miércoles, 18 de marzo de 2015

La Hija del Viento

  Últimamente me he dado cuenta, bueno ya lo sabía de antes pero a veces me olvido, de que la vida siempre nos acaba poniendo en lugares en los que no querríamos estar y estamos en continúa lucha por ir superando las pruebas que nos pone en nuestro camino. Dicen que la vida es un aprendizaje y estoy completamente de acuerdo, pero el aprendizaje ya podía ser más sencillo.
En cualquier caso, mi breve historia de hoy no va a hablar de lo dura que es la vida, ni de las múltiples pruebas y etapas que vamos superando. 
No.
 Hoy quiero hablaros de un personaje que se me ocurrió leyendo "El nombre del Viento" y "El temor de un hombre sabio", los libros de la trilogía de "Asesino de Reyes" del escritor estadounidense Patrick Rothfuss al que admiro profundamente. 
Este es mi homenaje para Rothfuss y Kvothe.

LA HIJA DEL VIENTO
  El murmullo despertó a una joven que dormía en lo alto de un acantilado. Tenía el pelo oscuro, los ojos de color aguamarina y una belleza capaz de alterar a los trovadores de todos los tiempos. Sobre ella figuraban leyendas en todos los rincones conocidos de esa parte del mundo. Hablaban de la Hija del Viento como si fuera una heroína sacada de las mejores historias de antaño. 
  En realidad ella no se creía tan especial ni tan hermosa como los demás decían. 
    Había nacido en una pequeña ciudad al norte, en el seno de una familia pobre que se amaba profundamente, pero sin dinero para subsistir. Dependían de los escasos cultivos que tenían que arañar a la tierra y del agua que cogían del río. A pesar de ello nunca se sentía sola; solía salir de su casa descalza, correr por los campos  y escuchar el Viento. 
   Le gustaba bailar con su melodía porque para ella el Viento en realidad casi siempre estaba cantando, llevando voces de otros lugares hasta ese rincón de la tierra. A veces eran picarescas canciones de trovadores, en ocasiones las hermosas melodías de los actores que recorrían los pueblos para hacer reír a los niños, aunque otras veces lo que reinaba era un gran silencio; como si el Viento se sintiera solo y se refugiara en la parte más alejada de sí mismo.
  Para ella el Viento siempre había sido un amigo, alguien con quien deleitarse, con quien poder olvidarse por un instante de la soledad que arañaba su corazón en algunas ocasiones.
   Y, entonces, nació su hermano; era  frágil y tenían que doblar sus esfuerzos para cuidarlo. A ella no le importaba porque adoraba a su hermanito; era bonito, era gracioso y tenía unos mofletes muy gordotes que ella solía apretar con cariño. Pero desgraciadamente ese año la cosecha fue muy pequeña y su familia no tenía dinero para alimentar cuatro bocas. 
  Una mañana escuchó a hurtadillas una conversación de sus padres diciendo que darían en adopción al pequeño y se quedarían con Loira porque no podían mantenerlos a los dos. En principio se alegró, pero después pensó en su pequeño hermanito, tan frágil y hermoso, ella no quería que lo criaran unos desconocidos, así que cogió las pocas pertenencias que podía tener y corrió hacia el bosque donde el Viento solía cantar.
   Al llegar escuchó la canción de un niño tremendamente triste y se conmovió. De algún modo la melodía tocó su corazón y se dejó envolver por el viento para llegar hasta quien cantaba esa melodía. Lo observó en silencio, era pelirrojo y estaba solo.
Poco después descubrió, con cierta sorpresa,que había viajado en brazos del Viento.
  Miró a su alrededor y en su corazón descubrió el nombre del Viento, escuchó su voz y comprendió que había decidido adoptarla. El Viento siempre la había observado, había escuchado los latidos de su corazón y se había sentido acompañado por ella. Cuando vio lo que tenía que hacer para salvar a su familia decidió acogerla en sus brazos, mostrarle el mundo a través de sus ojos y enseñarle a vivir día a día.
  Aprendió a alimentarse de frutas, aprendió a leer, a escribir, a leer poemas, a cazar, a cantar, a tocar la lira, a viajar en los amorosos brazos del Viento y, con el tiempo, dejó de ser la pequeña Loira Pentos y se convirtió en Lúa, la hija del Viento.
  Por eso vivía en un acantilado, desde allí era fácil ver lo grande y hermoso que era el mundo y podía observar a su familia.
  Había ido a visitarlos muchas veces, les llevaba comida y ropa, les enseñaba las cosas que estaba descubriendo y les contaba que ella era la hija del Viento. A su madre le hacía gracia esa afirmación, pues  era muy consciente de haberla llevado nueve meses en su interior, la seguía amando con la furia de una mamá a su retoño y le decía que sí, que podía ser la hija del Viento, pero también era suya, su pequeña Loira Pentos.
   Y, en el fondo, ella se sentía así.
   Por un lado, Loira Pentos.
   Por el otro Lúa.
   Escuchaba las leyendas sobre ella misma en los diferentes pueblos, en los lugares que visitaba y se preguntaba si, en alguna ocasión, su nombre suscitaría tanto respeto como el de Kvothe, ese niño al que conoció tanto tiempo atrás y que ocupaba buena parte de sus pensamientos.
   Susurró el nombre de su padre y, una vez más, se dejó llevar por él.


    Lo sé, no se parece en nada al estilo de Patrick Rothfuss, pero quería citar a Kvothe en alguna de mis historias porque admiro profundamente este enorme personaje de Rothfuss. Si pudiera meterme en alguna historia como en la trilogía de "Mundo de tinta" de Cornelia Funke, el universo Tolkien sería el primero que visitaría y, después, el de Rothfuss.





No hay comentarios:

Publicar un comentario

La Manada y la llamada justicia

Hace mucho tiempo que no escribo en el blog, me han faltado ganas, pero después de ver la información sobre la Manada no puedo más que escri...