jueves, 29 de mayo de 2014

     Hoy en “Tejedora” quiero hablar de la expresión latina “Carpe Diem”, que para aquellos que no lo sepan significa “Aprovecha el  momento”.
La reflexión viene a cuento porque últimamente me he dado cuenta de que, la mayoría de las personas, yo incluida, pasamos por la vida como si fuéramos fantasmas, sin sacarle todo el jugo posible. Hoy por la mañana he recordado mi infancia y lo mucho que aprovechaba entonces el momento, me reía, disfrutaba, jugaba con mis primos, algunas veces los mangoneaba, otras me mangoneaban ellos a mí y, sin embargo, le sacábamos toda la chicha posible a la vida. Lo maravilloso de ser un niño es saber sacar partido a todas las situaciones y tener esa extraordinaria capacidad de disfrutar de cada día como si fuera el último. A medida que nos vamos haciendo mayores perdemos esa ingenuidad y esa facultad de sorprendernos hasta por el más mínimo detalle: las obligaciones escolares, las expectativas paternas, la adolescencia (¡Ay madre que época! Tantas dudas existenciales, nos cuestionamos todo, nos rebelamos contra el poder paterno y luego están esos primeros enamoramientos, que nos creemos que van a durar para siempre, y las primeras decepciones amorosas. ¡Menos mal que ya pasé por todo eso y no creo que vuelva a hacerlo! J)
     Por eso, a veces, necesitamos sacar a nuestro Peter Pan interno y mirar la vida con los ojos de un niño, disfrutar cada segundo y dejar atrás nuestras preocupaciones de persona adulta. En “Tejedora” hoy los protagonistas son Samuel y Rocío.
     SUPERHÉROES
     Samuel se despertó a las ocho de la mañana y caminó hacia la televisión para ver sus dibujos favoritos, saludó a su madre con un beso, se sentó en el sofá y esperó a ver a los superhéroes hacer su trabajo. Samuel, de diez años, tenía una cosa muy clara; cuando fuera mayor, sería un Superhéroe.
     Veinte años después…
     Samuel despertó con la sirena de la central, se vistió y bajó. El camión rojo lo esperaba con sus compañeros y se permitió sonreír al recordar  su infancia, cuando soñaba con tener una capa roja y un traje azul. La vida le había demostrado que los héroes no existían, sino personas que, cada día, luchaban por sobrevivir en un mundo cada vez más cruel.
El camión salió con la sirena retumbando en sus oídos y el silencio en su interior. En los momentos previos a extinguir un fuego guardaban silencio; algunos para rezar y otros para concentrarse en sus familias y amigos.
Samuel adoraba su profesión y disfrutaba cuando salvaba la vida a una persona o cuando extinguía un fuego. Era su manera de luchar contra la injusticia, de ser un héroe, pero la vida le había hecho olvidar que él no necesitaba una capa roja y un traje azul, porque le bastaba con un traje ignífugo.
     Llegaron al lugar del incendio; la casa estaba en llamas y en el exterior una madre con un bebé en brazos gritaba desgarrada por el dolor.
     - ¡Mis hijos! – Samuel no se paró a consolar a esa madre, se cubrió la cabeza con el casco y entró en la vivienda. En el interior sintió el calor abrasador que siempre había en un lugar plagado de llamas, miró en todas las habitaciones de la casa, hasta llegar a la que estaba más alejada de la entrada. Abrió la puerta y se maravilló al ver lo que había tras ella: Una niña, de unos diez años, vestida con un traje azul y capa roja, tenía en sus brazos a un niño más pequeño, cubría su cuerpecito para protegerlo, le sonreía y le contaba una historia sobre los superhéroes que los salvarían.
     La niña levantó su mirada y al ver a Samuel le sonrió.
     - Te lo dije, Marcos, ha venido un superhéroe.- Después le entregó al niño a Samuel y cuando ya estuvo en sus brazos se desmayó.
     Marcos empezó a llorar y Samuel, por primera vez en veinte años, se conmovió y recordó porque razón siempre había soñado con convertirse en un superhéroe; esa niña le había recordado el motivo que lo había empujado a ser bombero y, cosas de la vida, también recordó algo que, con los años, se le había olvidado: Carpe Diem! Disfruta del momento.
     - Marcos, ¿confías en mí? – Le preguntó al pequeño.
     - Sí. – Contestó.
     - Bien, necesito que seas muy fuerte, quiero que te agarres a mí fuerte para que pueda coger a tu hermana y sacaros a los dos de aquí con mis súper poderes, ¿lo harás?
     - Sí. – El pequeño se agarró muy fuerte al cuello de Samuel, él cogió a la niña inconsciente y salieron de la casa. Las llamas eran cada vez más intensas, Samuel corrió como nunca lo había hecho en su vida, protegiendo a ambos niños con su cuerpo. En un tiempo indeterminado, podría ser un minuto podrían ser quince, los tres salieron por la puerta. La llorosa madre corrió hacia su hija y, aterrada, gritó un nombre.
     - ¡Rocío! – Los sanitarios acudieron con rapidez para ayudar a la niña y cuando ella, por fin, abrió los ojos tenía una enorme sonrisa en su rostro, no miró a su madre, sus ojos viajaron hasta su hermano pequeño y corrió hacia él para abrazarlo. Marcos se echó a llorar y Rocío buscó Samuel, lo localizó y caminó hacia él.
     - Gracias, superhéroe. – Le dijo y, ahí, frente a una niña manchada de hollín, Samuel descubrió que era lo que siempre había soñado: un superhéroe de carne y hueso.
     - En realidad la superheroína has sido tú, pequeña. – Le dijo.- Me has salvado la vida.
     - ¿Yo? – Rocío miró a Samuel con sus enormes ojos verdes, él le sonrió y se agachó para estar a su altura.
     - He recordado cosas que había olvidado, a veces, los superhéroes necesitamos a niños como tú para ver la vida como si fuera un regalo y disfrutar cada segundo de ella.
     - Jeje, ¡qué cosas más raras dices! – Rocío besó a Samuel en la mejilla y después corrió hacia Marcos que la esperaba sonriendo, se pusieron a jugar y Samuel regresó al camión de bomberos.
Las llamas se habían extinguido en la casa, pero en el interior de Samuel se había iluminado una pequeña llama, la de la ilusión de volver a ver las cosas con los ojos de un niño.
     Fin
     Quizás me he pasado quemando la casa de Rocío y su familia, pero lo cierto es que lo maravilloso de ser un niño es esa capacidad innata que tienen para sacar partido de la peor situación posible. Quería demostrar con esta historia que siempre hay que mantener un rayito de esperanza y tener los ojos abiertos para, de vez en cuando, descubrir la belleza en las pequeñas cosas de la vida; ya sea porque sale el sol por la mañana o por recordar alguna anécdota de nuestra infancia, olvidada, y evocarla con ilusión.
     Desde esta bitácora os ánimo a sacar una de esas anécdotas y disfrutar de ella como la primera vez que la vivisteis.
     Hasta la semana que viene y recordad, Carpe Diem!

jueves, 22 de mayo de 2014

     La semana pasada presenté mi primera novela:”Ariel y el asesino de mujeres”, que edita la editorial “Hades” y por esa razón he decidido publicar hoy en “Tejedora” un par de páginas de la novela. Espero que os guste y, hasta la semana que viene.
Ariel y el asesino de mujeres
Son las siete de la mañana.           
       A esas horas las personas decentes de esta ciudad están dormidas o haciendo el desayuno para ir al trabajo y llevar los hijos al colegio. Pero, obviamente, yo no soy una persona normal. Tengo veintiocho años y pertenezco a esa clase de mujeres independientes, de clase media, con la educación en los mejores colegios, carrera universitaria y sin pareja. Insisto en lo de lo que no tengo pareja porque, al contrario que todas mis amigas, no niego la necesidad de una, aunque sólo sea para tener alguien con quien pelearme por los cereales.
      Estoy en esta cafetería a las siete de la mañana porque investigo un sospechoso de caso de fraude.
      Os contaré algo más sobre mí.
      Soy licenciada en periodismo y también tengo un doctorado en literatura hispanoamericana.
       Cuando terminé la carrera y el doctorado me metí a varios cursos de criminología para ser una periodista de investigación conocida mundialmente por destapar un escándalo Watergate. Me imaginaba entrevistada por todos los medios y como ejemplo vivo del buen hacer periodístico.
       Ese era mi plan maestro, pero no he destapado ningún escándalo Watergate y el único que me entrevista es mi padre los fines de semana para saber con qué melenudo poco adecuado salgo.
      Mis aventuras amorosas son la comidilla de mi casa familiar cuando voy de visita.                         Mis hermanos están casados y tienen un par de retoños cada uno. Mi hermana pequeña se casa este verano y yo soy la madrina de la boda, una madrina desparejada.
      En fin, al menos mi vida laboral es satisfactoria, más o menos.
      Trabajo en una agencia de detectives privados y mi jefe debe de ser uno de esos pocos heterosexuales tremendamente guapo, sin pareja.
      Bueno, para ser honestos, sí tiene pareja. Se llama Silvia y tiene el par de piernas más largo que he visto en mi vida. Ella lo tiene bien agarrado y a mí sólo me queda suspirar por él.
      Ay… Ken… sí, ya lo sé, el nombre es un poco… un poco de muñeco de Barbie, pero no podía ser perfecto, ¿verdad?
      Así que como mi guapísimo jefe de ojos verdes está ocupado con su novia de las largas piernas, aquí estoy yo, a las siete de la mañana de un frío dos de mayo, tomando café en una cafetería de barrio de una gran ciudad.
      Ahora que lo pienso… no os he dicho mi nombre, ¿verdad?
      Me llamo Ariel Silva Kindelán y a pesar de mi segundo apellido, soy gallega. Me podéis llamar Ariel, como el detergente y la sirenita de Disney.
      Ya ha pasado media hora desde que entré en esta cafetería y tengo los pies entumecidos mientras espero ver algún indicio del hombre al que tienen que pagar un seguro millonario porque quemaron su casa.
      A estas alturas del día me duele la cabeza, tengo frío y sueño. Llevo despierta desde las ocho de la mañana de ayer persiguiendo a este supuesto estafador por toda la ciudad y siento que no puedo seguir así.
      En días como hoy me planteo porque no seguí los consejos maternos y me dediqué a algo menos sacrificado como derecho o la enseñanza...
      Voy por mi segundo café con leche y…
      Un momento, el sujeto se mueve.
      Me bebo el café de golpe, con lo que me quemo la lengua, pago dos euros y salgo pitando detrás de Diego Álvarez, mi objetivo. Si os soy sincera, cada vez que veo a este hombre me recuerda a alguien, pero a día de hoy aún me pregunto a quién. No es que sea de las que se quedan con las caras, pero este hombre...
      Bueno eso ahora no tiene importancia, que me desvío del tema. Sigo por donde iba, le persigo durante dos largas horas. Estoy cansada y mis dos grabadoras están a punto de quedarse sin pilas.
      Diego entra en un antro muy oscuro, le piso los talones y logro colarme dentro. Un grupo de personas lo rodean y yo me escondo detrás de una enorme palmera de plástico tratando de captar todos sus movimientos.
      “Joder, Ariel, ahora sí que te has lucido. Estos tíos son unos matones y van a por Diego.”  Pienso y de pronto veo cómo los matones rodean a Diego.
      Y se me ocurre una idea.
      Mi jefe me va a matar cuando se entere, pero qué demonios, no voy a dejar que maten a mi objetivo.
      Así que me subo la falda un poco más de lo permisible, guardo mi jersey de cuello vuelto en el bolso y me pongo la cazadora de cuero, espero parecer una chica mala.
      Y entro en acción.
      - ¿Buenas? ¿Hay alguien? – Me planto delante de los matones y Diego, rezo para que no me hagan nada y confío en la treinta y ocho que tengo oculta en mis botas de tacón alto.
      - ¿Qué haces aquí? – Me pregunta un tío de aspecto bruto y yo me quedo en blanco, no se me ocurre nada, he salido al estrado y ni siquiera tengo un plan de acción.  Joder, estoy apañada, me empiezan a temblar las piernas y estoy convencida de que voy a desmayarme.
      Un hombre de unos treinta años se adelanta, me toma de la cintura y besa mi boca apasionadamente.
      Yo me derrito, la verdad. Tiene unos ojos grises como el acero y el tono café con leche de su piel hace que me estremezca entera.
      - Es… Sandy, mi nueva novia. ¿Guapa, eh?

      Hasta aquí el fragmento de Ariel, espero que os guste y si es así podéis echar un vistazo a la página  de Facebook “Ariel y el asesino de mujeres”.
      Hasta la semana que viene.


jueves, 8 de mayo de 2014

Hoy en “Tejedora” quiero hacer una reflexión sobre la amistad y los amigos.
Lo cierto es que, para bien o para mal, yo tengo unas cuantas experiencias en el tema amigos. Algunas muy buenas y otras, no tanto. Lo cierto es que yo siempre he creído que los amigos son la familia que nosotros elegimos, y, por suerte, nuestros amigos son verdaderamente extraordinarios.
A lo largo de mi vida he conocido a diversas personas, he tenido amigos que sólo se escuchaban a sí mismos y cuando yo les hablaba de mis preocupaciones siempre me decían “y yo más”. He tenido otros que me hacían sentir inferior o menos valorada porque decían que no era tan guapa, simpática y maravillosa como ellos. También he tenido amigos que deseaban mi vida lo cual, a día de hoy, todavía me sorprende porque no es que yo tenga una vida extraordinaria y me pasen cosas fabulosas todo el tiempo, de hecho, diría que mi vida es bastante complicada y por cada cosa que me sale bien, hay otra que me sale del revés.
Esas son las malas experiencias, pero por suerte también tengo amigos increíbles, maravillosos, que han estado a mi lado en los peores momentos  y cuya presencia hace que sonría sin proponérmelo. A ellos les dedico esta historia para agradecerles su apoyo incondicional y esa maravillosa costumbre de hacerme sentir mejor de lo que soy.
Este relato va por vosotros, porque os quiero.
AMIGOS
Todo empezó el primer día de clase, llegó nuevo y se sintió muy pérdido porque había dejado atrás a sus amigos e incluso a sus enemigos. En su anterior colegio había encontrado un lugar en el cual encajar, un grupo en el que se sentía bastante cómodo, aunque no todos los miembros le cayeran igual de bien. Así que empezar en un sitio nuevo era para él un desafío mayor de lo que hubiera imaginado.
En la primera clase prestó atención a los diversos grupos que había: góticos, emo, hipster… había una gran colección de las nuevas tribus urbanas y él no creía encajar en ninguna de ellas. Era un tipo común y corriente, se vestía a su aire, no le preocupaba lo más mínimo su aspecto y no se inquietaba si se manchaba el vaquero.
En la hora de descanso vio como cada pandilla se distribuía por una parte del instituto y se sintió como un perro verde. Se sentó en un escalón y sacó su teléfono móvil del bolsillo para “wasapear” a alguno de sus antiguos amigos, sin embargo, la distancia era un problema y sabía que más tarde o más temprano debería buscarse un nuevo grupo en el cual integrarse. La respuesta de su mejor amigo le llegó al instante, le decía que echaba de menos su compañía y le contaba los cotilleos del día de su antiguo instituto. Eso lo hizo reír durante un breve lapso de tiempo, fue capaz de escribir un par de chistes manidos y Julián, desde el otro lado, respondió con un emoticono.
El timbre sonó y tuvo que dejar atrás su pasado para centrarse en el futuro. En su nueva clase los grupos seguían siendo los mismos y él se hundió más en su propia miseria. Sus padres estaban muy contentos con el traslado, al fin y al cabo, habían ascendido a su padre y eso siempre era bueno, salvo cuando eres un adolescente incomprendido que tardó un par de años en encontrar un lugar en el cual encajar para perderlo todo en menos de un minuto.
La siguiente hora de descanso caminó sin rumbo por el instituto. Había en el fondo un grupo especialmente ruidoso y a él le cayeron mal, así, sin razón ni motivo aparente.
Al concluir las clases regresó a su casa, el trayecto lo hizo en silencio, mirando los edificios de su nueva ciudad, tratando de memorizar el esquema de su nuevo hogar, aprendiendo nuevos caminos y sintiéndose terriblemente pequeño. Estaba metido en sus propios pensamientos cuando alguien se colocó a su lado, se giró y observó a uno de los chavales del grupo ruidoso del instituto.
- Soy Edu. – Le dijo y le tendió la mano.- Bienvenido a la ciudad.
- Soy Marco.
- El nuevo, lo sé. – Edu le sonrió.- ¿Quieres venir con mis amigos y conmigo al cine?
- ¿Cuándo?
- Esta tarde, vamos a ver la última de Tarantino.
- No me conocéis.
- No importa, es difícil ser el nuevo y no integrarse en ningún grupo, lo sé, yo fui el anterior nuevo, pero por suerte Lucas, Irene, Silvia, Héctor y Enrique me ayudaron a integrarme.
- Sois muy ruidosos. – Dijo con cierta timidez.
- Porque nos divertimos mucho juntos, si te unes a nosotros descubrirás que la vida es más sencilla cuando hay personas que te aceptan tal y como eres, sin estereotiparte.
- Me gusta Tarantino.
- Te pillamos a las cinco en la puerta del instituto. Hasta la tarde, Marco.
- Hasta la tarde, Edu.
Vi a su nuevo amigo alejarse y regresó a su casa con una sonrisa; ya no le preocupaba encajar o no en el instituto porque había un grupo de personas dispuesto a aceptarlo tal y como era.
FIN

Esta historia es una reflexión basada en mi propia experiencia. A lo largo de mi vida he tenido la inmensa fortuna de conocer a personas increíbles y, por eso, deseaba hacerles un merecido homenaje, quería agradecerles su presencia constante en mi vida porque me han ayudado a crecer como persona y como amiga. No hace falta que hablemos todos los días, porque cuando lo hacemos, da igual si han pasado un año o diez, pues seguimos queriéndonos como el primer día.

jueves, 1 de mayo de 2014

Hoy en “Tejedora” quiero hacer una reflexión sobre la libertad porque me da la sensación de que cada día hay menos libertad y la gente está más condicionada por lo que hay a su alrededor, sin tener en cuenta sus verdaderos sentimientos y sin escuchar su propia voz interior. Creo que nos hemos acostumbrado tanto a seguir a la manada que se nos ha olvidado ser nosotros mismos.
Libertad
Julio había pasado la mayor parte de su adolescencia en un internado, allí había aprendido las cosas importantes de la vida y estaba acostumbrado a no cuestionarse nada porque las cosas eran como debían ser. Por eso él nunca había tenido dudas sobre la vida, quizás porque Julio había estado encerrado entre cuatro paredes, repitiendo los mismos patrones cada mañana, hablando con las mismas personas, tan encorsetado en su propia vida que nunca se atrevía a dar un paso más. Sin embargo, el último año en el internado ocurrió algo que no se esperaba.
Todo empezó por la mañana, ese día llegó un nuevo alumno a su curso, no era como los demás chicos de su clase porque era pelirrojo. Cuando Tomás bajó al patio los amigos de Julio empezaron a criticarlo por ser tan diferente, al fin y al cabo, la mayoría de los alumnos eran rubios y morenos. Julio dijo que estaba de acuerdo, pero la verdad es que en el fondo a él le parecía estupendo que Tomás fuera diferente, porque después de tantos años en el mismo colegio Julio se había empezado a aburrir.
La primera semana de Tomás fue bastante triste, ningún alumno quería hablar con él, ninguno deseaba acercarse a alguien tan diferente. Julio pensó que Tomás estaría triste por no tener amigos, pero lo cierto es que a Tomás le era indiferente encajar o no en ese pequeño mundo porque Tomás había visto el exterior, había disfrutado del sol, de la lluvia, había conocido el dolor e incluso había dado su primer beso. Para Tomás el internado era un lugar más en el que estar y no se sentía solo porque Tomás se sentía muy feliz en su propia piel, sin responder a las convenciones o a las expectativas de los demás.
 El primer mes los amigos de Julio criticaban a Tomás continuamente porque no se ofendía por el hecho de que lo ignoraran y porque el propio Tomás no trataba de encajar en el pequeño mundo en el que habitaban. A la hora del recreo Tomás leía libros, muchos de esos libros no eran recomendaciones de los profesores y Julio cada día se sentía más y más intrigado por Tomás.
El segundo mes había un festivo y los alumnos podían recibir a sus familiares, así que todos se pusieron sus mejores galas y bajaron al patio a ver a sus seres queridos.
Ese día aparecieron muchísimas personas para ver a Tomás, la mayoría de los alumnos se relacionaban con sus parientes más cercanos, pero a Tomás lo fueron a ver primos, tíos, hermanos, padres e incluso abuelos. Julio lo observaba desde la distancia y comprendió la razón por la cual Tomás no encajaba con los demás. Tomás sonreía muchísimo, era el único pelirrojo de su familia y, sin embargo, todos los demás lo miraban con orgullo.
Entonces, en el pequeño mundo de Julio algo cambió, la cosa más inesperada; su madre y su padre caminaron hacia la familia de Tomás y él los siguió. Al llegar hasta ellos observó cómo su madre daba un par de besos en la mejilla a la madre de Tomás y se preguntó porque algo tan simple había cambiado su perspectiva. Se quedó en silencio mientras se hacían las presentaciones, comprendió que su madre y la de Tomás habían sido amigas en su infancia y que había sido su madre la que había recomendado a la de Tomás meter a su hijo en el colegio de Julio. Sin darse cuenta de pronto estuvo inmerso en el mundo de Tomás, aunque procuraba no hacer ruido porque creía que no encajaba. Él no estaba acostumbrado a reírse tan fácilmente y tampoco a que sus padres parecieran personas completamente humanas, capaces de gastar bromas. La hora de las visitas concluyó y cuando la madre de Tomás se iba hizo un regalo a Tomás y otro al propio Julio. Julio la miró sorprendido y ella se limitó a sonreírle.  
     Esa tarde Julio bajó como todos los días a cenar, vio a su grupo de amigos y caminó hacia ellos, sin embargo ellos le dieron la espalda porque ya no respondía al canon.
Julio caminó hacia una mesa al fondo, se sentó solo y pensó que la vida era bastante más complicada de lo que siempre le habían dicho entre esas cuatro paredes. Estaba dispuesto a cenar solo cuando Tomás se sentó a su lado y le sonrió.
- Tú no eres como ellos, pero aún no te has dado cuenta, Julio. – Le dijo.
- ¿Por qué te has sentado conmigo? Me porté mal contigo, nunca he sido amable y no he intentado acercarme a ti.
- Me caes bien. – Respondió Tomás y cenaron en silencio, al terminar cada uno regresó a su habitación.
A la mañana siguiente Julio se levantó y bajó a desayunar, Tomás ya había llegado y Julio se sentó a su lado.
- Esta mañana me he despertado muy contento.- Explicó.- He comprendido que es más fácil no tener que ser como los demás.
- Aprendes rápido.
- Hasta ayer creía que no debía ser una nota discordante en este lugar pero ¿sabes?, he cambiado de opinión.
- Me alegro, ¿te apetece que vayamos a la biblioteca?
Hay un montón de libros interesantes y la bibliotecaria es una mujer muy divertida.
- Me gustaría que me hablases de lo que hay fuera.
- ¿Fuera de los muros?
- Sí. 
- Fuera de los muros hay mucha gente; cada persona es diferente y, aunque no te lo creas, fuera también hay personas que como tus ex amigos piensan que las cosas solo pueden ser blancas o negras, no son capaces de ver los colores del Arco Iris, están metidos en su pequeño e insignificante mundo y son incapaces de ver más allá de sus narices.
- ¿Por qué son así?
- Porque se han olvidado de lo que es la libertad, están tan acostumbrados a seguir al rebaño que han dejado atrás su individualidad. Por suerte todavía quedan personas capaces de salirse del redil y cambiar las cosas, a veces basta con que alguien se atreva a dar un pequeño paso adelante.
- Eso parece tan difícil…
- Y lo es, más de lo que te imaginas, pero si cada persona da un pequeño paso cada vez las cosas cambiarán. No es un proceso rápido, ya sabes que Roma no se construyó en un día, pero si hay más personas como tú, capaces de abandonar la seguridad del rebaño, entonces todavía queda esperanza.
- Julio observó a Tomás y sonrió, en un mes había aprendido una lección que a algunas personas les llevaba toda la vida comprender y se sintió feliz. Ya no le preocupaba encajar en el redil, prefería ser como Tomás un poco más libre y completamente feliz.
FIN

Esta reflexión viene a cuento porque cada día hay más coacciones a la libertad y no solo en Siria, Venezuela o Rusia, cada día hay más lugares en los que los líderes coartan a sus votantes, a veces son cosas pequeñas, pero por desgracia las cosas pequeñas se van haciendo más y más grandes cada vez. Desde esta bitácora alzo la voz para que surjan más Julios entre nosotros, personas dispuestas a defender la libertad, pero sin usar la violencia porque si se emplea no somos mejores que quienes limitan nuestras libertades.

La hoja en blanco y la sonrisa de un extraño

La sonrisa de un extraño y la hoja en blanco. Era una mañana tormentosa, el cielo estaba encapotado y las nubes amenazaban con descargar c...