viernes, 9 de agosto de 2013

Tras dos semanas, por fin, puedo actualizar el blog. No va a un ritmo muy rápido, pero en esta versión me cuesta un poco más avanzar porque trato de hacerla diferente y, al mismo tiempo, que siga la línea de las versiones anteriores.
Capítulo 3
Ese día en el hospital todo transcurrió normal. No había dedicado ni un minuto a recordar la tontería de sueño del Ángel de la guarda y, en cuanto acabé mi turno, regresé a casa dispuesta a dormir doce horas seguidas.
Me tumbé en la cama y cerré los ojos.
El sueño me atrapó rápidamente, me quedé dormida y no me desperté hasta que escuché un aleteo en mi dormitorio. Abrí los ojos y, otra vez, me encontré cara a cara con mi supuesto Ángel de la Guarda. Lo observé durante un rato y cerré los ojos decidida a dejar de soñar cosas ridículas sobre Ángeles del Cielo.
- No estás soñando y no me voy a ir a ninguna parte; te lo he dicho, soy tu Ángel de la Guarda.
- No existe tal cosa como Ángeles de la Guarda.
- Soy real y estoy aquí, a veces pueden ocurrir cosas buenas, Daniela.-Susurró en mi oído y yo abrí los ojos.
- Pongamos por un momento que me creo tu historia, ¿no llegas un poco tarde?
La ocasión ideal habría sido el día que mi novio cogió un cuchillo de cocina y me rajó desde la clavícula hasta el apéndice, dejando en mi piel una cicatriz a modo de recordatorio.
- Quizás ese no era el momento.
- ¿Y ahora sí?
Las cosas me van bien tengo trabajo y una casa. Estoy en la mejor época de mi vida.
- No puedes mentirme, a mí no. – Dariel se acercó a mí y me observó con sus imposibles ojos verdes. – Te he vigilado durante trece años, he seguido cada paso de tu camino y ahora estás perdida.
Quieres vivir, quieres morir, quieres amar, no quieres amar. Estás dando vueltas, pero no llegas a ningún lugar.
Te pasas la vida fingiendo, todo el mundo piensa que eres feliz, pero yo veo la soledad de tu corazón, leo tu alma y sé que no encuentras la salida.
Lo sé, he estado ahí.
Al principio todo es nuevo, piensas que el mundo sigue adelante, aunque no lo haga. Tratas de vivir como siempre, pero en tu interior sabes que ya no eres la misma persona y que nunca lo volverás a ser. Pones cara de poker frente a los demás, te ríes sin ganas, representas un papel para ocultar tu fragilidad.
¿Sabes?, no hay ninguna cota de malla a tu alrededor, sólo te rodea un muro de papel, frágil y fácil de rasgar.
Debes dejar de mentir a los demás, pero, sobre todo, tienes que dejar de mentirte a ti misma. No estás bien, estás al borde del precipicio y si no vigilas tus pasos acabarás cayendo al vacío.
Lo he visto antes. Una vez también yo estuve a punto de dejarme vencer, por fortuna, una hermosa alma me tocó y me salvó pues yo no me daba cuenta de mi propia soledad. Sin embargo la vida suele tener la puñetera costumbre de ponerte en tu lugar, quieras o no.
     - Tú no me conoces.
     - Te conozco mejor que nadie; mucho mejor de lo que te conoces a ti misma. Llevo trece años de mi vida vigilando tus pasos, tus progresos. He admirado algunas de las cosas que has logrado a base de esforzarte, pero también he visto todas y cada una de las cicatrices de tu alma. La primera visible a simple vista porque hay un reflejo de ella cubriéndote la piel desde la clavícula al abdomen, las demás están tan interiorizadas que ni siquiera las ves. 
Has accedido a ir este a casa de tus padres para huir de la soledad. No te gusta David, ni siquiera te cae bien, pero estar con él es una manera de matar el tiempo y escapar de la soledad que te engulle cada vez más.
- No necesito consejos de un Ángel pues sólo soy una patética humana. Me da la sensación de que he pasado mitad de mi vida llorando, arrepintiéndome de las cosas que no he hecho y lamentando aquellas que sí y fueron una equivocación. He cometido errores, es cierto, pero no tienes derecho a juzgarme. Vosotros no compartís nuestra miseria, tenéis alas que os mantienen en el aire, sin necesidad de poner los pies en  la tierra. Para vosotros, los Ángeles, todo es más fácil.
- Curioso; dices que no tengo derecho a juzgarte, pero tú me juzgas a mí a la ligera. No sabes nada sobre mí, no tienes ni idea de las decisiones que yo he tenido que tomar o de los caminos que he elegido.
No todo es blanco o negro, hay infinidad de grises y es hora de que lo aprendas.
- No me entiendes, no eres humano.
- Te entiendo mejor que nadie, mucho más de lo que te imaginas, Daniela.
- ¿Y por qué me lo has ofrecido ahora y no antes?
- No se nos permite intervenir en la vida de los humanos, nos prohíben mostrarnos ante ellos y probablemente mis jefes me arrancarán las alas cuando sepan que te he ofrecido la oportunidad de cambiar alguna decisión de tu vida.
- ¿Por qué lo has hecho?
 - No puedo ver cómo desperdicias tu vida, es un regalo, eres un milagro. Sobreviviste cuando nadie confiaba en ello, te agarraste a la vida con ambas manos, luchaste por ella y últimamente pareces estar a punto de tirar la toalla.
Hay muchas personas a las que no se les concedió una segunda oportunidad, a pesar de desearlo con toda su alma; algunos perdieron la vida cuando por fin se encontraron a sí mismos o al sentido de su existencia. Lo sé; lo he visto.
- ¿Tú lo harías? – Pregunté y él me sonrió.
- Honestamente no lo sé, pero si decides hacerlo piénsalo muy bien, una elección tuya puede influir el destino de muchos.
- Yo no creo que mi decisión influya en nadie, soy una parte insignificante de un universo muy grande.
- Eres significante para alguien, lo eres para mí. Tú me cambiaste, me salvaste. – Dijo y, por primera vez, lo vi. Todo el rato había evitado mirarlo por temor, pero al observarlo descubrí unos rasgos familiares, una sonrisa cálida que me recordaba tiempos felices. Mis ojos se perdieron en los suyos, no me atreví a creer que era real, no me aventuré a decir en voz alta lo que estaba pensando porque quizás entonces se rompería el hechizo y mi hermoso príncipe volvería a ser una verrugosa rana. Mi corazón se aceleró, mi pecho se expandió y deseé dar gracias, aunque no supe por qué.
Durante un largo rato no dije nada, sólo lo miré para aprenderme sus rasgos de nuevo y él me contempló pacientemente, esperando mi reacción, sus ojos ya no me parecían impasibles, sino reconfortantes y me sentí, por primera vez en trece años, completamente a salvo.
No habría pesadillas esa noche, el terror no invadiría mi sueño porque mi Ángel velaría por mí.
- Dariel, si tú fueras yo, ¿qué cambiarías?
- Esa pregunta te la debes responder tú.
- ¿No me das un consejo?
- La respuesta está en tu interior, búscala y, cuando la encuentres, reza y vendré.
- Por si no lo has notado, suelo equivocarme bastante.
- Todos lo hacemos, incluso los Ángeles de la Guarda.
- Lo pensaré detenidamente y, Dariel, gracias.
- ¿Por qué?
- Por escuchar mi oración.
- Fue un placer, Dani, cuídate.- Murmuró y se desvaneció en la noche. Yo apoyé mi cabeza en la almohada, pensé en mi encuentro y me dormí profundamente.

Esa noche no hubo pesadillas, no me despertaron mis gritos aterrorizados, sólo tuve hermosos sueños y, en la mayoría de ellos, siempre se colaba Dariel con sus hermosas alas o Darío con su bata blanca.

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