal vez sí sea un militar, después de todo. – El joven se sacudió como apartando de su mente un mal recuerdo, después  se llevo la mano al pecho, aterrorizado se miró sus dedos. Se estremeció, cerró los ojos con fuerza e imágenes de militares y civiles muriendo a su alrededor le llenaron la cabeza. Se vio a sí mismo atravesado por una bala enemiga, la oscuridad cayendo sobre él y… y… el vacío, la sensación de estar en un sitio distinto, un lugar nuevo en el cual todo era posible.



Y hasta aquí lo que tengo sobre el principio de Adriel, cuando aún no he terminado de darle vueltas a la forma de continuar con este relato. Como dije hace algún tiempo, tengo una deuda pendiente con San Judas Tadeo y por eso publico, otra vez, su novena.

San Judas Tadeo, apóstol y mártir, fiel intercesor de todos los que invocamos tu patronato especial. En tiempo de necesidad a ti recurro, desde el fondo de mi corazón, y humildemente te invoco, a ti San Judas, que cumples milagros y ayudas a quienes ya no tienen esperanza. A ti, a quien Dios concedió ese gran poder para venir en mi auxilio. Ayúdame en esta petición actual y urgente, a cambio yo prometo dar a conocer tu nombre y hacer que otros te invoquen. 

La hoja en blanco y la sonrisa de un extraño

La sonrisa de un extraño y la hoja en blanco. Era una mañana tormentosa, el cielo estaba encapotado y las nubes amenazaban con descargar c...