viernes, 5 de septiembre de 2014

Hoy en “Tejedora” me gustaría compartir con vosotros una historia en la que estoy trabajando. Dentro de mis géneros literarios favoritos ocupan un privilegiado lugar la fantasía y la novela negra. De hecho, últimamente aparte de trabajar en la segunda historia de Ariel, la protagonista de mi primera novela que publicó la editorial Hades, estoy empezando a trabajar en un proyecto de novela negra bastante siniestro, no sé de dónde me ha salido el ramalazo, pero creo que leí a tantos autores suecos de novela negra que me metieron el gusanillo de hacer mi propio intento de novela negra.
 No sé en qué quedará, pero os dejo un par de páginas que he escrito sobre “El cazador y su aprendiza”, por ahora es un título provisional, no sé si cuando lleve algo más avanzada la historia lo cambiaré, en fin, como siempre son los personajes los que me llevan a mí y no al revés, puede cambiar cualquier cosa de aquí a que termine esta historia.

El cazador y su aprendiz
AIDAN
Aidan se despertó de buen humor; había dormido estupendamente después de haber pasado la noche con un atractivo hombre de negocios.
Salió del dormitorio y caminó hasta la habitación de las pelucas, sonrió al verlas en sus hileras. Las había lavado la noche anterior con su champú favorito de coco, le gustaba porque recordaba a la primera mujer con la que se acostó; una cariñosa madre de acogida de origen italiano. La recordaba por sus turgentes pechos y por los tres orgasmos que tuvo cuando succionó su pene; era una experta. Poco después la madre fue denunciada por Eric, uno de sus hijos de acogida y su mejor amigo en esa casa, después de ambos fueron enviados  a casas diferentes y tardaron años en reencontrarse.
     Caminó hacia sus pelucas y las observó todas. Recordó a su madre biológica con añoranza.
Ella era  una mujer frágil, latina, terriblemente hermosa, pero incapaz de ver lo que su padre le hacía. Así, hasta el día en que lo descubrió abusando de su hijo en el cuarto de la lavadora.
Esa mañana se había ido a la compra, el degenerado de su padre aprovechaba esos momentos para abusar de Aidan porque Luciana solía tardar una hora en hacer todos los recados, pero ese día llegó antes y cuando vio lo que Cormac le estaba haciendo trató de separarlos, pero Cormac era un irlandés fuerte y estaba muy borracho, así que la golpeó.
Aidan solo reaccionó cuando vio el cuerpo de su preciosa  madre en el suelo, atacó a Cormac con una lámpara y después corrió hacia casa de los vecinos para pedir ayuda; se quedó en la casa de los señores O´ Flaherty hasta que llegó la policía. Entraron en su casa, separaron a Cormac se Luciana, pero no pudieron hacer nada por salvarla. El degenerado de su padre la había matado.
Después de eso él fue enviado a diferentes casas de acogida para protegerlo de su progenitor, mientras su padre cumplía diez años de condena en una prisión federal porque el hijo puta hizo un trato.
Durante esos diez años Aidan se hizo fuerte, creció, se endureció y el mismo día en que su padre salió de la prisión lo fue a buscar. No fue difícil localizarlo, el cabrón estaba en un salón de juegos tratando de engañar a otro chaval. Sin embargo, Aidan estaba decidido a que su padre pagara por lo que le había hecho a él y a su madre, Cormac nunca más sometería a otro a las vejaciones que sufrió él durante su infancia.
 Cormac no lo reconoció, después de diez años ya no se parecía demasiado al niño asustado que lo había enviado a la cárcel. Su padre lo invitó a tomarse una copa en un local de ambiente y, más tarde, lo invitó a acompañarlo a su casa. Aidan lo siguió. Al entrar en el salón el padre lo empezó a desnudar y él se dejó quitar la camisa, incluso los pantalones, cuando su padre empezó a tocarle le dio un puñetazo que lo dejó inconsciente. Después lo ató a una silla y lo reanimó. Al principio Cormac no sabía qué había ocurrido, pero el rostro se le desencajó de terror cuando descubrió quién era el hombre al que había invitado a su casa. Trató de disculparse, afirmó que se había arrepentido y que había pagado su pena, pero Aidan no sintió la más mínima compasión por él.
Sacó una treinta y ocho de su chaqueta y le pegó un tiro entre ceja y ceja.
 Fue muy fácil.
Antes de abandonar la casa, limpió su rastro y regresó a su piso donde celebró su victoria brindando por Luciana con una botella de Tequila.
Al día siguiente recibió una llamada comunicándole la muerte de su padre, aunque la policía no se molestó en investigarla. Después de todo acababa de salir de la cárcel y, en una ciudad pequeña como la suya, un pederasta muerto era mejor que uno vivo. Él no fingió que le importaba y a los policías tampoco les preocupó su carencia de sentimientos; era un lugar pequeño y todos sabían lo que le había hecho. Le dijeron que si quería el estado se podía hacer cargo del cuerpo, pero Aidan dijo que lo enterraría como el animal que era, sin funeral.  A la policía esa solución le pareció perfecta.
En cuanto recibió el cuerpo del desgraciado cavó un agujero en el jardín, lo tiró y lo cubrió con cemento y piedras.
FIN
¿Y? Sí, lo sé, el vocabulario es un poco ordinario, la descripción de la escena bastante grotesca y lo de incluir a un pederasta, dadas las circunstancias actuales, casi parece una provocación. Pero quería hacer algo del género y esto fue lo que ocurrió a mi mente cuando me enfrenté a la página en blanco de mi ordenador.
Espero críticas, así sabré si voy bien encaminada con esta aventura literaria negra como la noche.
Hasta el próximo “Tejedora”. J

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