lunes, 10 de junio de 2013

Después de dos semanas sin actualizar, puedo hacerlo por fin. Así que, como los capítulos siguientes ya están escritos, los publico juntos. Además, mientras escribía el otro día esta nueva versión, por algún motivo, he llegado a la conclusión de que Darío y Dany se merecen una cuarta versión y dos nuevos finales.

Capítulo 4
Después de la extraña visita de Dariel, me quedé pensativa. Una parte de mí estaba completamente de acuerdo con su idea, pero la otra no lo veía tan fácil. Cambiar mi destino podía influir en el de muchos, según me había dicho Dariel la primera vez, y quizás la vida de algunas personas sería más fácil si todo lo malo no hubiera ocurrido, puede que incluso la mía.
El timbre de la puerta interrumpió mi hilo de pensamientos, fui a abrir y me encontré a Héctor con una sonrisa hechizante.
- Has llegado un poco pronto. – Le dije y le sonreí. – Aún no he terminado de arreglarme.
- Estaba en casa extrañándote y se me ocurrió venir antes. – Héctor me rodeó entre sus brazos. – Has tardado toda una vida en abrirte a mí.
- Lo sé, me estaba aferrando al pasado, hacía más sencillo todo. Si piensas que no tienes ninguna oportunidad, no hay posibilidad de decepcionarte.
¡Dios mío, estaba tan aterrada!
Era una obsesa del control desde que ocurrió todo lo malo, creía que de esa manera, no habría posibilidad de volver a sufrir. Ahora me doy cuenta, tal vez un poco tarde, de que todo el tiempo había un león rugiente en mi interior, una tormenta a punto de desatarse y cambiar el rumbo de las cosas. La vida me ha puesto en este lugar, pero no fue ella la que me llevó a la parte oscura de mi alma, fui yo misma, reteniéndome, sujetando mis ansias de libertad, mi deseo de volar.
Mi obsesión, por tener mis sentimientos más profundos bien encerraditos en una caja, impedía a mi alma liberarse y por eso no podía ser feliz.
La vida, al final, no es más que una sucesión de acontecimientos que nos condicionan, la manera de pasar por ellos es lo que nos hace diferentes, distintos entre nosotros.
Sabes, mi amor, últimamente he pensado mucho en nosotros, en el pasado, en el futuro, incluso me he planteado si cambiaría alguna de las decisiones tomadas a lo largo de mi vida…
- Yo no cambiaría nada. – Héctor me miró con sus imposibles ojos azules. – Y tú no deberías tampoco, al fin y al cabo, la persona que eres ahora es la mujer de la que me enamoré. Tienes más cicatrices en tu alma y por eso te quiero. Tú no eres una muñeca perfecta, eres una muñeca rota, con un zurcido en el pecho, alguien que ha luchado para mantenerse viva, alguien que ha luchado contra sí misma y se ha rebelado contra el destino.
La vida, al fin, es de aquellas personas que luchan por ella, no de las que reciben todo hecho, no de quienes no necesitan llorar. Las lágrimas son las que riegan la tierra, las que nos mantienen a flote, sin ellas, sin esos sentimientos, sin esa frustración, seríamos un títere más en este baile de máscaras que es la vida.
- ¡Vaya! – Exclamé y lo miré detenidamente. – Nunca lo había visto así, no lo había pensado de esa manera, así que hay un pequeño filósofo en tu interior… - Le dije y lo besé. – Hay rincones de ti que nunca vislumbré.
- Me mirabas, pero no me veías. – Héctor sonrió de forma extraña. – Llegué a pensar que nunca lo harías, por eso estaba de tan malhumor cuando discutimos la otra vez, una parte de mí ya había perdido la esperanza de recuperarte.
- Lo siento, estaba agarrándome al pasado, pero eso ya no volverá a ocurrir. ¿Qué tal si me esperas en la cocina mientras termino de arreglarme?
- De acuerdo. – Héctor me dedicó una sonrisa dulce y fue hacia mi cocina. En ese momento yo aproveché para ir a mi dormitorio y terminar de arreglarme. Las palabras de Héctor me hicieron reflexionar, una vez más, sobre cómo había llegado hasta aquí y sobre lo que Dariel me había dicho. Decidí hacer la misma pregunta a todos mis seres queridos.
Fui a la cocina. Héctor estaba sentado en una silla, su rostro estaba relajado y tenía una sonrisa traviesa.
- ¡Lista! – Dije. - ¿Nos vamos?
- Claro. – Se incorporó,  y salimos de mi casa.
Esa noche, al volver, me acurruqué en mi sofá favorito y me quedé dormida sin apenas darme cuenta. Sentí una presencia cálida, abrí los ojos y mi ángel estaba sentado a mi lado, envolviendo mi cuerpo con sus enormes alas de color perla.
- No quería despertarte. – Susurró.
- No importa.
Dime, ¿añoras esto? – Le pregunté.
- ¿Qué?
- La vida, la gente que conociste, la gente que amaste antes de convertirte en ángel de la guarda.
- En ocasiones. – Dariel me contempló con sus insondables ojos verdes.
- No debe ser fácil.- Aseguré.
- Es agradable ser ángel, es un oficio respetable. Antes de mi fallecimiento, la verdad, no pensaba demasiado en la vida del Más Allá, me ocupaba de mis asuntos y trataba de esquivar a la muerte todos los días.
- Pero ella te cogió…
- Sí, justo cuando empezaba a creer que había encontrado mi sitio. – Dariel se aproximó más a mí, me cogió en brazos y después me envolvió en sus alas.
- No es justo…
- Solía pensar lo mismo, pero… quizás todo ocurrió por una razón.
- ¿Qué sentiste al morir?
- No puedo recordarlo.
- ¿Fue doloroso?
- Probablemente.
- ¿Qué recuerdas de ese día?
- El sol en mis mejillas, el perfume de las primaveras en el aire y la sonrisa de la persona que amaba. Después vacío, soledad y miedo, temor a haber perdido la oportunidad de decirle lo importante que era para mí.
- Creo que lo sabía.
- Es posible.- Dariel apoyó su rostro en mi hombro. – Si tuviera la oportunidad de volver a vivir, estoy convencido de que volvería a enamorarme de esa misma mujer.
- ¿Por qué nos aferramos al pasado?
- Es más fácil, mucho más que vivir el presente.
 Es hora de decir adiós, ¿no te parece?
- Es pronto.
- Es demasiado tarde, si retienes esa imagen en tu mente no podrás nunca volver a ser feliz.
- Necesito un poco de tiempo.
- Héctor te hace feliz.
- Tú también me hacías feliz.
- Pero yo no voy a volver, estoy muerto, Dany.
- Eres un ángel.
- Soy lo que soy, no cambia la situación. Estoy muerto y tú estás viva.
- Una parte de mí siente que está siendo infiel…
- No lo eres.
- ¿Qué tengo que hacer, Darío?
- Seguir adelante.
- Pero, ¿y tú?
- Yo siempre estaré cerca, cuidándote.
- ¿Y si no es suficiente?
- Me bastará.
- Tal vez a mí no.
- Debes dejar el pasado atrás, es sólo lastre.
- Pero… ¿y si me equivoco? ¿y si le hago daño a Héctor?¿y si te lo hago a ti?
- Tienes que liberarme, Dany.
- No puedo, estás prendido en mi alma.
- Y tú en la mía, amor mío. – Susurró.- No quiero dejarte marchar, pero si no te libero ahora, nunca podrás ser feliz.
- La felicidad me da miedo, es demasiado frágil y efímera.
- Si no te arriesgas a vivir al límite, entonces estás desperdiciando tu valiosa vida.
- Mi vida no me pertenece, es tuya, tú me la diste.
- Nunca ha sido mía. – Dariel me acarició la mejilla.- Te doy una semana para decidir, piénsalo bien.
 Dariel desapareció de mi casa, dejándome con una profunda congoja en el corazón. Él había sido todo mi mundo y, por primera vez en trece años, estaba pensando en dar un salto de fe, arriesgarme a vivir la vida y disfrutarla a tope. Con este pensamiento me incorporé del sofá, al hacerlo una hermosa pluma de color perla cayó en mi mano y tuve el impulso de besarla. La llevé al dormitorio y la metí en el cajón donde tenía la única foto de Darío que poseía.

Capítulo 5
A la mañana siguiente me desperté con sensación de resaca, aunque no había bebido ni una sola copa la noche anterior. El tiempo con Héctor me empezaba a parecer un sueño hecho realidad, con él estaba viviendo cosas que nunca había tenido la oportunidad de vivir con Darío.
Recordé a Darío y pensé en su nuevo aspecto, con unas alas que siempre había debido tener desde mi punto de vista. Él me había salvado, para mí ya era un ángel mucho antes de tener ese par color perla.  
Me incorporé de la cama, desde la distancia no me arrepentía de ninguna de las decisiones de mi vida. Quizás algunas de ellas resultaron equivocadas en su momento, pero Héctor tenía razón, yo era la persona actual debido a esas elecciones en el camino.
Tal vez Miguel había sido una parte muy oscura de mi pasado, pero después de todo, habíamos sido felices durante un tiempo, no era responsable de sí mismo en el momento en que me agredió, estaba enfermo.  Justo un momento después de tener ese pensamiento, tuve una revelación, debía ir a verlo. Tenía que enfrentarme cara a cara con él, explicarle cómo me había sentido y perdonarle. Era médico, la Medicina me había enseñado que las personas con graves problemas psiquiátricos, no eran locos, sólo enfermos con desórdenes de diverso tipo, capaces de destruir su vida y la de los demás.
La idea, al principio me aterró porque él era el responsable de todo lo malo, sin embargo, tenía treinta años y era hora de dar un paso adelante. Le había prometido a Héctor que dejaría de aferrarme al pasado y eso haría.
           Dariel, espero que estés cerca de mí en ese momento.- Recé para mis adentros, después me levanté, me duché, me puse cualquier prenda de mi armario y me encaminé hacia el psiquiátrico donde Miguel estaba encerrado. En el trayecto desde mi casa no recordé el momento en el cual había atravesado mi cuerpo con un cuchillo de cocina, sino en cómo era antes de todo lo malo. Antes de volverse posesivo y peligroso, antes de que la esquizofrenia lo alcanzase. Lo había amado desesperadamente, como nunca antes me había atrevido a hacer y, aunque después conocí a Darío y mi perspectiva del amor cambió radicalmente, Miguel siempre sería mi primer amor y eso, ni siquiera un cuchillo de carnicero, sería capaz de arrebatármelo.
Al llegar al lugar me estremecí. Tras esos muros se encontraba mi peor pesadilla y yo había decidido ir a enfrentarme con ella sin ningún tipo de protección, sin ningún amuleto contra los malos espíritus o contra los fantasmas del pasado. Mi historia se había escrito con sangre y, ahora, iba a su encuentro.
Al entrar me dirigí al ascensor y pulsé el botón de la tercera planta. No necesitaba preguntar en qué habitación estaba, siempre lo había sabido, desde el instante mismo en que lo habían encerrado en ese cuarto. El ascensor se detuvo, me acerqué al mostrador de enfermería y vi a un par de enfermeras cuchicheando.
- Hola, venía a ver a un paciente. – Dije, ellas me observaron como si fuera un insecto molesto.
- ¿A quién?
- Miguel Abril. – Conseguí decir el nombre sin que temblara entre mis labios, las dos me contemplaron con curiosidad, y, sin ningún tipo de disimulo observaron la cicatriz que iba desde mi clavícula hasta la parte dónde empezaba mi escote. Sus rostros se volvieron blancos y me contemplaron como si fuese un fantasma. Imagino que, en ese momento, eso debía parecer.
- No sé si… - Empezó una. – Debería entrar usted ahí.
- No tiene ningún cuchillo de cocina a mano, así que imagino que no habrá problema.- Contesté con humor ácido. – He tardado años en tomar esta decisión y agradecería que me indicasen dónde queda la habitación trescientos doce.
- En el pasillo de la izquierda, la tercera. – Respondió la otra. - ¿Quiere usted que la acompañe? – Me preguntó, agradecí su gesto, pero si iba a dejar de pensar en el pasado debía hacer eso por mí misma.
- No es necesario, gracias. – Me alejé de la recepción, mis pasos me llevaron al pasillo izquierdo, mi corazón comenzó a temblar, sentí un dolor agudo en mi pecho, pero no me preocupé. Mi corazón estaba perfectamente bien, sólo se trataba de un ataque de pánico monumental.
No había sufrido uno así desde hacía muchísimos años.
Vi el rótulo de la puerta, golpee y su voz me invitó a pasar. Me persigné, por primera vez en siglos, y di un paso hacia adelante.
Abrí la puerta y la cerré, después lo miré por un instante. Él me contempló como si fuese un fantasma y vi cómo su dedo buscaba el timbre de llamar a la enfermera.
- No soy una alucinación, Miguel.
- Eres un fantasma del pasado. – Aseguró y su mirada se clavó en la mía. – No eres real.
- Soy tan real como tú. – Caminé hacia él y le toqué la mano.
- Pareces real.
- Te lo he dicho, soy de carne y hueso. – Insistí.
- ¿Por qué ibas a venir a verme?
- No lo sé. – Respondí.- Me desperté esta mañana y tuve el impulso de venir.
- Siempre fuiste muy impulsiva, eso me encantaba de ti. – Susurró y una mirada nostálgica se dibujó en su rostro.
- Ya no lo soy. – Contesté y me senté en una silla que había a unos metros de distancia de la suya.
- Lo siento.
- Me jodiste la vida.
- Lo sé.
- Durante años tuve pesadillas atroces, en ellas tú acababas lo que habías empezado.
- Lo imagino.
- Te he odiado todos los días desde ese.
- Es normal.
- Me cambiaste.
- Sí.
- Ahora soy alguien diferente, estoy rota.
- Tú no estás rota. – Aseguró y se giró hacia mí, pues durante todo ese tiempo había evitado mirarme.- ¡Dios, sigues siendo perfecta… me duele mirarte!
- Me rompiste, hiciste trizas mi corazón y mi cuerpo.
- Cada día de mi vida revivo ese instante en mi mente, el modo en el cual no podía controlarme y me odio por lo que te hice, lo siento, pero no puedo cambiar el pasado, no puedo elegir quién soy.
- En realidad no he venido a reprocharte nada, pero al verte no he podido evitarlo.
- Sabía que tarde o temprano tendría que enfrentarme a ti, sólo que no sé si estoy preparado.
- Yo creía que tampoco lo estaba. – Cogí la silla y me acerqué a él. – Mi vida es diferente ahora, comprendo perfectamente que no eras responsable de tus actos.
¿Quieres saber lo que he hecho estos años?
- Me gustaría.
- Empezaré por ese día.
Al principio me dolió muchísimo el primer golpe, cuando se clavó en mi clavícula, después el dolor fue tan espantoso que mi cerebro se negó a reconocerlo y caí inconsciente. Llegué al hospital muy mal, había perdido muchísima sangre y mi cuerpo era un amasijo destrozado. Pulmón, intestinos, por fortuna la caja torácica impidió que llegase a mi corazón y por eso no llegué a morirme. La mayoría de los médicos me dieron por perdida, estaba seriamente dañada, me sometieron a muchísimas horas de cirugía, dijeron a mis padres que se prepararan para lo peor. Sin embargo, un doctor apostó por mí y siguió operándome horas después de que la mayoría de sus compañeros se hubieran rendido.  Al despertarme todo me resultaba extraño, mi propio cuerpo no me parecía mío, vi la cicatriz y, por un instante, pensé en que hubiera sido mejor morirme porque, ¿quién iba a enamorarse de alguien con una cicatriz tan fea?
Los primeros días fueron muy extraños. Todo el mundo se movía a mi alrededor como si fuese un bicho raro, los médicos y las enfermeras susurraban en los pasillos sobre mi situación y yo no comprendía por qué razón hablaban tanto de mí.
¿Era por mi horrible cicatriz?
Un día, una de las enfermeras, Berta,  me trajo una enorme caja de bombones y me sonrió. Me sorprendió mucho, pues nadie me había sonreído en ese hospital, todos me miraban como si fuese un espécimen rarísimo. La enfermera se convirtió muy pronto en mi amiga. Por fin decidí a preguntarle la razón por la cual hablaban tanto de mí y ella me respondió que yo era un milagro.
¡Figúrate, un milagro!
Después me explicó mi recuperación, me contó cómo todos los médicos me habían dado por muerta y me habló de Darío Pardo. La primera vez que oí ese nombre me estremecí, yo había estado muerta un par de minutos y esa persona me había traído de vuelta.
Su nombre significó todo para mí, un nuevo principio, una nueva oportunidad. Pregunte a Berta si me podía decir quién era Darío Pardo y ella me contestó que era el doctor que me atendía. Al principio, lo reconozco, me costó creer que el médico que me llevaba fuera ese Doctor milagro. En fin, no tenía más de veintisiete años y parecía muy joven para ser tan bueno.
A la mañana siguiente, cuando entró por la puerta lo miré y las lágrimas se me saltaron. Él se acercó a mí gentilmente y me limpió la cara, me dijo que todo había pasado y me sentí tan agradecida, que lloré todavía más. Sacó un pañuelo de su bata y me lo tendió, por primera vez lo miré. Siempre lo había mirado, sin verlo, pero ese día pude contemplarlo.
Tenía los ojos verdes y el pelo negro. Su rostro parecía hablar de alegría, de esperanza, de ilusiones y me enamoré locamente. No tenía grandes esperanzas de gustarle, él era un médico muy atractivo, diez años mayor que yo y, sin duda, alguna afortunada mujer sería su mujer. Estuve en el hospital bastante tiempo y, no sé cómo, o por qué, pero ocurrió un milagro y ese maravilloso hombre se enamoró de mí.
¿Te lo imaginas? 
Yo estaba rota, tenía una horrible cicatriz en mi cuerpo y él me quería. Fue maravilloso, sentí que podría ser feliz a su lado. Durante un mes tuvimos una relación, secreta, un médico no puede confraternizar de ese modo con un paciente, pero a nosotros eso no nos importaba. Nos amábamos, éramos felices y eso era lo único importante.
Dos días antes de que me dieran el alta, mi amiga enfermera me visitó, ella sabía lo mío con Darío, de hecho, había sido ella quién nos había animado a seguir adelante con nuestra historia, para ella, nosotros juntos  representábamos el milagro de la vida. Supe al instante que algo había ocurrido, sus ojos la delataron.  Me contó que Darío había tenido un accidente, un borracho había chocado contra él y murió al instante. En ese momento, el mundo se terminó para mí. Darío estaba muerto, yo estaba viva y la vida ya no tenía ningún sentido.
Durante mucho tiempo no fui capaz de sonreír de nuevo, estaba atrapada en esa parte de mi pasado, me aferraba a Darío como si él fuera la única razón de mi existencia. No conseguía hacer amigos de verdad y no era capaz de integrarme en la vida normal.
Una parte de mí se sentía en deuda con Darío y, después de pensarlo mucho, decidí estudiar Medicina. Ya sabes que yo siempre quise ser informática, pero de algún modo creí que si salvaba a personas, acabaría pagando la deuda que tenía con Darío porque estaba convencida de que a él le habría encantado que yo fuese Doctora. Así que, cuando recuperé las ganas de estudiar, me puse las pilas y me preparé a conciencia para ser Médico.
Me centré mucho en los estudios y justo ese primer año conocí a Héctor. – Busqué en mi bolso mi  móvil y le enseñé a Miguel una foto de Héctor. – Es un hombre increíble, siempre ha estado a mi lado, ha sido mi amigo, mi confidente, mi respaldo y, al final, acabamos saliendo juntos.
He tardado muchísimo tiempo en aceptarlo, quiero decir, estaba con él, pero realmente no lo estaba. Mi mente siempre buscaba a Darío, mis recuerdos estaban imbuidos de él y hasta hace un par de semanas no he sido capaz de abrirle del todo mi corazón. Ahora estamos teniendo la relación que me hubiera gustado tener desde el principio, él no se queja, sin embargo yo me siento un poco responsable de la situación y, a veces, todavía me escondo en mi pasado. Creo que me da miedo vivir. – Reconocí y lo observé. Miguel me dedicó una hermosa sonrisa que hacía más de quince años que no veía.
- Daniela, eres un caso perdido. – Se levantó, después caminó hacia el otro extremo de la habitación y se giró hacia mí. – Es hora de que vivas y salgas de tu caparazón. No conozco a Héctor, no conocí a Darío, pero llevas aquí un buen rato, te he observado y cuando hablas de Héctor te iluminas.
 Él te hace feliz, es obvio, debe ser un hombre magnífico. Tú dices que Darío lo significó todo para ti, no lo dudo, pero no fue él quien sanó tu corazón. Llevo aquí muchos años encerrado y, por primera vez, has venido a verme. Se necesita mucho valor para hacerlo, se necesita mucha fuerza y es ahora cuando la has encontrado, no con Darío por más que lo hubieses amado con todo tu corazón.
 - Creo que tienes razón. – Confesé.
- Comprendo por qué has venido a verme; has venido a cerrar tu pasado.
- Es verdad.
- No soy la persona más apropiada para dar consejos porque estoy loco.
- No estás loco, tienes una enfermedad.
- Viene a ser lo mismo, no trates de dulcificarlo, sé lo que soy. Un esquizofrénico paranoide. Escúchame, Daniela, no he sido bueno para ti, en realidad para nadie. Viéndote ahora, me doy cuenta de lo que he influido en tu vida y no para bien.
Por esa razón, hazme un favor.
Sé feliz con Héctor y no vuelvas a verme, soy la peor parte de ti. Es hora de que me cierres con un candado y no vuelvas la vista atrás.
 La vida es corta, nuestro reto es vivirla al límite.
- Suenas tan coherente… - Susurré y él me dedicó una sonrisa burlona.
- Para ser un loco.
- Para ser un loco. – Admití. – Te perdono.
- Gracias. – Miguel me señaló la puerta. – Te debes ir.
- Lo sé.
- Siento lo que te hice.
- Yo empiezo a pensar que gracias a eso soy la persona valiente de hoy en día, no me interpretes mal, hubiera preferido que no hubiera pasado, pero quizás tenga razón Héctor y las personas que lloran son quienes riegan la Tierra.
- ¿Eso dice?
Sin duda es un gran tío, te hará feliz.
- Lo sé. – Concluí, después me levanté de la silla, cogí mis cosas y salí de la habitación, dejando atrás mi pasado.
En mi vida, el marcador volvía a estar a cero.

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