domingo, 3 de febrero de 2013

Hoy publico el segundo capítulo de esta versión de "La decisión". En esta, Daniela toma una decisión que va a cambiar su vida.
Capítulo 2
A primera hora de la mañana el edificio se veía tenebroso, recortado en la parte más alta de una montaña. Era el único en la zona, a su alrededor sólo un bosque oscuro y un pequeño riachuelo. Un gran cartel anunciaba “Lugar de recuperación Río Azul”, pero la realidad difería de ese letrero. El edificio albergaba un Hospital Psiquiátrico dónde la mayor parte de sus habitantes eran enfermos mentales, incapaces de vivir sin tratamiento.
La decisión de ir hasta ese lugar no había sido fácil de tomar. Tras esos muros se encontraba mi ex, quien me había obligado a pasar por mi vida como un fantasma y me había impedido avanzar. Llevaba trece años sin verlo, pero si quería recuperar mi existencia debía enfrentarme a él o seguiría asustada, bebiendo cantidades ingentes de alcohol, acostándome con desconocidos y caminando por la senda de la destrucción.
Cogí aire, conté hasta veinte y me encaminé hacia la entrada. Un guardia de seguridad me cogió el carnet de identidad, me registró de arriba abajo y me preguntó el motivo de mi visita.
- Vengo a ver a un conocido. – Le expliqué. – Miguel Abril.
- Miguel, ¿eh?
Lleva una semana bastante calmado, adelante.
- Gracias. – Caminé hacia el interior del edificio, en la entrada una enfermera rubia me interceptó.
- Buenos días, ¿motivo de su visita?
- Miguel Abril.
- Querida, esa es la persona a la cual vienes a visitar, lo que yo te preguntó es el motivo.
- Enfrentarme a mis demonios imagino. – Dije y acaricié la parte superior de mi cicatriz, perfectamente visible con la camiseta de cuello de pico que llevaba.
-  ¿Seguro que no vas a quedarte una temporada? – Indagó la enfermera al verla.
- No  me la hice yo, me la hizo él.
-  Entonces eres Daniela, ¿por qué has venido?
No creo que le haga bien verte y a ti, desde luego, tampoco parece que te vaya a servir de mucho.
- Voy a matar a todos mis demonios, llevo trece años malviviendo y estoy decidida a cambiar mi destino. A usted tal vez le parezca una idiotez, pero no puedo seguir huyendo de mi pasado, debo enfrentarme a él y superarlo.
- Lo sé, querida, pero… ¿venir aquí?
- Dígame su habitación, por favor, antes de que desfallezca mi valor y salga corriendo por esa puerta.
- Tercera planta, habitación trescientos cinco.
- Gracias.
- ¿Quieres que te acompañe?
- No. Debo hacer esto yo sola.
            - Al entrar en el ascensor mis piernas desfallecieron, una parte de mí misma me instaba a salir huyendo, a evitar ese encuentro y seguir cómo estaba. La otra me recordaba el extraño sueño, lo que significaba y la razón por la cual estaba allí. Cuando a puerta se abrió mi corazón latió apresurado. Me obligué a dar un paso tras otro hasta llegar a la trescientos cinco. Allí mi valor estuvo, una vez más, a punto de traicionarme, sin embargo golpeé la puerta.
            - Adelante. – Me invitó su voz desde el interior y mi corazón saltó en el pecho al escucharlo. Lo había amado tanto, tanto, que le había permitido clavarme un cuchillo de carnicero.
            Abrí la puerta. Él me miró y lo amé una milésima de segundo, hasta que la cicatriz me picó.
            - Miguel.
            - Eres la última persona que esperaba ver aquí, Daniela.
            - Lo sé.
            - ¿Por qué has venido?
            - No lo sé. – Me acerqué a él y me arrodillé frente a su hermoso rostro. – Sigues siendo el hombre más guapo que he visto en mi vida, Miguel. Ni siquiera este lugar ha podido robarte tu cara de ángel.
            - Mi cara de ángel casi acaba contigo. – Me dijo fríamente, después con sus dedos acarició mi cicatriz, haciendo que mis piernas temblaran con su roce.- Esto te lo hice yo.
            - Sí, fuiste tú.
            - Te amo tanto… que duele. – Susurró.- ¿Por qué me obligas a verte, Daniela?
            - Solías llamarme Dany.
            - Solía amarte y casi te mato.
            - Estabas enfermo, Miguel, tú no tienes la culpa.
            - Eso dicen mis médicos, pero no cambia el hecho de que las voces me obligaron a clavarte un cuchillo desde la clavícula al apéndice.
            - He evitado verte durante trece años, trataba de fingir que nada había ocurrido, pero esta cicatriz tiene la puñetera costumbre de recordarme todos los días el pasado.
            - ¿Para qué has venido, Dany?
            - Al principio no lo sabía, ahora sí, he venido a perdonarte.
            - No deberías perdonarme, soy un monstruo.
            - Estás enfermo, Miguel y no eras consciente de lo qué hacías.
Soy médico, ¿sabes?
            - ¿Médico?
            - Mi doctor, Darío Pardo,  me trajo de nuevo a la vida, yo me sentí en deuda con él y estudie Medicina. Por eso sé los motivos por los cuales me atacaste ese día. No eras tú, las conexiones de tu cerebro no estaban bien, fue tu primer brote de Esquizofrenia. Ahora, con la medicación, puedes controlar los síntomas.
            No voy a engañarte, una parte de mí nunca podrá perdonarte, me hiciste daño y no fue tanto el dolor físico como el psicológico. Te amaba, tanto que te permití clavarme ese cuchillo. Me creí Julieta, tenía diecisiete años y bastantes pájaros en la cabeza, pensé… no sé lo que pensé en realidad, pero ¿sabes? Tras trece años he vuelto a verte, las piernas me temblaron, recordé cómo me sentía al ser amada por ti y por ese instante he decidido perdonarte.
            No voy a volver nunca, no quiero saber nada de ti nunca más. Sólo he venido para enfrentarme a mis fantasmas del pasado y superarlos.
Durante cinco años tenía pesadillas atroces, en ellas tú terminabas lo que empezaste. Fui a psiquiatras, a psicólogos, me mediqué muchísimo y me aferré a mis libros de Medicina para no pensar en ti, en lo que me hiciste. 
Darío tardó muchísimas horas en salvarme la vida, pero sobreviví.
- Sé lo que te hice.
- Sí, pero no entiendes cómo me sentí yo.

Me rompiste el corazón y eso fue lo que más me dolió, no he sido capaz de amar a nadie más, no confío en las personas y al único hombre que he amado, aparte de ti, nunca me atreví a confesarle mis sentimientos. Lo veo todos los días y sé que es feliz con su mujer, pero una parte de mí siempre se preguntará si podría haber sido distinto.
            Te perdí a ti, me perdí a mí y lo perdí a él.
            - Lo siento.
            - Lo sé, Miguel. Te he dicho que vine a perdonarte porque sólo de esa manera podré seguir adelante.
            - Puedes decirme quién es, me gustaría saberlo.
            - No.
            - ¿Serías feliz con él?
            - Ni siquiera me lo he planteado seriamente… es… complicado. Es hora de que me vaya, me da miedo estar más rato aquí. – Reconocí. – Adiós, Miguel.
            - Adiós, Daniela.
            - Me alejé de Miguel, le dediqué una última mirada antes de abandonar la habitación y cerrar la puerta. En el exterior caminé varios pasos hasta que, finalmente, me senté en el suelo frente al ascensor. El terror me consumió: reviví el momento, el dolor, la soledad…
            Sentí una reconfortante mano en mi espalda, levanté la cabeza y me encontré con la enfermera que me había recibido.
            - Ya te lo advertí, no era una buena idea.
            - Lo sé, pero me siento mejor.
            - Me he dado cuenta, tú ya estabas preparada para cerrar esa parte de tu pasado.
            - ¿Por qué lo supo?
            - Llevo trabajando aquí veinte años y tengo experiencia. Ven, vamos a mi despacho.
            - Pensé que usted era una enfermera.
            - Lo sé, sígueme. – La mujer me condujo a un despacho situado en la última habitación de la tercera planta. Entré en él y me ofreció un té. – Me llamo Macarena Domínguez, soy la doctora de esta planta.
            - Gracias por todo, doctora Domínguez.
            - Es mi trabajo y, de vez en cuando, es agradable ver a una persona afrontar sus traumas.
            - ¿Supo quién era yo?
            - Él tiene una foto tuya escondida en el último cajón de su mesilla, cuando Gerardo me dijo que tenía una visita joven se me ocurrió que debías ser tú y no me equivoqué.    
            - ¿Por eso vino a recibirme?
            -  Debía asegurarme de que estabas preparada para ese encuentro.
Él si lo estaba, llevaba trece años esperándolo.
            - ¿Por qué no me lo dijo desde el principio?
            - Te habrías asustado.
            - En realidad ya lo estaba, me costó mucho entrar en su habitación.
            - Lo imagino.
Dime Daniela, ¿cómo te sientes ahora?
            - Aliviada, he sido capaz de enfrentarme a mi fantasma.  Lo cual resulta irónico, pues durante trece años ni los psiquiatras, ni los psicólogos, me ayudaron a superarlo.
            - Para avanzar debes enfrentarte a tus miedos, es la única opción.
            - ¿Cómo estará él?
            - ¿Él?
Mejor, necesitaba tu perdón.
- No voy a volver, cerré mi pasado y no tengo intención de abrir la caja de los truenos nunca más.
- Lo comprendo.
- Sólo… cuídelo, en realidad me da un poco de lástima. Si no me hubiera conocido tal vez no le habría dado el brote y…
- Lo habría hecho de una u otra manera, necesita tratamiento y no es culpa tuya.
- Lo sé, pero lamento haber sido yo la responsable de su primer ataque.
- No fuiste tú, sino él.
- Conscientemente lo sé, pero en mi interior siempre me sentiré un poco responsable.
- Eso también lo comprendo.
- Debo marcharme. – Me incorporé de la silla y le dediqué una sonrisa. – Gracias por estar ahí cuando perdí los papeles y por el té.
- Ha sido un placer, Daniela.
- Adiós. – Me despedí, salí de la puerta, caminé hacia el ascensor y una media sonrisa se dibujó en mi rostro al pensar en el trabajo.


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